LA NIÑA RUBIA DE OJOS AZULES

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La memoria no me alcanza a evocar mi primer día de vida, pero me describe mi madre enternecida que el sol brillaba, no era un martes cualquiera, la felicidad hacia acto de presencia bajo sus miradas en aquella habitación del hospital, sonreían emocionados y unían sus manos.

 

Días más tarde, llegaría a casa, a ese nido familiar y allí me esperaba una niña  rubia de ojos azules que con tan solo cinco años, aguardaba impaciente el momento del encuentro, no paraba de dar vueltas por la casa preguntando a cada  instante a mi padre, cuando íbamos a llegar.

 

Esa niña rubia de ojos azules, es mi hermana y se pasaba las horas al pie de la cuna, atentamente me contemplaba sin pestañear a la espera de cualquier pequeño movimiento para advertir a mis padres ocupados en su quehaceres, salía a correr, daba una voz de alerta y regresaba nuevamente junto a mí.

 

Fuimos creciendo al calor de un hogar, echando raíces, instruyéndonos en la escuela de la vida, bajo la batuta de unos progenitores que inculcaban amor y  cariño a raudales, nos enseñaron a querernos y ha saber perdonarnos a relegar el rencor y a protegernos el uno al otro. 

 

Hoy recuerdo aquellos días como si fuera ayer, añorando aquellas comidas deliciosas que despertaban la sonrisa y el apetito, comidas en hoteles imaginarios de seis estrellas en ciudades que nunca visitamos, grandes momentos para mi dulce memoria.

 

Ya queda lejos aquel recuerdo, crecimos,  pero ese espíritu de hermandad renace en mi corazón día tras día, atesoro en el cofre de suspiros soplos de sentimientos que custodio con cariño y  que me marcan el camino ayudándome a no perder el norte, sabiendo en cada momento quien soy y de donde vengo.

 

Esa niña se convirtió en toda una mujer, y con solo veintidós años voló del nido para construir el suyo propio, asistiéndome un desconsuelo y  un vacío  inmenso, poco a poco me fui habituando a no verla sentada en la mesa, a no esperarla sentado en el umbral de la casa, a no darle el beso de buenas noches.

 

Muy pronto ese vacío lo colmo Carmen su primera hija y mi primera sobrina, convirtiéndome en el hombre más feliz de la tierra, la familia con el paso del tiempo fue creciendo llegaron Teresa y algo mas tarde Javier y me hizo el mejor regalo del mundo poder ser el padrino de ambos, no ahí orgullo mayor para un hombre. 

 

Este es mi pequeño homenaje para esa niña rubia de ojos azules, para esa mujer trabajadora, buena hija, una gran esposa, una mejor madre, una buena hermana y una maravillosa amiga, te quiero Toñy.


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