COCINEANDO

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Muchacheando por las calles del lugar detrás del tamborilero.  Salía, con su tamboril y su flauta, las vísperas de las grandes fiestas.  Lo considerábamos como un dios de la música.  Nosotros, chiquilicuatres, íbamos saltando y tocando las palmas en pos de él.  Desde que tuve uso de razón conocí a Luis Martín Domínguez como tamborilero del pueblo.  Le decían Ti Luis “Bulla”, por lo que el apodo le venía más que pintiparado y en algo influirían también los astros por haber nacido el mismo día que la famosa actriz, cantante y bailarina canadiense Ruby Keeler, el miércoles 25 de agosto de 1909.

 

     El tamboril era como el tamtam de otras culturas marginales y actuales, en aquellos años en que todavía nuestros pueblos vivían ensimismados y envueltos en realismo mágico.  Cuando se desataban las tormentas del estío y se escuchaba el estrépito de los truenos, nos decíamos los unos a los otros: “-Ya ehtá Ti Luí jarreánduli al tamburil. ¡Y qué de reciu le jarrea!” Intimé con el paisano cuando entré en quinta y sacamos el barbado y cabrío macho, todo engalanado de cintas y con un descomunal cencerro, por calles y plazuelas.  Ti Luis, enjuto y fibroso, flagelado por soles y ventiscas, campesino de duras y encallecidas manos pero que creaban arte tañendo la flauta, era un pozo sin fondo de sabiduría popular.  Cierto vacío me embarga hoy por no haberle exprimido lo suficiente para que me desembuchara toda la cultura oral que llevaba dentro.  Le escuché coplas y romances, maravillosos cuentos y otros discursos de gran calado etnográfico, pero no anoté a su debido tiempo sus preciosas y deslumbrantes retahílas.

 

     Y al igual que me cercioré de que llevaba sus alforjas rebosando de saber popular, también me percaté que era un excelente cocinero.  Era el ranchero de los quintos.  Nos preparaba un sinfín de guisos con la carne del macho cabrío. Nos relamíamos los dedos.  Con cuatro patatas, un poco de aceite y unas guindillas picantes, preparaba manjares de los dioses.  No es de extrañar que, en aquella guerra levantada por el alzamiento de media docena de genocidas y alocados generales, lo nombraran cocinero del cuerpo de jefes y oficiales de su regimiento.  “-Yo leh aviaba –me contaba- a loh coronélih y a ótruh mánduh lo mehmu únah patátah canteronúah que un cuchifriti, o únah mígah cánah pal almuerzu, o un zorongollu de pimiéntuh o un gahpachu de poleu… Cualquiera cosa, y hahta leh jidi una vé únah sópah de freji y bien que se relambían loh jocícuh.  Cuandu la cosa ehcaseaba y no había javíuh pa jadel ni un sopicaldu, me lah tenía que vel y componel pa dal-lih gúhtu y que quearan confórmih.  Tó era cuhtión de ehtrujalsi loh sésuh y jadel algu asín cumu jidu Nuéhtru Señol cuandu el milagro de loh pánih y loh pécih”.

 

     Sea como fuere, apañándoselas según le dictaba su despierta inteligencia, el caso es que el hijo de Ti Felipe Martín Jiménez y de Ti Laureana Domínguez Calvo se libró de las trincheras y siempre anduvo metido entre peroles.  Y entre peroles y perolas también andan hundidos hasta el pescuezo, en estos últimos tiempos, otros cocineros más bastos, sin escrúpulos malditos y sin el oído musical que tenía Ti Luis “Bulla”.  Tiempos revueltos, en que cada cual procura arrimar el ascua a su sardina.  Y si no hay ascuas adecuadas, se echa mano de lo que sea, con tal de que la sardina quede, al menos, soasada.  Empresas de opinión como “Sigma Dos”, “Metroscopia”, “CIS”, “GETS” y otros observatorios y barómetros están vertiendo, cada dos por tres, sus datos en los medios informativos.  Procuran no morderle la mano a sus amos y contentarles en la medida de lo posible.

