campos jaras

Ya está aquí febrero, señor de cuquilleros y batidas. Inmerso en la desgana, el cazador rescata los recuerdos más recientes. He aquí alguno.

En “Febrerillo el Loco”, los de las sociedades locales se resisten a finiquitar  la temporada y solicitan los permisos correspondientes para las batidas a las zorras.

Un servidor, enervado y angustiado con la que está cayendo y se nos viene encima, decidió apurar estos flecos cazacantanos antes de sumergirse y en- fangarse en la atonía bobalicona de los meses de veda. Además, vaya usted a saber qué nos deparará ese mortecino futuro que nos desean unos y otros. Quedan por delante demasiados días para el átono paseo urbano, para las sesiones de sillón, sofá o tresillo al runrún lelo de la pantalla de ese trasto en- diablado, para el eufemístico ámbar de los semáforos y para el nocivo trajín de este vivir estremecido.

Así que aparejé el utillaje, así las bridas, puse el pie en el estribo, subía al co- che y piqué espuelas, alba dominical, al punto de junta con los de la sociedad del pueblo. Café con migas.

Te pones donde el “Barbaslargas” llega a la regofa del embalse, que por allí se escapan al fragosil del Cerro Gordo – me dijo Antonio Marcos, que tiene la majada por aquellos derroteros.

Yo creo que la caza es esa sensación de pequeñez y brevedad que el cazador experimenta en un escenario inmaculado. Nada, nadie, ni un alma. Lomas empinadas, vetustas canchaleras de granito estalladas, quebradas y  pulidas por la erosión del viento,  la lluvia, el silencio y la soledad.

Es ahí donde el cazador casi percibe el pálpito misterioso de lo intemporal,  y donde siente como se le encoge el ánimo cuando constata que todo ese escenario imponente seguirá ahí, apenas cambiante, cuando él esté tal vez deambulando, errabundo y nostálgico, por el Elíseo.

Al cabo de una hora escasa de embobamiento y meditaciones, la guipé; vi que venía, Barbaslargas abajo, para atravesar la tierra desolada que dejan las aguas del embalse cuando se retiran, y así alcanzar el barzal tupido y fragoso, higueras silvestres y cornicabras, de la umbría del Cerro.

La tenía tras el punto de mira, y ya a tiro, cuando de repente paró el trote y se quedó mirándome fija. Instante decisivo, definitivo y fatal.

-¡Me ha visto! ¡Ahí va ese plomo!

Maldita sea mi estampa. En la misma millonésima fracción del condenado segundo en que apreté el índice sobre el gatillo, percibí que la zorra ya no estaba donde tenía que estar…. Me incorporé como un tonto tratando de lar- garle el segundo tiro y dando trompicones, aturrullado y desconcertado. La vi perderse por el raspil, enseñándome el hopo y muerta, pero de risa…¿Será posible?…en fin.

Luego hubo taco, con la tropa de la sociedad de paisanos, en una vaguada al respaldo del viento altano, que azotaba tesos y arapiles. Siempre reconforta el trato, aun esporádico, con los conocidos de la patria chica, en los que se hunden las raíces y la memoria. Había buenos rescoldos, y el amor de la lumbre y el aroma de las costillas asadas aliviaron la frustración de ese lance zorruno en la desembocadura del cauce seco del Barbaslargas.

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