ALFONSO NAHARRO, TRUJILLANO

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    [Img #41315] En los duros hielos del hogaño, se cumple ya el tercer aniversario de la muerte de un heterodoxo que, amando locamente a Extremadura (y aún más a su ciudad de Trujillo, berrocosa y señorial), se puso a ambas, conscientemente, por montera, convirtiéndose en un marinero de tierra adentro.  Aquellos años en que algunos éramos universitarios y también andábamos descalzos por el filo de la espada, apareció en nuestras vidas Alfonso Naharro Riera.  Ya tenía muchas tablas el trujillano.  Llegaba desmelenado, siempre con mil proyectos ardiéndoles entre los sesos y con unos grandes y saltones ojos que abarcaban toda la antigua Vetonia y Lusitania.

 

     Nosotros nos extasiábamos escuchándole sentados en las escalinatas del cacereño Arco de la Estrella, o en algunos bares misteriosos que él conocía en umbrosas calles, alejadas del mundanal ruido.  Por oídas, sabíamos que había sido un joven sargento en el ejército, del que salió huyendo a la primera de cambio.  Luego, tuvo mil oficios y ninguno, pero él sabía ganarse la vida sin ponerse de rodillas ante nadie.  Fue el primero que nos habló y nos apasionó por la arqueología y la ecología, sin que él fuera ni arqueólogo titulado ni ecologista de salón.  Y nos adoctrinaba con sus prédicas de un José Antonio revolucionario y de una Falange antifranquista, anticapitalista, antiimperialista, republicana y furibundamente autogestionaria.  La ideología dio, en poco tiempo, un salto y dimos en beber en el FSR (Frente Sindicalista Revolucionario).  Él, siempre inquieto y con culo de mal asiento, se acercó al Partido Comunista, mientras que otros nos asomábamos al mundo libertario. Años de revolución, de bohemia y de poesía, con retazos deslavazados de una pazguata democracia liberal y burguesa.

 

     En ocasiones, nos montaba en un coche destartalado y nos llevaba hasta Huertas de Ánimas, una población que se resiste a ser arrabal de Trujillo y donde él se encontraba en su salsa y se codeaba con el pueblo llano, el de curtidos rostros y manos más duras que su peña del “Resbaladero”.  Alfonso decía que “en Trujillo, los señores; en Huertas, los labradores”.  Desde aquel entonces, siempre sentí cierta devoción por los huerteños, a los que soñaba como legión de proletarios, dirigidos y alentados por una paisana suya, mujer hermosa, patentizando aquel cuadro de “La Libertad guiando al pueblo”, que pintara Eugène Delacroix.  Y aquella valiente fémina los guiaba hacia las murallas de Trujillo, defendidas por aquellos señoritos a los que, según me contaron, ensordecieron en su día el heterodoxo trujillano y sus huestes.  Se había legalizado el PCE aquella santa semana de pasión y Alfonso y otros rojos y masones no tuvieron mejor idea que poner en marcha toda una potente megafonía y enfocar sus megavatios hacia aquel casino del que ya había dicho Miguel de Unamuno que era algo así como un hosco lugar donde los señoritos abúlicos se pasaban todo el día jugando a los naipes.  Y por narices tuvieron que escuchar la Internacional y el himno republicano.

 

       En aquellos berrocales trujillanos, Alfonso recargaba sus baterías que, luego, reventaban en desbordantes y multicolores energías.  Forjado a sí mismo y convertido en todo un autodidacta, brilaba con luz propia.  Pero también tuvo sus detractores.  Gente de mucho golpe de pecho y comunión diaria le acusó, como en su día hicieron con el filósofo griego Sócrates, de renegar del dios omnipotente y otras divinidades y de corromper a los jóvenes.  Después de un paréntesis de muchas estaciones con lluvias y con soles, me reencontré con él en Las Hurdes de mis desvelos, donde andaba fogueándome en mis quehaceres pedagógicos. Entre aquellas ásperas breñas, se perdió una temporada y dio a luz un libro sobre tan legendaria comarca, ilustrado por las maravillosas fotos de otro trujillano disidente: Chuty, inseparable de Alfonso y con el que creó la editorial sin propósito de lucro “Tope Ganso”.  Más tarde, se mimetizaría con el paisaje de la comarca hermana de Sierra de Gata y su recuerdo permanece, aún cálido y fresco a la vez, desde Robledillo a Cilleros y desde Hernán Pérez a Valverde.