 

     Cantaba con potente, alegre y aflamencada voz Antonio Molina aquello de “Cocinando me doy una maña,/que no hay en España quien guise mejor”.  Pues parece ser que, hoy por hoy, hay quien le supera y realiza tales encajes de bolillos con las viandas electorales, que absortos y maravillados nos quedamos los pobres mortales.  Encuestas y más encuestas, que cantan cada una lo que quieren.  Inflan o desinflan datos.  El que paga, manda.  Los fogones más que arder, levantan enormes llamaradas.  El que fuera nieto paterno de Ti Paulino Martín y de Ti Lorenza Jiménez se libró de andar esquivando balas en el campo de batalla, pero es que él era un cocinero de pro.  De haberse metido a trabajar en un restaurante de aquellos de los años del hambre, seguro que hubiera progresado y podría haber tomado el cielo por asalto, pero regresó al pueblo que le vio nacer y tuvo que doblar la rabadilla sobre los gordos terrones del terruño.  En este 2015, los titiriteros de las encuestas también quieren librar a sus amos de la balacera que cada día irá a más y no paran de cocinear tras bastidores, como bufones y aprendices de visionarios Rasputines.  Pero a éstos saltimbanquis metidos a trileros les falta la magia de la flauta y el tamboril y no van tras ellos un nutrido pelotón de muchachos aplaudiéndoles con desbordante alegría, como lo hacían con Ti Luis cuando desparramaba arte a los cuatro vientos.

 

     En cuanto han surgido nuevas gentes con otras ideas y otras alternativas, arrastrando tras sí a muchedumbres que han vuelto a creer, después de dos mil años, que otra vez es posible el milagro de la multiplicación del pan y de los peces, el nerviosismo flagela con saña a la vieja política. Los que se vuelven neurasténicos intentan sacudirse la caspa de la Casta, como si con ellos no fuera el asunto.  Pero por más encuestas que les doren la píldora y por más champús anticaspa que empleen no podrán negar que ellos, la Casta, tras convertir la democracia en partitocracia, han gobernado desde la Moncloa de espaldas a ese pueblo, cuando no apuñalándolo.  Normal que ahora prefiera ir detrás de los que tocan el tamboril y la flauta y no de los que venden mercancía averiada.  Nos entregaron a una Europa de los mercados, que no de los pueblos, traicionaron sus ideologías e incumplieron sus programas.  Muchos de ellos metieron no las manos sino las cabezas y las piernas hasta la ingle en las arcas públicas, tras una vergonzosa bajada de calzones ante los poderes fácticos en la Transición, y, en estos últimos años, han exhibido sus cuartos traseros, sin pudor alguno, ante el falo neoliberal de la Troika.  ¿Cómo quieren que, ahora, el pueblo les siga invitando a otra ronda si ya no tiene dineros en el bolsillo?  Cada vez creemos menos en sus cifras macroeconómicas, en sus recuperaciones, en sus trastornos bipolares y en las encuestas que encargan.  No los pillamos porque estuvieran cojos, sino por sus mentiras.

 

     Ti Luis “El Tamborilero”, nieto materno de Ti Miguel Domínguez y de Ti Isabel García, siempre entraba en trance telepático, cuando aporreaba el tamboril, con las deidades del trueno, ya fuere Zeus o Júpiter, Seth, Thor o Indra.  Sin embargo, los viejos políticos no tienen ese don y carecen del poder de conjurar las tormentas, que, preñadas de rayo, se ciernen, como pájaros de mal agüero, sobre sus cabezas.  Por más que empiecen a llenarnos ahora los caminos, carreteras, dehesas comunales, calles y plazas de nuestros pueblos de pesadas maquinarias, con el fin de parchear lo que no enderezaron en estas lunas de atrás, el pueblo ya les vio el plumero y ya les hace ascos la comida que avían en sus cocinas.

 

     El día de San Especioso y Santa Leocricia, en el meridiano de un airoso marzo, cuando el genial tamborilero peinaba las canas de sus setenta y seis cenceñas primaveras, su flauta y tamboril dejaron de sonar definitivamente.  Se llevó consigo sus manos de labriego, de artista popular y cocinero.  Él nunca perteneció a casta alguna, no como aquellos otros que acaban de poner la guinda al Código Penal que ellos solos, la derecha, aprobaron hace escasos días.  Todo un manifiesto de repulsa han firmado sesenta catedráticos de Derecho Penal de treinta y tres universidades distintas, pidiendo su derogación.  Acusan al PP de “pisotear la dignidad humana”, afirmando que es un “auténtico fraude de Ley” y que se trata de “poner sordina a las protestas y a la indignación ciudadana ante el constante recorte del Estado del Bienestar”.  Allá los que se dejen pisotear.  El miedo está cambiando de bando.  Se está perdiendo el temor a los espurios cocineros que nos dan gato por liebre.  Es la hora de separar el trigo de la paja.


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