HASTA SIEMPRE, AMIGO

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[Img #41209]Nos ha dejado. Es ley de vida. Pero no se va con las manos vacías. Plasencia le quería, le respetaba, tenía en cuenta sus opiniones porque era uno más. Cándido Cabrera González no era un político al uso. Era un ciudadano metido en política porque quería devolver a su pueblo adoptivo tanto amor como le había dado desde los seis años, cuando pasaba largas temporadas con su familia en la ciudad y jugaba en el Conventual de San Francisco, que más tarde lograría convertir en residencia de ancianos válidos y no válidos: “por esto solo ha merecido la pena ser alcalde”, me confesaba en el libro “Cándido. Perfil humano y político de un alcalde de Plasencia”, escrito hace ahora justo 20 años.

 

Nacido en la localidad cacereña de Talaván el 15 de febrero de 1933, desde los seis años, como comento, vivía algunos meses en Plasencia, hasta que en 1947 su familia decide trasladarse a la capital del Norte de Extremadura. Concejal del Ayuntamiento de Plasencia en 1983 por la Unión de Placentinos Independientes y en 1987 por el Centro Democrático y Social, tomó posesión de la Alcaldía de Plasencia el 4 de febrero de 1989, siendo reelegido en 1991 tras encabezar la candidatura del PSOE. Abandonaba el cargo el 7 de julio de 1995. Fue presidente de la Unión de Pescadores de Plasencia, de Placeat y gerente de la empresa Cexac, dedicada al aceite y derivados de oliva, hasta hace bien poco.

 

El 12 de julio de 1993 fue uno de los días más importantes de Cándido Cabrera, pues el entonces presidente del Tribunal Superior de Justicia de Extremadura, Jesús González Jubete, le imponía la Cruz de San Raimundo de Peñafort, que le había sido concedida por el Gobierno.

 

En las muchas horas de preparación de mi libro que llevamos a cabo entre su despacho en Cexac y el de la Alcaldía, y que algún escritor o periodista debiera completar por la importancia del personaje, siempre me dijo que él no se consideraba un político, sino un ciudadano que se movía por la regla de “esto está bien o esto está mal”. Durante su mandato se hicieron grandes obras en Plasencia, pero recibió un hachazo importante cuando le transmitieron la desaparición del Cuartel del Ejército. Sin embargo, no se amilanó y lograba darle la vuelta a la tortilla logrando un Campus Universitario en las instalaciones que dejaban los militares. Se sintió en todo momento muy querido por el ex alcalde José Luis Mariño Roco, de quien se distanció más bien por incompatibilidad de caracteres, y por el presidente de la Junta de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, así como por el también fallecido Manuel Veiga López.

 

Pero, sobre todo, él quería a Maruja, su esposa, a su hijo único Fernando y a Plasencia, xde la que era Hijo Adoptivo por méritos propios. Sería injusto no citar por mi parte la estrecha relación que mantenía con su hombre de confianza  Sandalio Rodríguez o con el magnífico concejal Eulogio Montes. Ellos habrán sentido, como yo, la pérdida de un gran amigo, de los que te da la vida sin buscarlos.

 

Descanse en paz Cándido Cabrera González. Seguro que en el cielo –era católico ortodoxo—están esperándole para darle el descanso que la vida no le dio pero que él tampoco quiso, porque su vitalidad y su amor a Plasencia podían más que el minutero del reloj.

 

Hasta siempre, amigo.


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