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EL MÁS TONTO QUE APAGUE LA LUZ

EL MÁS TONTO QUE APAGUE LA LUZ

Me parece a mí que lo mismo que conviene no olvidar en donde estamos, conviene no
olvidar de dónde venimos. El otro día me sorprendió la respuesta de alguien a una
reflexión inteligente sobre lo cierto (o no) de todo lo del facebook.

Uno: “Anda, que si todo lo que aquí leemos fuera verdad…”.

Le contestaron rápido: “Ah, ¿pero no lo es?”.

Desconozco los kilos de guasa existentes en los dos párrafos, pero me hicieron deducir
algo que sin duda podría servir para una tesis académica profunda: la costumbre del ser
humano de querer demostrarle a sus congéneres que es muy feliz. Y el hábito de muchos
de creerlo.

Lo anterior carecería de interés (allá cada uno con sus cosas) si ello no generara un fuerte
deseo de imitación. Un mimetismo en los comportamientos. Casi siempre por encima de
las propias posibilidades. Pero sobre todo, el establecimiento de una realidad paralela que
puede convertir la vida propia en ingobernable y anodina. A fuer de normal.

Tiene su sentido. La felicidad se compone de momentos felices y díganme quien es el
guapo que no ansia tener muchos de esos. Hables con quien hables, la particular visión
del confort que tú ofrezcas, te la devuelven. Todo el mundo tiene casa y familia perfecta,
negocios que van viento en popa, vacaciones satisfactorias y abundantes, sueldo
generoso, trabajos estupendos… Se ha impuesto, en el decir, (por palabra arriba o abajo
que no quede) una nivelación psicológica según la cual nadie debe ser menos que nadie y
por ello compite, verbalmente, por un diseño perfecto de su vida. Un copia y pega.

La democracia ha traído, afortunadamente, una igualdad en la mirada de lo considerado
básico por todos y con ello una predisposición a fijarnos en los derechos y menos en los
deberes de cada quien dentro de un colectivo. Las revistas del corazón muestran
reportajes edulcorados con protagonistas llenos de bienestar material y psíquico. La
mayoría de las veces es una realidad prefabricada, pero tan bonita, que muchas personas
la perciben como referencia. Tener objetos, amigos, familia, salir y entrar de fiestas,
yates… El choque con el asfalto de la calle donde se reside puede ser demoledor.

Siempre he dicho que los motivos para hacer algo nuevo surgen de la curiosidad, o de la
frustración frente a unas circunstancias determinadas que se quieren rehacer. Pero
algunos hombres y mujeres no cambian, porque si lo hicieran acabarían rápidamente por
darse cuenta de que su estilo de vida, tanto en lo personal como en el grupo al que
pertenecen, no se parece en nada a lo qué sueñan. Y que, por tanto, no son felices, ni
ricos, ni guapos, ni famosos…

¡Pues menuda decepción que nadie quiere permitirse, cuando aquí el más tonto apaga la
luz !

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