 

     Extremadura le debe mil y un hallazgos arqueológicos, que depositó fielmente en el Museo de las Veletas.  Sabía más que nadie sobre castros y grabados, acerca de ídolos-estelas y otras extrañas inscripciones.  Tenía una relación de amor-odio con los políticos de uno y otro pelaje, pero tenía la virtuosa habilidad de sacarles los cuartos para financiar heréticos proyectos, como aquel de un viaje en un carro tirado por mulos hasta Santiago de Compostela, a través de un sendero medieval que él había descubierto y que ha pasado a ser conocido como “Camino de la Estrella”. Mi buen amigo el socialista Manuel Veiga, que fuera eficiente presidente de la Diputación cacereña, financió el tortuoso pero mediático viaje, que hermanó pueblos extremeños y portugueses y estrechó lazos con otras villas y lugares del antiguo reino de León. Su fascinación por Portugal le tenía obsesionado.  Montó el I Campamento Internacional de Arqueología en la frontera hispano-portuguesa y fundó la “Gentilidad Arqueológica Lusitano-Vettona”. 

 

     Pero siempre y por siempre Trujillo y sus graníticos contornos calentándole la mente, sobre los que investigó hasta la extenuación y escribió docenas de artículos. Acometió toda una guía innovadora de la ciudad trujillana, estuvo presente en la mayoría de sus Coloquios Históricos y tuvieron honda repercusión su cómic sobre Viriato y sus correrías por la meseta trujillano-cacereña  y su CD-ROM “Trujillo Virtual” (Chuty como dibujante y otros segundos de a bordo).  Colaboró asiduamente con el periódico digital “La Opinión de Trujillo” y gran eco tuvo, igualmente, su blog “Entre tanto anochece”.

 

     Hace tres largos inviernos, se lo llevaron los hielos del enero.  La guadaña de La Enlutada vino a por él y se lo llevó en el mayor de los anonimatos.  Nada supe de su muerte hasta bien entrado el estío.  Un amigo común me dio la triste noticia. La ciudad de Trujillo permaneció -y continúa- enmudecida.  No por el abatimiento de haber perdido un hijo ilustre que dio lo mejor de sí para mayor loor de los gloriosos berrocales, sino por la apática inercia de aquel señoritismo abúlico del que hablaba Unamuno y que solo se despereza, como bien me decía el amigo Chuty, para rendir homenajes a los curas y a los ricos.  A los heterodoxos que llevan el malditismo encima nadie coloca los laureles alrededor de sus cabezas, máxime cuando los poderes fácticos son puestos en solfa por toda una cuadrilla de disidentes y libertarios.  Alfonso, escéptico de tantas cosas, acabó siendo un ácrata íntegro y honesto.  Tres pitos nos importa a muchos que los señores de chistera y levita no le hayan dedicado cuatro palabras a título póstumo.  Para nosotros, nuestro maestro en tan heréticas materias seguirá vivo en la memoria hasta que otra guadaña nos mande a las profundas simas de la Nada.

 

      Lástima que tan a traición lo guadañaran y se nos fuera tan pronto.  De sostenerse hoy sobre sus piernas de eterno correcaminos, seguro que habríamos vuelto a Huertas de Ánimas, a sublevar a aquellos proletarios de duras y encallecidas manos y a buscar, aunque fuese bajo las piedras, a aquella mujer de bello y brioso porte que dirigía el asalto a las murallas de Trujillo.  Las “Tres Jornadas Gloriosas” del París de 1830, que inspiraron a Delacroix, ya pasaron a la historia.  Pero la nueva Libertad acaudillando al pueblo, con sus grandes y celestes pupilas, justicieras pero carentes de rencor, seguro que clavaría la bandera de la decencia y honestidad revolucionaras, ya fuere tricolor o rojinegra, en lo alto de la alcazaba trujillana la próxima y radiante primavera.


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