TRES SONETOS

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     “Un soneto me manda hacer Violante…” Así iniciaba el gran Félix de Lope de Vega y Carpio uno de sus más celebrados sonetos.  En la más nebulosa incógnita se esconde aquel nombre de Violante.  No sabemos si era la Violante que pintara Giorgio Vasari o la que salió de los pinceles del italiano Tiziano Vecellio, el maestro del desnudo femenino.  O puede que fuera una de las tantas amantes del poeta, que, como buen heterodoxo, necesitaba repartir el amor a manos llenas.

 

     Pero mi apreciado e íntimo amigo (vamos ya por la tercera entrega) de sobra sabía a quién tenía que dedicar un trío de sonetos visuales en un certamen convocado no hace mucho.  Para ello, había necesitado los rojos y jugosos labios, las manos talladas a cincel y aquellos ojos a los que envidiaban todos los océanos de la tierra y que eran preciosa parte de la anatomía de su compañera de tajo, con la que soñaba cuando planchaba la oreja sobre la almohada.  Pero los hados tuercen los caminos y aquella esperada cena de empresa y navideña se volvió nocturno drama y degeneró en vomitiva tragedia. Fue el sábado, día 13 de los corrientes, festividad de Santa Lucía, cuando menguan las noches y crecen los días.  Los que siguen estos párrafos saben que no pudo ser la comilona en el palacio de Irás y no Volverás, el que está puesto y no puesto en venta según las contradictorias declaraciones de altisonantes miembros del “Gobex” (¡con lo bien que quedaba la palabra “Junta”, tan antigua, tan aglutinante, tan antiimperialista, tan solidaria y tan nuestra!).

 

     Tampoco se pudo llevar a cabo en la Cueva del Drago ni en los dólmenes de Montehermoso.  El sarao degeneró en olor y sabor a garrafón y mi estimado camarada se vio arrastrado por la alocada vorágine del despecho.  Si en vez de dejar la pistola en su mesilla la hubiese llevado consigo, aquella noche habría abierto las entrañas a las tinieblas eternas.  Su triada de sonetos no sería posible y no podría engrosar sus estantes con una placa más a sus muchos y galardonados méritos literarios.  Por su mente cruzaban las sombras del poeta antifascista Cesare Pavese, del escritor Yukio Mishima,  de la delicada poetisa Alejandra Pizarnik o de tantos otros que acabaron de mala (o buena, según se mire) manera.  ¡Ay de la sensible fibra y de la lucha tormentosa que estalla dentro de los ventrículos de los trovadores que, en el amor, no logran ser correspondidos!

 

     Posiblemente, mi querido colega, tan juerguista siempre y tan melómano desde que tuvo uso de razón, debería distraerse con los desgarradores y rebeldes cánticos de “Extremoduro”.  Nuestro bien amado líder de tal grupo musical, Robe Iniesta, que pese a toda su rebeldía no tuvo empacho en que le colgaran del cuello la Medalla de Extremadura los correligionarios de los hachazos en Educación, Cultura y Sanidad, podría hacer mucho para asedar el mal de amores que trae a mal traer a mi amigo. O podría escuchar, tal vez, los ritmos de Iván Sevillano Pérez (“Huecco”), cuyos abuelos son del pueblo de Marchagaz, que nunca perteneció a Las Hurdes, sino a Tierras de Granadilla.  Y si no queda conforme, que preste atención a los acordes del grupo “Sínkope”, cuyo “rock rural” se eleva al cielo, siendo varios de sus componentes de Quintana de la Serena, el lugar donde vio la luz primera el que dirige la batuta por estas lomas y campas de la región extremeña, don José Antonio Monago Terraza, tan proclive, también, a exóticos enamoramientos.  Y podría rematar la faena prestando oídos al malagueño Pablo Moreno de Alborán Ferrándiz, que será subvencionado en sus conciertos con 96.800 euros por publicitar productos agrícolas y ecológicos.

 

     Tal vez así pueda serenar su atribulado espíritu.  Tales artistas son todos ellos bendecidos por los botafumeiros del “Gobex” y reciben el rico y correspondiente estipendio. Y que no se nos olvide meter en el ajo al cineasta y músico neoyorquino Woody Allen, que, tras la polémica suscitada, parece ser que pondrá la guinda, en Badajoz, la próxima Noche Vieja.  Y, luego, no hay dinero para la Orquesta de Extremadura.

 

    No obstante, a mi conmilitón en tantas guerras perdidas solo le puede apagar el infierno que le arde dentro alguna que otra canción de “Los Muertos de Cristo”, que con tanta devoción solía escuchar aquella que le volvió las espaldas y se perdió entre las brumas con sus labios inmensamente rojos, sus manos de preciado alabastro y aquellos ojazos que vertían por sus órbitas todo el azul del mundo.  ¡Qué pena que los tres amorosos sonetos tan solo hayan quedado en un intento!  A mi amigo le han dinamitado su alma de poeta.


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