DEMAGOGIA, FRIVOLIDAD E IRRESPONSABILIDAD EN LOS MÍTINES ELECTORALES

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Estamos en el furor de la carrera electoral. Metidos en la disputa por votos de forma compulsiva. Y oigo, veo, mítines de unos y de otros. De un lado y del lado más allá. De una bandera y de otra bandera diferente.

 

Frases lanzadas como piedras. Ataques demagógicos como escupitajos. Sentencias frívolas sin fundamento, que sonrojan. Irresponsables promesas sabiendo muy a conciencia que no van a cumplir. Reproches al contrario; alabanzas a propios y cercanos. Maniqueísmo infantilizado. Gracietas. Mala uva. Falta de respeto.

 

¿Algo más? ¿Hay algo más, en el sentido de presentar propuestas fundadas y fundamentadas? ¿Estudios rigurosos, consecuentes? ¿Trayectoria que avale el compromiso, la seriedad, la confianza?

 

¡Venga a lanzar exabruptos, jaleados por incondicionales y contestados por los de enfrente con burradas mayores y más festejadas todavía! ¡Venga aplausos y musiquitas pegadizas! ¡Venga fanfarronería, como la de los boxeadores de película, jactándose de cómo van a noquear a los contrarios!

 

Cuando las primeras elecciones democráticas -hace ya tantos años que no quiero ni pararme a contarlos-, yo era candidato ilusionado y me acuerdo que en una población razoné unas propuestas, basadas en muchas reflexiones, estudios, convicciones… Recuerdo que una corresponsal de prensa se me acercó al final, diciéndome: “De todos los candidatos que han pasado por aquí, eres el único que presentó un programa y lo documentó”.

 

En medio de la fanfarria del último día de campaña dirigí una carta a los medios de comunicación diciendo que no pensaba ni siquiera votar: aquello no eran elecciones de seriedad y propuestas, sino patio de verdulería lleno de propaganda pagada por algunos con no sé qué fondo (sí lo he sabido luego). De los que pasamos por aquella ciudad que dije más atrás, todos salieron elegidos… menos yo. Luego he vuelto a incidir y reincidir. No cambia la situación. El mundo sigue girando de igual modo. Y a cada tanto, la vomitona irresponsable, irreverente, tan falta de respeto para la propia dignidad del que la expulsa y de las que reciben sus salpicaduras.

 

¡Menos mal que, en medio de tanta podredumbre, algunos -aunque pocos- aún levantan una voz de coherencia! Así, uno puede reconciliarse con lo que debe ser la honrosa dedicación a la política: tarea colectiva en beneficio de la “polis”. Vaya mi respeto y esperanza para esa sublime minoría, y que cunda su ejemplo para todos.

 

http://moisescayetanorosado.blogspot.com


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