FRANCO: “LA MANO NO, UN ABRAZO, LICINIO”

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Ya ha llovido en Cáceres y su provincia desde la llegada de Licinio de la Fuente y de la Fuente como Gobernador Civil, un joven de treinta y dos años – 2 de febrero de 1956 -, nacido en Noez (Toledo), de familia humilde, lleno de sueños, abogado del Estado, ministro de Trabajo, acaba de entonar el Tosca del “Adiós a la vida”, aquel mozo humilde y trabajador que sería ministro con los tecnócratas de López Rodó y llegaría a ser vicepresidente con Arias Navarro, iniciaba su travesía con el vendaval del incidente del estudiente Miguel Álvarez, herido gravísimamente con motivo de la conmemoración del “Estudiante Caído”, en Madrid. Don Licinio cuenta que, ese episodio,  no sería el mejor recibimiento para alojarse en el edificio de la Avda de la Montaña, porque, además, coincidiría con la muerte del presidente de la Diputación, cuatro años, en los predios cacereños, desde febrero de 1956 hasta mayo de 1960. Aquel Cáceres que soñaría con el agua y con su apellido de la Fuente y de la Fuente.

 

El mismo confesaría que “me enamoré de Cáceres y su provincia” y la emoción que sentiría al descubrir el barrio antiguo. Pero él había ido a engrandecer la vieja provincia, donde dormían sueños y no llegaba el rayo de redimir el letargo del cansancio. Con él aumentó el número de escuelas, el agua llegaría a las casas y el sonido del teléfono acercaría las palabras y la modernidad. Don Licinio hasta parecía un joven mozo del Oeste con la llegada a caballo a pueblos incomunicados y vería cómo la heredad sedienta del llano se transformaría en un vergel gracias a la dadivosidad del agua de los embalses. Sí, el paro no le haría descansar gratamente, porque aún la provincia arrastraba la larga secuela de la guerra, sumida en el hambre de posguerra.

 

Aquel Cáceres de nombres familiares: José Murillo, Rodrigo Dávila, Fernández Aguado, figuras prendidas en nuestras retinas, imágenes de esa vida cotidiana y adolescente, en nuestra hornacina de la curiosidad – Don Rodrigo, hasta me impartiría matemáticas – . Aquella visita a Franco y aquél gesto del general con él: ”La mano no, Licinio, un abrazo, que usted es ya de las nuevas generaciones, a usted lo hemos criado a nuestros pechos”. Qué detalle, el único a un ministro de llamarle por su nombre.

 

En ese tiempo, ya tan lejano, en una conferencia, el gobernador ya olfateaba Europa. Sin embargo, las relaciones con la Iglesia tendrían unas manos más frías, dado que la jurisdicción de la provincia de Cáceres comprendía seis obispos y, con ellos, tendría que abrirse una puerta diplomática –“mucho obispo para un pueblo”, le diría el regidor placentino; alcaldes y curas. Qué decir de Llopis Iborra y su estancia en Cáceres y no en Coria; y el escándalo de las piscinas en la Ciudad Deportiva Sindical, cuando  hombres y mujeres se bañaban separados por una valla de cañizo. ¡Qué escándalo! Eso entonces, irrisorio ahora, y la mano diplomática del Gobernador ante la integrista actitud de Llopis Iborra y los gobernadores militares; y Las Hurdes, electrificarlas, qué costoso. Gracias a que el proyecto se incluiría en la Ayuda Americana y el contrato iría, varias veces, a Washington y, tras mucho esfuerzo, con la subestación de Montehermoso, y la noche hurdana por las luces olvidaría las sombras.

 

No olvidaría la batalla de los regadíos del Salor y los  pueblos de las torres – Torrequemada, Torremenga… -, con el paro en los brazos, pero, amigo, con la aristocracia hemos topado. ¿Expropiar a la marquesa de Villatorcas? Con la esposa del general Martín Alonso hemos chocado. Se opuso tercamente la aristócrata, pero el Gobernador y Torrejón – director del INC – ganarían la batalla y ahí nacerían las expropiaciones de grandes fincas de terratenientes y, de esta suerte, el secarral extremeño se convertiría en predios agrícolas de riqueza y el nacimiento del Plan Badajoz.

 

España estaba en ese período donde todo o casi todo era una interrogación. ¡Ay el problema dinástico! Franco y después qué. Aquel día en que el Gobernador conocería la “operación Wamba”. Pues sí, un grupo de  fanlangistas de la zona de Malpartida – no partidarios de los Borbones – quería nombrar sucesor del General Franco a su nieto Francisco Franco, pero Don Licinio lo cortaría de raíz.

 

Testigo de la Historia, Licinio de la Fuente seguiría, muy de cerca, la entrevista Don Juan y Franco en Las Cabezas, en marzo de 1960, ante los monárquicos encabezados por Bardají, García Durán y el Conde de canilleros, aquella corriente sucesoria de tira y afloja entre monárquicos y franquistas…; y el último adiós en Brozas, cuando el alcalde, tras pedirle permiso al Obispo – estaban en la iglesia – le dijo a Asunción, su mujer: ”Usted  nos deja sus lágrimas, pero se lleva nuestro corazón”.

 

En el último recodo del camino, el Gobernador de mi adolescencia cacereña, nos ha dicho adiós, y un trocito bello de mi historia se ha ido con él. Que la tierra te sea leve.


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