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LA CRISIS COMO DICTADURA

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 Los miembros del gobierno han esperado a consolidarse en el poder -solo a base de tiempo, que no de eficiencia- para anudar logotipos publicitarios en cualquiera de sus manifestaciones públicas anunciando “la crisis ha terminado”, en el sentido más amplio y despectivo posible. Tienen su razón, la crisis era aquello, estos son los resultados; ya no estamos en una situación de temporalidad provocada por aspectos ajenos que han incidido de manera negativa en la economía de nuestro país, ya no somos pobreza ocasional, ya hemos superado aquel escalón de lo incierto, de lo extraño, de lo casual; hemos tenido la osadía de alcanzar el nivel normal, la crisis ha terminado y esto que vemos a diario en vulneración de derechos, en deuda pública disparada, en aumento de desempleo, en la diáspora con la emigración, en corrupciones y en la merma continua del estado de bienestar hasta límites agónicos, esto es el resultado obtenido merced a la estrategia llevada a cabo por los gobernantes en general y por el ejecutivo en particular.

 

         Es el efecto crisis como dictadura, empleado en todos los aspectos de la gobernabilidad, empezando desde abajo y quedándose en un término medio muy genuinamente ambiguo para no tener agarre sistémico capaz de pringar a las clases privilegiadas y repercutir tales sobras de nuevo en los sótanos como si de un resumidero se tratara. Esa es la situación: mayor capacidad de ganancia para unos pocos y miseria, sin coste humanitario ni ético, para unos muchos. Nunca ellos se llevaron más, nunca a nosotros nos perteneció menos.

 

         La forma de gobierno que prescinde de una parte del ordenamiento jurídico, esquilmando y anulando derechos en el ejercicio de una determinada autoridad, es una dictadura. Es el estatus que se pretendía alcanzar y a tal meta hemos llegado con todos los pronunciamientos. De no haber sido así no hubiera obtenido el Presidente tantos halagos en la última cumbre del G-20 celebrada recientemente en Australia. Desconocemos las referencias utilizadas por tal grupo para felicitar de manera efusiva -dicen (yo no estuve allí)- a nuestro gobierno y a buen seguro que ninguno de ellos ha estado en España un día cualquiera en una cola cualquiera del paro, seguro que no, hubiera cambiado el halago por reproche.

 

         Hay que asimilar que estamos en una dictadura  y aceptarlo o empezar a destruirles los esquemas, desde la conciencia, la voluntad, la unión y el orden. Y, desde luego, infringirles el mayor castigo en las urnas cuando sea tiempo, que ni así se enterarán.

 

 

     


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