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CUANDO EL MONTE SE QUEMA

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  Cástor Cabezalí Martín era primo segundo mío.  Alto, quijotesco y de despejada inteligencia (fama que arrastran los “Cabezalí” en el lugar, acrisolada por el paso de los siglos).  Fue una desgracia que “La Envidiosa” de la guadaña le segara el cuello cuando ejercía sus tareas educativas por tierras andaluzas.  Tan solo tenía 48 años.  Y “Cahtu”, que así le llamaban en el lugar, me narró en cierta ocasión que, siendo él ya mozo, dieron en arder, nada más extender la noche veraniega su anguarina de azabache, una serie de “cercáuh” (fincas con encinas y monte bajo, destinadas al ganado, sobre todo vacas de carne, en régimen extensivo).  El fuego  venía del lado de Montehermoso y amenazaba con invadir otros términos, entre ellos el del lugar.  Se personó la guardia civil en el pueblo, requisó los escasos camiones que había y obligó a bastantes mozos y casados a subir a ellos y dirigirse al frente incendiado.  A Cástor no hacía falta que le obligaran. Su familia tenía fincas por aquella parte y, si las  llamas cruzaban la Rivera del Bronco, podían ser afectadas.

 

     Los vecinos, con escobones en las manos para amansar las luengas lenguas del fuego, se quejaban de que “loh rícuh de Montehermosu andaran esa nochi de boa y que, pol la tardi, habieran encendíu alguna mecha retardá y la habieran dau d,ardel a loh cercáuh, pa quemal la mucha fúhca y basura que tenían”.  Oí contar varias veces que para ahorrarse mano de obra, los mayores propietarios de Montehermoso acostumbraban a hacer un cortafuegos en derredor de sus casetas y otros habitáculos agropastoriles, a fin de salvaguardarlos, y daban de fuego a los “cercáuh”, para que quedaran limpios del monte bajo (jaras, escobas, retamas, zarzas o piornos).  Las llamas apenas afectaban a las encinas, alcornoques o robles, por ser árboles autóctonos y haber desarrollado, a lo largo de los tiempos, mecanismos de protección contra los incendios.

 

     Aquella noche, según me refería Cástor, estaba al frente de los vecinos, como comandante del batallón, el paisano  Valentín García Corrales, al que todo el mundo conocía como Ti Valentín “El Puntilleru”, cuyas fincas del paraje de “El Barrerón” eran las más cercanas a la enorme hoguera.  Ti Valentín era hijo de Tío Pedro García Blanco, natural de Guijo de Granadilla, y de Ti Valeriana Corrales Díaz, y nació el mismo día que el famoso poeta neo-romántico ruso Eduard Bagritsky, el 27 de noviembre de 1895.  Bajo los resplandores de la fogata -contaba Cástor- , Ti Valentín se movía nervioso, dando órdenes, sin soltar el cigarro de los labios y repitiendo continuamente, en plan animoso y a gritos, aquellos versos del poema “Solo para mi lugar”, que escribiera el celebrado poeta José María Gabriel y Galán: “Pueblo que brega y se afana/con esfuerzos singulares/para que el pan de mañana/no falte de sus hogares”.  Tanto lo repetía y tanto mascaba los cigarros, que ya hubo quien le espetó: “Ti Valentín, deji ya la puesíah, que moh tiene abombáuh  loh oíuh y deji de tantu jumal, que va uhté a provocal algún otru inciendu con lah colíllah mal apagáh.  ¡Jala, coja un ehcobón y s,arrimi pa la lumbri!”

 

     A Ti Valentín, del que tengo un nebuloso recuerdo de su traqueotomía por haber  sido operado de un tumor de laringe y de su voz carrasposa y cavernosa, parece ser que le dieron la lata un tiempo muchachos y mozos con aquello de “Pueblo que brega y se afana…”  Pero el ser nieto paterno de Tío Manuel García Lorenzo y de Tía María Blanco Gómez, nativos de Guijo de Granadilla, marca mucho, por lo que él también era un galaniano de pro, como todos los hijos de ese pueblo donde reposan los restos de Gabriel y Galán.

