EL CHOCOLATE DEL LORO

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Años del hambre, con presidios atiborrados hasta el techo y sacas al amanecer.  Pueblos con mujeres enlutadas y hombres que mostraban la negra y luctuosa banda enrollada en el antebrazo de sus mugrientas chaquetas de pana.  Caminos polvorientos y retorcidas carreteras de piedra y tierra.  Guardia civil caminera, siempre en pareja como las totovías,  por los campos de dios y del diablo.  Sombríos y tétricos cuartelillos, con recuerdos de Casas Viejas y Castilblanco.  Los meses convertidos en perennes cuaresmas.  La dictadura hervía de odio en su propia salsa.

Jacinto Gutiérrez Montero, hijo de Ti Ricardo Gutiérrez Alonso y de Ti Marcelina Jiménez Montero, marchaba, con otro paisano, a servir a la patria de los generales genocidas, en la ciudad de Barcelona.  Interminable aquel viaje en un tren tercermundista.  Nada de extraño.  España era aquel año de 1945 un país semejante a cualquier otro del África profunda.  A Jacinto, que lanzó su primer vagido siendo el día de San Mirón y San Rústico, en el caluroso agosto de 1925, le motejaban como “Rescaldón”, nombre local del alcaudón, el que se pavonea alegremente cantando en lo alto de las carrascas y otros arbustos.  Vestido malamente de un caqui descolorido, sorteaba como podía el frío invernal de aquel año en que el cineasta Antonio Aurelio del Sacramento Fernández-Román García de Quevedo rodaba “Los Últimos de Filipinas” y la Segunda Guerra Mundial andaba ya dando las boqueadas.  Encima de su paisano y de él, se echó un domingo marceño, ventoso y helado, y, con las manos en los bolsillos, sin maldito el céntimo en qué gastarse, se quedaron extasiados ante las cristaleras de una lujosa cafetería.  Dos señoronas de la burguesía catalana, embutidas en las pieles de sus abrigos, se reían del mundo y sus miserias.  Ante ellas, dos tazas de humeante chocolate y un plato lleno de pastas.  Al nieto paterno de Ti Ana Gutiérrez Alonso (el abuelo era desconocido) y a su conmilitón los ojos se les hacían chiribitas.   Les sonaban las tripas y las patatas mondas y lirondas del mediodía ya se habían bajado a los calcañares.  Una de las ricachonas reparó en los reclutas.  No estaban mal. Curtidos por ábregos y soles pero con buena percha.  Les invitó gestualmente a que pasaran. Ellos, medio aturdidos y casi tropezándose, entraron en la cafetería.  Dieron las buenas tardes.  Las damas de las pieles cuchichearon entre ellas.  Les invitaron a sentarse en su mesa. Llegó el camarero.  Casi a la par, las dos pidieron otras dos tazas de chocolate y una bandeja enorme de panellets y de carquinyolis.  Instaron a los mozos a acabar con ellas.

En su vida, Jacinto y el amigo habían probado el chocolate, que, en su pueblo, solo se reservaba para las mujeres paridas.  Al terminar, mientras se relamían, una de las anfitrionas les extendió una tarjeta:

-El próximo domingo, nada de comer en el cuartel.  Averiguad la dirección y ahí os esperamos, que

preguntando se va a Roma.

Dueñas eran las dos figuronas de una fábrica de chocolate.  Después de los cumplidos dominicales y otros devaneos y florituras que pasamos por alto, le abrieron las puertas de la fábrica a los dos pardillos y les dijeron: “-Todo es vuestro.  ¡Comed hasta reventad!”  Y fue tan grande el atracón, que las tripas se les estriñeron y la evacuación se hacía imposible.  En la enfermería del cuartel, no paraban de meterles enemas por el culo.  “¡Qué suórih, madre mía! –me relataba Ti Jacinto “El Rehcaldón” cuando ya peinaba muchas canas- Bien creía que iba a ehtampal cumu un calvoti.  Eh que moh pusímuh cumu doh guarrápuh a jincal chocolati.  ¡Sabi dióh lo que podríamuh zampal!  Pal compañeru y pa mí ya queó pa siempri el chocolati de sobra, que no lo hémuh vueltu a probal dende antóncih.  ¡Y mira que jadi ya tiempo d,,esu!  Peru yo en cuántih lo veu, me se vienin lah ánsiah”.

