LOS MOLINOS DE MI ESPÍRITU

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[Img #38625]Cuánto menosprecio de Corte y alabanza de aldea dejaría mi infancia /adolescencia en aquella villa, Villanueva de la Sierra, Cáceres, donde crecía con aquel sol que dibujaba las horas en un reloj de arena, entre la inocencia y la vida. Aquella gente distribuida en sus casas, andanzas por las calles y las plazas, aquel pueblo / villa que olía a vida y a dolor, a bares y fábricas de gaseosas, a madrugadas y ocasos, a estanco y ultramarinos, a vida conjugada y vertebrada, como si el maestro Ortega y Gasset dictara una lección de filosofía, filosofía campesina, conjugación entre el hombre y la Naturaleza, el humo de los sarmientos o a tierra quemada. Todo como una orquesta en que cada ser tocara un instrumento. La fragua y vulcano, los animales y el herrero, la fragua como un violón iluminado, la luz mansa y melancólica del atardecer y, sobre todo, el olor del alba, el momento mágico en el que se desperezaba la noche y abría el sol un abanico de colores y las chimeneas pintaban de azulenco el alba y la vida se encarnaba en nosotros, una vida más real, menos onírica, el sonido de las campanillas, el rebuzno de los plateros, el olor de las comidas y ese cortejo de aves, a veces en manadas, que no sé el por qué esa imagen las llamábamos “la boda”.

 

Era una época de vertebración entre el pueblo y el tiempo, de sello propio, de costumbre hecha a medida del hombre, época cuasi renacentista, el correo que llegaría con el ocaso y la carta de la chica a la que habrías abierto el corazón, hombres y mujeres que venían de coger las aceitunas y cantaban coplas alusivas al amor, el perfume del atardecer, el del trigo, que nos hacía felices, nos sentíamos hijos de un Dios Mayor, el agua del pilar y los cuatro caños en la plaza; y el riachuelo humilde que se moría mansamente en la laguna, el croar de las ranas…; y las estaciones y sus sabores. Ancianos y jóvenes; niños y niñas, el aro y los juegos, humos de ramas ardientes como aguafuertes azulencos. Qué sensualidad y gratitud para los sentidos. Vida hecha cada día, armonizada cada día, vida muy nacida de las manos, el labrador / los labradores; el pastor /los pastores… Y, tras esta pincelada, el agua mansa, mansa y melancólica como un Duero pequeñín donde alzábamos norias. Qué sensualidad.   

 

El pueblo, además, era un escaparate de tantas labores, de idas y venidas, gente ambulante, el viejo y el nido…, y la triste copla de la pierna perdida en la mina. Villanueva de la Sierra encarnaba ese espíritu y algo más: un jardín botánico perteneciente a Elías Durán, hombre de caudales, el pueblo que había rendido el hermoso tributo al árbol con su fiesta, la Sierra de Dios Padre, todo tan solemne, el dibujo de arroyos por las calles, el agua que manaba de la Sierra y, con toda humildad, se deslizaba, generosamente, para que los molinos nos dieran el aceite y una atmósfera agradable prendida en nuestro olfato, y la canción de las ruedas, y la danza de los morejones…, y los alfanjes, todo tan bíblico, tan ancestral y, sin embargo, moderno, con reminiscencias evangélicas.

 

Ahora lanzaría al cielo azul, aquel pincel de oro y parva, los suspiros de esos viejos molinos que, Don Quijote, de haberlos conocidos, habría lanzado al aire la alegría de Rocinante y hasta emprendería una lucha contra las ruedas… Qué nostalgia de día de bruma anda por mi memoria, qué olor bíblico se esconde tras la rueda grande y bella de mi molino – molino de Melecio Mateos, mi abuelo -, que, un día, en Béjar, el gran Izard , amigo de Benavente, me hablaría cómo llegó la rueda hasta los pagos de Villanueva, hechos ya a esta escultura prodigiosa, a la memoria muerta de tantas manos, a la costumbre que fallecería, al ajetreo e inquietud barojiana de la lucha por la vida, a candiles y pellejos, a la España de posguerra, de luto y sangre.

 

Y, como si se tratara de una lista prodigiosa, entre la nostalgia y el elogio, desde las peñas de Dios Padre cantaré sus glorias al aceite y a los lagareros. Ese arroyo interpretará una copla con Jorge Manrique, calle del Sahual abajo: “Lagar de tío Pedro – de tu poderío ya no queda nada-; lagar de Casasola, en otro lado, pero con la misma nostalgia; “Los Guillermatos”, “Los Chilanes”, “Los Benito”; “El Vínculo”, “La Gasca”, “La Barrera”, “Los Migueles”, “El Capitán”, “A medias”, “de La Tendera”, “Canana”, “Del Río” y “Los Duranes”. El Tralgas, tan solo, tan mío, donde lloran mis suspiros en el río; y el mío: “Cimero” y la rueda como un monóculo de canjilones, pavoneando su quehacer como un pavo real.

 

“Villanueva / Villanueva / de tu poderío solo queda el río”, el Tralgas y, a veces, siento la nostalgia, me viene como un fado de pena y lejanía, como algo que ardería en el tiempo y sólo me queda la ceniza de un recuerdo.

 

En mi molino escucho la voz del tiempo, su largo camino, el trajinar de los hombres, “mojar la sopa”… Aquella España de posguerra. Entonces, se me rasga algo y  Martín Lutero me susurra: ”El corazón de un hombre es una cuerda de molino que trabaja sin cesar; si nada echáis a moler corréis el riesgo de que se triture asimismo”.


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