DEL PAN Y TOROS AL PAN Y FUTBOL

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Aquellos tiempos, viejos tiempos, en que los hombres de la piel de toro  soñaban con la arena circular de las plazas de toros y con el bullicio de los tendidos, los olés y las verónicas, las noches de lunas y plata en las que los maletillas asaltaban los cortijos y las dehesas y toreaban, bajo los luceros, las vaquillas o un morlaco, como un sentimiento de un poema lorquiano. Aquellos tiempos, viejos tiempos, en los que, cada español llevaba un sueño de luna, un clamor de olés y verónicas y, por ende, el pueblo se identificaría con él, porque, si el triunfaba, triunfábamos con él; y aquella carencia de pan que dibujaba tantos rostros demacrados. Aquellos maletillas y su camino hacia la gloria: “Palomo Linares” o “El Cordobés”, que simbolizaban, mostraban el bello rostro del triunfo para coronarse con los laureles de emperador en el circo romano de las “cinco de la tarde”, el coliseo de Nimes, por ejemplo.

 

Lejana queda la España de los mano a mano y de las parejas de diestros, Mazzantini – por cierto, Gobernador Civil – y Frascuelo; Machaquito y Bombita; Juan Belmonte y Joselito; aquel un genio –léete, querido lector, su biografía de Chaves, qué joya -; “Manolete” y Luis Miguel Dominguín. Si Belmonte, genio de Triana, simbolizaba, en cierto sentido, la República, Manuel Rodríguez, “Manolete” encarnaría con su rictus triste el hambre de posguerra. Cuánto simbolismo: Doña Angustias, su madre, ya sabía cómo había estado su hijo, esa tarde, cuando se disponía a coger el teléfono y hablar con él. Yo he pasado una tarde con Carmela Dominguín, mientras Antonio Ordóñez, su marido, toreaba; y estaba / estábamos pendiente del teléfono. Qué ritos, qué amuletos, qué estampas de Vírgenes y Santos.

 

Luis Miguel, sin embargo, representaba algo distinto, diría que un Franquismo muy singular, como si le abriera las puertas a la vieja piel de toro y respirásemos un aire nuevo. Qué saga, qué gran saga, aquel Domingo Dominguín, su hermano, buen amigo mío, qué largas y fructíferas charlas, que escondía en su espíritu una llamarada anarquista, un genio, que cometería aquel dislate de decir adiós a la vida como un Tosca arrebatado y suicida; que leía a Marx antes de hacer el paseíllo, ante la incomprensión del padre y la cuadrilla.

 

Ese ruedo hispánico de olés y verónicas, pan dorado, sueño de labriegos y criados, de encontrar la gloria, decirle adiós al hambre, aunque sea a través del sendero de la muerte que, en cada español, había un sueño de luna y gloria, y bastaba con asaltar una dehesa y darle unas verónicas a un toro o una vaca, que eso hacían, entre otros, mi amigo Andrés Vázquez, o tantos maletillas que llenaban sus gestas con tal de coronarse como emperadores de verónicas y naturales. Sí, los españolitos veían / veíamos en esos héroes del poema lorquiano “a las cinco de la tarde” el arte de Cuchares y llevaríamos bajo el brazo la tauromaquia de Pepe Hillo.

 

Hasta que han llegado otros tiempos. “No hablo de años; hablo de épocas”. Atrás quedarían los sueños de los olés y las verónicas. Sin embargo, han cambiado nuestros héroes – los paisanos Perera y Talavante, por ejemplo – ya siguen otros dictados, otra tauromaquia, vamos, otro aprendizaje: el de las tientas y las escuelas, su alfabeto de lances, naturales y redondos.

 

Y ahora, las estrellas del nuevo firmamento de la gloria, han dejado, en parte de ser muy de grana y oro en el redondel de las plazas, el sol y la sombra – siempre las dos Españas – por el rectángulo de la hierba y las redes de la portería; y vedlos, miradlos, como romeros del cielo estelar de la gloria, el “¡uy!!” de un balón que roza el poste y los abrazos ante los goles, de aquel simbolismo coral de olés y verónicas hemos pasado al de la contienda “civilizada”…Y si antes, los niños jugaban al toro, ahora sólo lo harán con un balón en los pies y en la cabeza. Cuántos niños brasileños estas soñando estos días más con la gloria de Neymar o con  “O Rey Pele”, al lado de las favelas, donde Brasil esconde la miseria, gran evasión; y el “esférico” que llena sus almas de gloria y sueño con el firmamento de estos ídolos de hierba y porterías… Y, si hace años, el españolito se imaginaba abriendo la puerta grande de Las Ventas o La Maestranza, ahora se encarnan en los números: el 1, el 9, el 10, el 11… Vamos, los Ronaldos, Neymar y Messi…., porque saben que un balón entra por la escuadra y les rendirán un tributo de alabanza, un clamor de canciones, la gloria; ya los cromos quedan muy lejos. Ahora la tribu camina hacia el estadio identificada numéricamente. ¡Ay, Pitágoras!. 


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