 

     Ahora, cuando prácticamente ya se han apagado los últimos rescoldos del pavoroso incendio de Sierra de Gata (nada comparado con aquel en que Ti Valentín dirigía la tropa), me viene al recuerdo uno de los investigadores más preclaros de la sociedad rural popular, como es mi buen amigo Félix Rodrigo Mora.  En su libro “Naturaleza, Ruralidad y Civilización” (Madrid, 2008), dice lo siguiente: “La política agrosilvopecuaria de la Unión Europea, como es admitido ya por muchos, está dañando de manera grave y constante el bosque autóctono, por su avidez productiva y, también, porque aplica criterios que no se adecuan a nuestras concretas condiciones edafoclimáticas”.  Palabras muy acertadas, pero estos lodos de ahora vienen de antiguos polvos.  Durante mi estancia en Las Hurdes metido en mis quehaceres pedagógicos (la Sierra de Gata hace frontera con dicha comarca) y comiendo el mismo pan y bebiendo el mismo vino que los jurdanos de a pie, pude comprobar directamente el odio que el pino (“pinus pinaster”) había generado en ese territorio.  Las masivas y abusivas repoblaciones forestales en las décadas de los 40 y 50 del pasado siglo XX, en plena dictadura franquista, acabó con las fuentes seculares de subsistencia de los sufridos habitantes de tales serranías.  Se arrasó el bosque autóctono para plantar una especie alóctona, a la que también acompañó el fatídico eucalipto.  El monte de propiedad comunal fue, sin contar con los jurdanos, acotado y vigilado por guardas.  Se hundió la cabaña caprina, que alcanzaba varios miles de cabezas; las colmenas quedaron reducidas a la mínima expresión; se prohibió hacer “rózuh” en las faldas de las montañas, para sembrar el centeno, que era el pan que se comía en Las Hurdes;  se vetó hacer carbón de brezo, que a tantas fraguas de Castilla y Extremadura surtieron tradicionalmente; se acabó con el aprovechamiento de leñas gordas y menudas, con numerosas especies cinegéticas y, para colmo, varios encargados de la repoblación forestal registraron numerosas hectáreas de propiedad comunal a su nombre, y hoy, de forma totalmente ilegal, siguen disfrutando de ellas sus descendientes.  Desde entonces, el jurdano dejó de sentir el monte como suyo y anidó un profundo resentimiento contra el pino y sus mentores.

 

     Primaron, y han seguido primando, intereses que están a muchos kilómetros de la comarca jurdana.  Yo he sido testigo de cómo ciertos madereros brindaban con champán en ciertos bares y restaurantes de la comarca por el gran negocio que estaban haciendo con la madera quemada.  He sabido, también, de paisanos que fueron “untados” muy generosamente para que, con determinados artilugios, prendieran fuego a las densas masas de pinares en fechas claves, a determinadas horas y aprovechando las rachas venteadas.  Árboles de rápido crecimiento plantados a la fuerza en terrenos comunales, que lo siguen siendo, para hacer pingües negocios.  Y, ahora, a los jurdanos ni siquiera les permiten ramonear unas madroñeras (cosa que siempre hicieron) para alimentar a sus ya escasas cabras.  Toda una canallada cuando las sierras siguen siendo de propiedad vecinal.  Antes de la repoblación, apenas si había incendios.  Si saltaba la llama, todos acudían como una piña a apagar el fuego, que nunca alcanzaba grandes proporciones, ya que el bosque autóctono combustiona muy lentamente y sabe cómo resistir el avance de los incendios.  Mi querido camarada y biólogo Fernando Pulido Díaz ha inundado las redes sociales con docenas de fotos donde se reafirma lo que aseveramos.

 

     Ti Valentín, el nieto materno de Ti José Corrales García y de Ti Vicenta Díaz Floriano, dirigió a un batallón de campesinos para amainar la fuerza de un incendio provocado por algunos “riquínuh” de estos pueblos de los septentriones cacereños, que lo que se dice “ricos-ricos” no fue especie que abundara mucho, a no ser algún amo-terrateniente de las escasas dehesas privadas de la zona.  Fue el dibujante Jaume Perich el que le puso la coletilla a aquella frase de “cuando un bosque se quema, algo suyo se quema”.  Él le añadió “señor conde”.  Y es que, en España, el 68% de la superficie forestal es de titularidad privada (Encuesta sobre la Estructura de las Explotaciones Agrícolas, realizada por el INE), sobre todo en manos de la vieja nobleza aristocrática.  ¡Ay si se revisasen ciertos títulos de propiedad!  ¡Cuánto robo de bienes comunales en las diferentes Desamortizaciones!  Pero estos asuntos no los llevan en sus programas no ya la derecha, que ésta solo hace leyes para recalificar y especular con los terrenos después de los incendios, tampoco lo hemos visto plasmado en los boletines de la izquierda, sea de color rojo o morado.

 

     Sacó Ti Valentín “El Puntilleru” un billete para un viaje sin regreso cuando ya moría el bendito mes que empieza por los Santos y termina con San Andrés.  Era ya setentón y el almanaque marcaba la efemérides de San Facundo y San Fergusto.  Aquellos incendios del sotobosque de los “cercáuh” parece que cesaron.  Pero no los de esos árboles alóctonos que casi metieron hasta los umbrales de las casas.  Para evitarlos, hay una solución más que probada por la experiencia de siglos:  no poner en tela de juicio la propiedad comunal de los pueblos y volver a un aprovechamiento integral del monte, como antaño.

 

   


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