MUSAS

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  Para ser sinceros, un servidor sabe poco de las musas.  Solo retengo un verso de Homero.  Años de bachillerato.  Rama de Letras.  Traducía latín: “Cuéntame, Musa, la historia de los hombres de muchos senderos… (Odisea, I)”.  Pero mi indispensable amigo, que ciertamente es hombre de muchos caminos y de aventuras mil, me sorprendió la otra tarde con el trágico fin de Marga Gil Roësset.  Tenía todo para ser una musa elevada al cielo:  Inteligente, bellísima, atractiva, políglota y radiantemente joven.  Sus artísticas manos fueron el asombro de Victorio Macho, el genio de la escultura en años republicanos.

 

     Pero Marga se enamoró locamente de aquel poeta cursi y endiosado, que por muy premio Nobel que fuera, no se libró de los fieros versos de aquel otro trovador más pegado al pueblo, Gabriel Celaya: “¡Vean a Juan Ramón, el sensitivo,/mirándose el ombligo entre suspiros!”.  Marga quiso ser la musa de Juan Ramón Jiménez, ya madurito y peinando canas.  Pero éste estaba férreamente atrapado por Zenobia Camprubí, su mujer.  Y Marga, obsesionada amargamente por el despecho, metió un revólver en su boca y se descerrajó un tiro el 28 de julio de 1932.  Retumbó el disparo en aquel torreón del pueblo madrileño de Las Rozas y en el suelo quedó tendido el agonizante y hermoso cuerpo de la joven.  Por su boca, salían cataratas de espumosa sangre.

 

     Tras el dramático relato, mi cultísimo camarada me mostró unas fotos de Marga.  Señalándome una, donde la escultora aparece con un gesto serio, cargado de una enigmática y adusta belleza, me dijo: “-Imagínate que Marga cubriese su cabeza y cuello con el “hiyab” (velo islámico): ¿a quién se parecería?” Enseguida me vino a la memoria el recuerdo de la preciosa hija de Alepo, la de los índigos y rasgados ojos, la que fue más que musa para mi querido compañero.  Musa que le dirigió acertadamente la pluma y le llevó al pódium de las medallas literarias.  Sonoros premios, ya fuere en prosa como en verso.  Y más que musa cuando él besaba y lamía, con pasión, las palabras “houb” (amor), que ella tenía tatuada bajo su oreja izquierda, y la de “haría” (libertad), plasmada en su pie, con florida y cúfica caligrafía.

 

     Enrevesado es el mundo de las musas. Los que somos descreídos y pasamos de dioses y de dogmas pensamos que las musas pueden encumbrar o hundir a todo aquel cuya sensibilidad asome a flor de piel.  O pueden destruirse ellas o brillar con cegadora luz.  A vueltas, en estas “Pingolletas” nuestras, con el jefe de filas de estas tierras del Oeste, don José Antonio Monago Terraza, opinamos que estaba más atinado cuando volaba en aeroplano, con el dinero de todos, para ir a las Islas Afortunadas, tras las cálidas pisadas de su Olga María Henao Cárdenas.  No sabemos hasta qué punto Olga María era su musa.  Decía la guapa actriz estadounidense Mae West que “las chicas buenas van al cielo; las malas a todas partes”. De entre estas últimas, al decir de mi sagaz camarada, deben salir las musas.

 

     Mucho nos tememos que el presidente de estos territorios belloteros, curado en salud (frase muy al gusto de la derecha, como gentes de orden que son), se haya formalizado y opte por estar con las chicas buenas.  Sin embargo, éstas no valen para ser musas de arriba abajo, ya que suelen ser muy posesivas, y sabido es que el instinto de posesión mata el amor.  Ahora, más que antes, Monago se sale cada dos por tres de sus casillas y las llamas envuelven su lengua, máxime cuando ha salido indemne por haber metido las uñas en la hucha del común.  La Fiscalía le ha exculpado porque, como senador, podía viajar donde le viniera en gana, sin tener que justificar un solo céntimo.  ¡Viva el Senado de esta nación y la madre que lo “trujo” al mundo!  ¡Vaya legalidad más inmoral!  Y sus colegas de la derecha aplaudiendo hasta con las orejas: “la decisión se enmarca en un orden lógico y normal de lo que tenía que ocurrir”.  ¡Hipócritas!

 

     Las chicas buenas no traen nada bueno.  Además, te incitan a echar discursos propios de aquellos blancos que, según el jefe sioux Toro Sentado, “hablaban por lengua de serpiente”.  Nuestro “bellotari”, sin musas que le guarden sus espaldas, desbarra y engaña al auditorio, afirmando que se han creado, en esta legislatura, 50.000 puestos de trabajo.  Si él entró a lidiar en el ruedo extremeño con 114.000 parados y resulta que, ahora, hay 140.000, ¿cómo se explica una trola tan gorda?  Es muy triste sacar la lengua a paseo cuando el PIB per cápita regional es el menor de todo el país.  Nos quieren vender una moto averiada, y la verdad es que los extremeños de a pie no están para muchos sarcasmos.

 

     Comentaba el escritor francés Charles Chincholle que “toda mujer es del primero que sabe soñarla”.  La excepción confirma la regla, pero también toda musa suele compenetrarse con quien, desinteresadamente, la eleva, elevándose los dos al mismo tiempo, a galaxias siderales.  La pobre y bella Marga Gil Roësset, de quien no puede uno por menos que estar enamorado aunque sea a título póstumo, no se merecía un final tan desgarrado.  Juan Ramón Jiménez, como para descargar su conciencia, le dedicó al mes siguiente de su muerte, unos meditados versos: “Te llevaste contigo a tu más ser/la identidad de nuestro azul,/la instalación desnuda del anhelo,/el fervor amplio de la estación plena…”

 

     Monago ya solo sueña con las chicas buenas.  Malos augurios.  A algunos, parafraseando a la nunca bien llorada poetisa Alejandra Pizarnik, si no los quieren como merecen, será porque se merecen algo mejor.  Marga se hubiera merecido un trozo del cielo (no en el sentido teológico que lo entendemos).. por ser una chica mala que rompía valientemente los encorsetamientos y prejuicios de su época.  Pero el presidente de las Extremaduras puede que no se merezca algo mejor.  ¡Qué soledad caer en la mediocridad y sentirte abandonado por tus musas!

 


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