¡AY QUÉ CALOR!                                   

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[Img #52521] Aún retumba en mis oídos aquella melodía que cantaba una joven y guapa titiritera, de escaso y rutilante vestido, sobre un humilde escenario levantado en la plaza de mi pueblo: “¡Ay qué calor, ay qué calor!/Es tan sofocante, /que no puedo resistir. /Parece que mi cuerpo/se fuera a consumir…” Cálidas noches de verano y aquella polka ligerita, de un verde subidito, se quedó atrapada en los canales  semicirculares de mis infancias.

     ¡Pero qué iba a hacer calor en aquellos años!  Era el calor de todos los veranos, al que la gente ya estaba acostumbrada y lo toreaba con mano izquierda.  Cuando uno de estos días, a caballo entre agosto y septiembre, he ido al rústico taller donde Ramón Díaz Santos le da vida al asta, al corcho y a la madera, lo primero que me ha soltado es: “¡Menú calol!  En lo que llevu de vida, no he sintíu nunca un calol cumu éhti”.  Y Ramón, que camina para los ochenta y que toda su vida la pasó entre ovejas y yuntas de labranza (o con la escopeta a cuestas cuando andaba de vagar), me relata que algo no rula bien en lo alto y que estos calores de hogaño se están pasando de la raya.

     Ramón es un arca ambulante de tradiciones pastoriles, estudioso de las canículas (otros las llaman “cabañuelas”) del agosto y con delicados genes artesanos que heredó de su padre, Simón Santos Fernández, el que matrimonió con Tecla García Santos.  Le encargué que me preparara unos “rejilétih” y se fue al “Altu de lah Fíñah” a cortar unas gordas cañahejas.  En la mitología griega, Prometeo, que era un Titán amigo de los hombres, subió al monte Olimpo y robó el fuego de los dioses, que se mantenía en el tallo seco de una de estas cañas, cuya combustión es muy lenta.  Y fue y se lo dio a los hombres.  Zeus le castigó por tal acción.  Ramón ha fabricado tres molinillos de viento con las cañahejas.  Los ha colocado donde el taller se prolonga en un huerto que hace fructificar lo que le echen, aunque no este año.  Aquella pequeña finquita está en lo más alto del pueblo, en la raíz de su origen, que es el barrio de “La Cuehta”.  Pero los “rejilétih” apenas se han movido en estas tórridas calmas de julio, agosto e incluso de los primeros días de septiembre.  Pocas briznas de aire han corrido.  Solo un astro rey enfurecido porque le rajaron su capa de ozono se ha sacado las espinas enviando rehiletes de fuego a la Tierra.

     En aquellos años de nuestras infancias, los campesinos colocaban los “rejilétih” en lo alto de las hacinas, para espantar a los pájaros.  Casi siempre estaban batiendo sus alas, con su tableteo característico. Y nosotros, chiquilicuatres de tres al cuarto, corríamos como locos llevando en nuestras manos estos ligeros y ruidosos artilugios. Pero ya no hay hacinas y los chavales del ahora han perdido la memoria del molinillo, como la han perdido de tantas y tantas cosas de sus entornos rurales.  Lástima que sus móviles, videoconsolas, tablets y otros psicodélicos videojuegos les impidan ver el variopinto y multicolor mundo que tienen a dos palmos de sus narices.  

     Nuestros “rejilétih” están tristes y mustios.  Este calor tan impropio de estos septentriones cacereños, que ha roto este estío todas las barreras conocidas, lo anquilosa y paraliza todo. Hay algunos que no quieren ver el cambio climático, como aquel señor barbado, con responsabilidades de Gobierno, un don Tancredo en el coso, de galaica estirpe, que se jactaba de tener un primo hermano de catedrático de Física en la Universidad de Sevilla y que, al parecer, le tenía bien informado.  Tal que cuando los “hilillos de plastilina” del Prestige.

     ¡Pero qué calor este verano!  ¡Qué noches de agobio, de las que no hay memoria en el imaginario popular de las gentes de esta zona!   Y si por estos pueblos a pie de monte, a pocos tiros de honda de las encrespadas crestas montañosas, no nos hemos achicharrado de milagro, ¿qué habrá ocurrido por esas Vegas del Guadiana o por esas mesetas y penillanuras cacereñas?  ¿O por ese Berrocal de Trujillo, siempre tan radiantemente bello en su aspereza y donde la flama revoluciona las ya de por sí ensortijadas e ígneas cabelleras o los rasgados fanales que desprendían zafirina luz en la inmensidad granítica?   ¿Será cierto, como bien decía nuestro buen amigo Ramón Díaz, que algo no rula bien en lo alto…?

 


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