JOSÉ ANTONIO MONAGO ES UN CACHIVACHE

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La corrupción no es un invento del hombre moderno, a pesar de que todos los días, en los periódicos, en la radio, en los medios digitales y en la televisión, hablen de si éste o aquél, hasta una Infanta de España, ha sido procesado, condenado o ingresado en prisión por este motivo. La corrupción ha existido desde que el hombre le dio más valor al oro que a su propia vida; desde que abandonó el sistema de trueque con el que podía subsistir perfectamente; desde que se alejó de Dios y veneró al becerro de oro. Es entonces cuando la corrupción hizo mella en los humanos y las envidias y los egoísmos se apoderaron de la tierra como un mal endémico, porque se dejaban atrás los valores esenciales que han de primar en la persona por otros, todos ellos relacionados con el dinero.

 

El Papa Francisco ha reflexionado y ha hablado de la desaparición de Babilonia víctima de la corrupción. La caída de una ciudad “símbolo del mal, del pecado y que cae por corrupción;  se sentía dueña del mundo y de sí misma. Y cuando se acumula el pecado, se pierde la capacidad de reaccionar y se comienza a marchitarse”. 

Es lo que le sucede a las personas corruptas: que no tienen fuerza para reaccionar, porque la corrupción puede aportar alguna felicidad momentánea, puede dejarte satisfecho unos instantes, pero no hay espacio para pensar y decir: esto está mal y tengo que cambiarlo. No se trata sólo de corrupción económica. Hay otras clases de corrupción, como la de los valores y principios por los que se debe guiar una sociedad. Valores y principios que nos harían buenas personas ayudándonos los unos a los otros, no preguntando si quiera qué hay que hacer sino haciéndolo, lo que nos llevaría a unos ratios de bienestar inimaginables por no conocidos.

 

El Santo Padre ha afirmado que la cultura corrupta en la que vivimos “te hace sentir como en el Paraíso aquí, pleno, abundante” pero “dentro, esa cultura corrupta es un cultura putrefacta”. Y ha añadido sobre Babilonia que “está cada sociedad, cada cultura, cada persona alejada de Dios, también alejada del amor al prójimo, que termina por marchitarse”.

 

No son palabras huecas ni desencaminadas las del Obispo de Roma en estos primeros días del año 2015. Lo material, aun siendo tangible, no proporciona la felicidad. El dinero es necesario para vivir pero no vivir para el dinero. Estamos obsesionados con acumular fama, poder, bienes, sin apreciar que todo eso nos produce una satisfacción efímera, intangible. Cuánto más no vale el beso de una madre, por ejemplo. Cuánto más no repercute en nuestra calidad como persona ayudar al prójimo. Cuánto más no es más valioso actuar por el conjunto de la sociedad que por uno mismo.

 

Los políticos de ahora, como los regentes de Babilonia entonces, debieran pensar en hacer el bien para la ciudadanía en su conjunto y no en llenarse los bolsillos a manos llenas, porque es escandaloso lo que está pasando con dimisiones y entradas en prisión por todas partes. Se abandona lo esencial que son los principios éticos, fundamentados en unos valores sólidos, y se cae en la paranoia más absoluta, sin importar nada ni nadie. ¿Qué pensarán las familias y los amigos de los corruptos si ellos están libres de pecado? ¿Qué dirá una madre de un hijo al que esposan y lo llevan directamente a la cárcel?

 

La corrupción no es nueva no. Hizo desaparecer Babilonia. Pero aunque se dice que de los errores se aprende, aquí nadie ha aprendido nada. Estamos como hace siglos, instalados en la cultura de la corrupción, consentida y avalada casi siempre por el poder y la justicia, y no miramos, ni nos importa, el futuro de nuestros hijos, de nuestra familia, de nuestros amigos, del prójimo. Parece que el todo vale de Babilonia se ha instalado en nuestra sociedad y, por lo que vemos a diario, parece que no quiere salir. No hay nadie con la suficiente gallardía para decir ¡no! a tanta mentira y destrucción, para que repare el daño causado y ponga los cimientos de una sociedad limpia y en paz con todo y con todos.

 

Yo no quiero que Extremadura se convierta en Babilonia. Pero para eso es preciso que los corruptos o presuntos corruptos devuelvan el dinero y presenten su dimisión. El presidente del Gobierno extremeño está deslegitimado para abanderar causa alguna de regeneración. Si el Papa Francisco es un pendejo, como dijo su sobrino hace tres meses, yo me atrevo a decir que José Antonio Monago es un cachivache. Pendejo, traducido al español, significa joven. Cachivache tiene muchas acepciones, pero me refiero, en concreto, a “hombre ridículo, embustero e inútil”. Todo esto es para mí el presidente del Gobierno de Extremadura.

 

Además, José Antonio Monago es moralmente un corrupto que ha utilizado dinero público para fines personales, entre ellos de amoríos, y no ha demostrado, ni en sus soflamas radiofónicas ni en el Parlamento extremeño, lo contrario. Para que Extremadura salga de esta cultura de la corrupción de la que habla el propio Papa es necesario que José Antonio Monago devuelva el dinero, presente la dimisión y se vaya al Badajoz de sus amores –de esto no dice nada la vicepresidenta Cristina Teniente–, porque a Mérida, la capital, no la ha respetado nunca, eso está claro, aunque ahora venga anunciando un Estatuto de Capitalidad como si fuera el maná caído del cielo. Una vez que se la ha destruido pretenden que resurja de sus cenizas como el ave fénix. Badajoz ha crecido a costa de Mérida, que no se le olvide a nadie.

 

Dimita, señor cachivache, y permita que su partido se presente en buena lid a las elecciones del 24 de mayo de 2015. De lo contrario, estará consintiendo que el Partido Popular concurra a los comicios en peor posición de salida que el resto. Opino, sinceramente, que lo mismo que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, obligó a la ministra de Sanidad, Ana Mato, a dimitir por su posible implicación en la trama Gürtel, un tanto de lo mismo debiera hacer con el presidente extremeño. Lo que se está dando es un claro agravio comparativo dentro del PP.

 

Mientras Monago sigue con sus historietas de una Extremadura abundante y repleta como Babilonia –sólo hace falta rememorar su genial discursito de Fin de Año desde unas bodegas privadas en Trujillo–, releeré el artículo de Guillermo Fernández Vara publicado en diciembre en Digital Extremadura sobre el uso y el abuso del poder, al que he hecho una copia,  porque dándome la razón en que no es de recibo que únicamente se nos consulte cada cuatro años a los ciudadanos en esta mal llamada Democracia, comparto lo que dice, pero quiero ver qué sucede si vuelve a ser presidente de la Junta de Extremadura.

 

Sentenciaba José Luis Mariño Roco, ex alcalde de Plasencia: “El poder corrompe. El poder absoluto corrompe absolutamente”. Pues eso.


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