LA CUENTA Y LA PUERTA

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  Por ahí si frisaríamos los diez años y ya rondábamos la puerta del salón de baile.  Nuestro afán era levantarles las faldas a las mozas, por ver el color de sus bragas.  A veces, nos descuidábamos y nos asestaban un guantazo que nos dejaban el oído retumbando.  Cuando la adolescencia revolucionaba nuestras hormonas pero el dinero era escaso en nuestros bolsillos, intentábamos colarnos en el baile por los enrejados de sus ventanas, retorciéndonos como culebras entre los barrotes.  Pero la viña la guardaba Saturnino Jiménez Martín, aquel que había nacido el mismo día que los españoles tomaban Restinga, en la provincia marroquí de Nador, un sábado de 1908.

 

     Pasados los años, sería Ti Saturnino “Pajita”, hijo legítimo de Ti Antonio Jiménez Simón y de Ti Braulia Martín Montero.  Con una verdasca de olivo en una mano y en el cuenco de la otra haciendo sonar las monedas, repetía machaconamente: “-Ámuh, muchachítuh, a rahcálsi loh bolsílluh y trael pa,cá el duritu”.  Cuando lográbamos colarnos, nos perseguía a verdascazos, entre las muchas parejas que abarrotaban el salón.  Ti Saturnino siempre gastó un sombrero de paño y le tocó pegar tiros en una guerra a la que fue empujado sin saber muy bien los motivos.  Le hirieron de gravedad y fue ingresado en un hospital de sangre, en Zaragoza.  A punto estuvo de diñarlas, pero se libró de la Enlutada y su guadaña, la que cuarenta y cinco años más tarde le daría la estocada definitiva, el mismo día en que se aprobaba el Estatuto de Autonomía de Extremadura, o sea el 17 de febrero de 1983.

 

     Nieto paterno era Ti Saturnino de Ti Faustino Jiménez y de Ti Isidora Simón, siendo ésta natural del cercano pueblo de Ahigal.  Era un personaje curioso nuestro paisano, dueño del salón de baile.  Hasta mi gran amigo Guillermo Montero Sánchez, al que le decíamos, primeramente, “El Negro” y, más tarde, “Willy”, le compuso una canción, que cantábamos a ritmo de rock por las tabernas del lugar.  Habiendo entrado ya en quintas, a veces nos rezagábamos la cuadrilla en la barra del salón, sin consumir gran cosa.  La sesión nocturna del baile hacía ya rato que había acabado.  Entonces, Ti Saturnino, bostezando de oreja a oreja, nos recriminaba: “-Ámuh, mózoh, que na,máh jadéih que consumil lú y no gana unu pa bombíllah.  Asín que… ¡jala, la cuenta y la puerta!”  Y nos ponía de patitas en la calle.

 

     Resolvía en un periquete Ti Saturnino los conflictos, sin dejar de menear la varita de olivo, que más que símbolo de paz era idóneo armamento para calentar las orejas.  Pues, en estos días (y ya son muchos cargados de malsanas ambiciones de los ricos avarientos), bien podrían aplicarle lo de la cuenta y la puerta a Jean-Claude Juncker, actual presidente de la Comisión Europea y que, antes, fue primer ministro del Gobierno del Gran Ducado de Luxemburgo.  Arropado por la derecha, se libró de una moción de censura el pasado noviembre.  Ahora, ha vuelto a ser acusado de un nuevo escándalo financiero, el llamado “LuxLeaks”, donde Juncker firmó acuerdos de aberrante ilegalidad con 300 multinacionales, a fin de abaratar la factura fiscal.  El Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación ha sacado a orear estos trapos sucios.  La Izquierda Unitaria Europea (GUE/NGC), en la que se integran IU, Podemos y los Verdes, ha puesto en marcha una comisión de investigación, solicitando a los catorce europarlamentarios del PSOE que se unan a la misma.  Pero, hasta el momento, éstos han dicho que ¡naranjas de la China!  Luego, se quejarán de que los metan en el mismo saco de La Casta.  ¡Vergüenza que la Comisión Europea sea presidida por semejante usurero y que el bipartidismo se niegue a sacarle los colores!

 

     La cuenta y la puerta también para todos aquellos gobernantes de la más coriácea derecha que mienten más que valen, metiéndonos con honda en nuestros estómagos y cabezas tal crucigrama de cifras económicas que nos impiden hacer la digestión con la calma necesaria.  Cifras que, dicho sea de paso, son espeso humo y no se corresponden con las que maneja Cáritas.  Y es que, en este país, cada día que pasa queda más patente que tener un sueldo no es garantía alguna para poder vivir con decencia.  Mariano Rajoy está que lo vierte.   Parece como si se hubiera bebido tropecientas mil tisanas de salvia o se hubiera hormonado con oxcitocina para desbordarse en euforias mil.  Y para que no le amarguen su placidez anímica, saca a sus perros cancerberos de paseo y da luz verde para que su ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, como buen hijo que mamó el franquismo en su familia y fiel seguidor del temible y belicoso dios de la Biblia, ponga en circulación la “Ley Mordaza”.  La sombra del mentor del PP, Manuel Fraga Iribarne, el de “la calle es mía”, continúa siendo demasiado alargada.  Prefieren al Dios cuyo ojo, que todo lo ve (triángulo de viejas deidades guerreras), el del rayo y la ley del Talión, antes que a un Jesús de Nazaret imbuido de amor y de paz.

 

     La verdasca del nieto materno de Ti Juan Martín y de Ti Isabel Montero era una bendición comparada con los medios disuasivos con los que se está dotando a los antidisturbios, que, siendo hijos del pueblo, se les envía a ser fuerza de choque contra los gritos de Justicia y Libertad de ese mismo pueblo y para defender rancios intereses de una oligarq    uía política y financiera que se resiste a bajar de los coches o de los aeroplanos oficiales.  Como portavoz de todas estas cavernícolas y represivas políticas, la derecha nomina a Rafael Hernando Fraile, un gallo peleón con un oscuro pasado ligado a la extrema derecha.  Bien decía el filósofo chino Lao Tse que “la excelencia de un gobierno no se juzga por su orden”.  Pero la derecha está tan locamente enamorada de “su orden” (no tiene por qué ser el nuestro) que prefiere quedarse ciega con tal de dejarnos a nosotros tuertos.  Y el pueblo se ha de clavar en su frente, para que no se llame a engaño, lo que afirmaba el luchador pacifista Martin Luther King: “Nadie nos montará encima si no doblamos las espaldas”.

 

     Hay que exigir, como exigía Ti Saturnino a los mozos zaragateros, la cuenta y la puerta a todos aquellos que se han comido nuestro pan y se han bebido nuestro vino.  Que paguen lo que deben y, acto seguido, cojan la puerta y se vayan a la calle.  Con la fuerza del voto depositado en conciencia, podremos llevar a cabo tales exigencias.  Votos basados en los valores y las esencias de la auténtica Democracia (con mayúsculas), y no en discursos hueros de instituciones carentes de legitimidad democrática y cargados de palabras que pretenden que quienes nos metieron en la ciénaga de la crisis nos saquen de ella.  Se equivocan de cabo a rabo quienes opinan así.  Hay que quebrar las viejas tablas de la ley y arrojar a la gran hoguera del Año Viejo los trastos oxidados y mohosos.  Llegada es la hora de que resuene y que se cumpla la evangélica revolución de la Buena Nueva: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos”.  Hambre de siglos, que no aguanta ya más perjurios, más esclavitudes y más frustraciones.

 


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