charo 1 scaled
Comparte en redes sociales

Llueve con esa constancia que apenas moja y se hacen charcos a medida que pasan las horas para las botas de agua y los despistados que caminan mirando la pantalla que no cesa, la luz que aturde y nadie sabe qué tanto vemos ahí en la palma de la mano. Tronchado el cuello como flor rendida, miramos hacia abajo y tienen los dedos un hueco de cariño para la planicie de luz, para la misteriosa lectura del afecto o del entretenimiento.

La provinciana que soy entraba en el metro y contaba las gentes del libro abierto, de la revista doblada, hasta del sueño rendido sobre la barra metálica, el cristal de la ventana o de plano el vecino resignado ¿Cómo sabrán cuándo hay que despertarse mientras yo cuento las estaciones temerosa de confundirme, de que me cierren las puertas ante la cara? Ahora nadie lleva un libro y en el tren, en el autobús, junto a quien monta su oficina a base de ordenador y papeles, el resto mira el móvil que todo lo contiene. Y yo, feliz de tener un rato en el que mirar el paisaje, saco del bolso el libro y el marcapáginas, la revista recién comprada con su brillo de apresto y su promesa de gracia o el periódico que despliego con ganas. Abrir las páginas con el mismo placer con el que el gato se aproxima al cuenco lleno, olfateando de antemano los sabores con los que emborrachar los hocicos ehiestos.

     Llueve y tengo ganas de seguir leyendo, de no arrancarme del asiento y del silencio por el que corre el agua. Más allá, en el patio de mi casa, los pájaros hacen caso omiso de sus alas mojadas y se enzarzan en comerse el pan de cada día. Al otro lado de la casa, la gata ha encontrado el calor de la tubería y prueba a tostarse la panza. Es una tarde gris que parece de otoño y es enero, una tarde llena de obligaciones que me levantan del asiento y paso por encima de la gata, se vuelan los pájaros con el movimiento y me peleo con las botas, el abrigo, el paraguas y toda la armadura para salir de nuevo.

Afuera tengo la tentación de meterme en todos los charcos aunque ya no escriba sobre política y no por falta de ganas, sino por aburrimiento. Me gustaba poner el pie en el agua pero ahora dudo de todos mis zapatos y las botas de agua me quedan estrechas. Debe ser no la autocensura, sino el deseo de no estar todo el día discutiendo. Necesito la fuerza y la cordura. Necesito la calma y la paciencia. Y mientras pienso en regresar al nido cálido y pequeño pasa un coche y me salpica del agua que corre, que cae, que nos limpia y nos devuelve todo lo bueno. Es la alegría de la lluvia y la necesidad de volar con el paraguas abierto.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.


Comparte en redes sociales

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *