LOS LAZARILLOS Y OTROS INVENTOS

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Ustedes me dirán que soy una clásica (¡clásica, más que clásica!) pero tengo muy presente lo que
contaba El Lazarillo de Tormes, aquel que conducía al ciego en Salamanca (bendita ciudad de mis
recuerdos) y al que éste le diera un golpetazo con el toro inanimado que aún está allí, en el puente
de piedra, cerca de la peña de la Celestina, la de la obra inmortal…

Pues resulta que ambos, lazarillo y ciego, acordaron repartirse un racimo de ricas uvas,
comiéndolas de una en una. Y así comenzaran haciéndolo. Pero hete aquí que en un momento
dado el segundo empieza a cogerlas de dos en dos, sin que el primero dijese ni mu.
-“Lázaro, ¡estás comiendo las uvas de tres en tres!”- gruñó el ciego

-“¿Por qué lo sabe?- pregunta el lazarillo

-“¡Porque yo las como de dos en dos y te callas!”.

Pensaba yo en ello, repasando lo dicho por las encuestas, que un día si y otro también nos
alumbran en el difícil camino del entendimiento del saber popular. Pensaba yo en esa cruel
desesperanza con que algunos las contemplan, cuando no se ajustan a sus propios deseos,
cuando lo que exponen reproduce una forma de actuar contradictoria con lo que la racionalidad
supone. Cuando no analizan el factor humano.

Tengo para mi que la cosa no es tan difícil de entender. Primero porque no hay pruebas exactas
de que los preguntados digan siempre lo qué piensan, segundo porque aún diciéndolo, las
argumentaciones internas que preceden a las respuestas son de diferente calado y no siempre del
tipo de interés general, y tercero porque el número de entrevistados/ preguntados es el que es, en
esta especie de trabajo/ negocio donde los costes de realización importan.

Todo lo anterior lo explican los autores de la cosa, a poco que hables con ellos, o leas unas
primeras precisiones sobre estadística, pero aún así, necios seríamos si no le diéramos ningún
valor a los datos que en foto fija se nos presentan. Como siempre “si el río suena, agua lleva…”
aunque no sea en tanto caudal como aparenta. O sí.

En el fondo, nadie está seguro de nada, pues el mundo de los hombres (y de las mujeres) se ha
convertido en un gran mercado persa, un gran zoco, donde cada cuál intenta vender sus
productos, con mayor o menor profesionalidad y gracia. Y comprarlos, en interesada competencia
con otros.

Mi experiencia, al respecto, es cuando menos curiosa. Mi última campaña electoral la percibí
como tranquila en el favor de los cacereños, amable conmigo y el equipo que me acompañaba.
Cuando se hablaba de mi mayor contrincante, las opiniones eran bastante unánimes en relación a
su falta de idoneidad para el puesto. A nosotros se nos reconocía el esfuerzo hecho, las
inversiones, la atención prestada a la ciudad, muy desmejorada cuando accedimos a su gobierno,
con la crisis ya amenazando. Vistos los resultados he de decir que me confundí en la apreciación.
Y ahí lo dejo.

Y aunque las reglas de juego están para respetarlas, cuando así se decide antes de empezarlo, lo
acaecido me ha enseñado las múltiples variables que intervienen y mandan en el proceso de
selección que los individuos ejercen, algunas nada científicas, como el que te “castiguen” por
cosas que no has hecho, por la superficialidad de los socios, por no ser del lugar, aunque lleves
viviendo y trabajando por él los últimos 40 años…

Sin duda hay una cierta transcendencia en cualquier proceso electoral, pero también bastante
espontaneidad, lo que le añade sus rasgos más humanos y hasta su encanto. Pues vale. En esto,
pasa como en los contratos, que dos no quieren si uno no quiere, y si el pueblo no quiere pues se
acabó la relación. Y amén.

¿Qué va a pasar entonces, en las próximas citas con las urnas? Habrá, sin duda, resultados muy
variados. Solo el pueblo y su parecer lo sabe…


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