Bien saben los cielos que aquello no fue el chocolate del loro, sino cacao de excelente calidad y hasta dejarlo de sobra. Las empeletadas no tenían necesidad de quitarle al loro el chocolate.  De haber sido así, seguro que les habría atendido en la enfermería el doctor Guillermo Fernández Vara, aquel que fue, a tenor de lo expresado por el irónico, escritor y buen amigo José Ramón Alonso de la Torre, “un niño de derechas que de mayor se hizo de izquierdas”.  No lo fue antes porque creía que “los militantes de izquierdas podían poner en peligro la tradición familiar” (¡qué cachondo nuestro bellotari!).  Don Guillermo hace ya un tiempo que le quitó al guacamayo su ración de chocolate.  ¿Tal vez porque temía que el periquito le arrancara las palabras de su subconsciente y las repitiera sin parar públicamente?  ¿O acaso porque quería disimular su ruina sociopolítica?  No sabe cómo desprenderse de aquel carné de Alianza Popular que le entregara su padrino político, Antonio Hernández Mancha, el que fuera presidente de la derecha neofranquista entre 1987 y 1989 y no hace mucho empapelado entre los Papeles de Panamá.  En más de una ocasión, el carné continúa en su bolsillo y le juega malas pasadas, como cuando soltó aquello de “si Rajoy logra 170 síes en la investidura, a ver quién es el guapo que le dice que no”, lo que originó gran revuelo en el PSOE.  También seguía en su cartera aquel maldito carné cuando salió de Ferraz agazapado en el maletero de un coche el día en que el comité federal de los socialistas apuñalaba a Pedro Sánchez Pérez-Castejón por  la espalda (y aún no habían llegado los idus de marzo).  O cuando salió a toda mecha, con el rabo entre las patas, al escuchar a los tamborileros jurdanos tocar el himno de la República, en el Festivalino de Pescueza.

Sabido es que don Guillermo es un médico que preside nuestras onduladas penillanuras, las que se erigen en la segunda comunidad con mayor lista de espera para operarse en la Sanidad Pública: una tasa de pacientes del 20,4 por cada mil habitantes.  La primera es Murcia, donde su presidente, el derechista Pedro Antonio Sánchez López, ha tenido que dimitir porque se le caían encima los palos de la prevaricación, la malversación, el fraude,  el cohecho, la revelación de información y otras truculentas historias relacionadas con el caso “Púnica”.  Este señor se agarraba a un clavo ardiendo para no abandonar su humeante sillón, y su partido, el PP, hacía como si no lo supiera o le asía por los calzoncillos para que siguiera calentando el butacón, con la anuencia y el trastorno bipolar de Ciudadanos.  ¡Ay de la derecha española, de sus mentiras y de su falso espíritu de regeneración!  Bien se puede aplicar el cuento de Juan Pimiento, “el que jidu un bochi y se ehcorrumpió en drentu”.   Dejará  paso a otro de los suyos, con el apoyo de la veletera muleta de Ciudadanos y de su amado líder, Carlos Alberto Rivera Díaz, el que va de regenerador y redentor de sus patrias, de sus leyes y sus órdenes, que no tienen por qué ser  las del pueblo trabajador.  Don Pedro Antonio, lógicamente, seguirá presidiendo el PP murciano, como diputado regional y blindado por su aforamiento.  ¡Vivan los políticos de la Casta y la madre que los parió!

Decíamos que el médico forense don Guillermo le arrebató a la cotorra su ración de chocolate.  Por ello ya no se acuerda de cuando decía, allá por mayo de 2016, lo de “veo a Sánchez capaz de liderar el cambio que los españoles están esperando”.  Ahora acusa al traicionado de laminar e insultar a los que discrepaban de sus proyectos y de dividir al partido (cadena SER, 2 de enero de 2017).  Su carné derechoide aparece, a la mínima de cambio, al lado del DNI y de la tarjeta sanitaria.  Por ello, en vez de meterse con la derecha, que sería lo suyo, le mete el dedo en el ojo a la izquierda: “El modelo que defienden Podemos e IU lleva a que España pueda saltar por los aires”.  ¿Acaso conoce los postulados ideológicos del primigenio Partido Socialista Obrero Español?  ¿Se ha leído tal vez las conclusiones del congreso socialista celebrado en Suresnes en octubre de 1974, donde se abogaba por la autodeterminación de los pueblos ibéricos?

El pobre papagayo está enflaqueciendo y don Guillermo, con el palillo en la boca para mostrar que su comunidad tiene saciado el estómago aunque pase más hambre que Carracuca, se marcha a rondar a doña Susana Díaz Pacheco, con la que comparte la misma tasa de desempleo: un 28,3%, según la EPA de 2016.   Y casi casi la misma tasa en pobreza y en exclusión social, aunque la andaluza es la campeona.  Don Guillermo siente gran amor platónico-político por la del barrio de Triana, la que no se harta de decir en sus mítines que ella estudió “con becas de Felipe” y la que ha cogido el timón de la barca donde navega “la crème de la crème” del Partido al que se le cayó, según algunos, la “S” de socialista y la “O” de obrero.  Como no podía ser por menos, don Guillermo, engañado una vez más por su antiguo carné, se ha ido con los de las nóminas, las puertas giratorias, los de vista a la derecha, los gatopardistas y los que, a sabiendas de que el PP (al decir de muchos) es al modo de una asociación que parece conformada para mentir y corromperse, se abstuvieron para que Mariano Rajoy Brey fuese presidente del Gobierno.  Ama a la presidenta de Andalucía y le dice cosas tan bonitas como éstas: “Susana suena a ganadora y es un cañón comunicando”.  Igual igual que lo que le dijo ese periodista, con fama de manipulador y que dirige el infumable “OK Diario”, Eduardo Inda Arriaga, en el Foro de la Nueva Comunicación: “No he visto un talento político tan grande en años, ni a izquierda, ni a centro ni a derecha, un talento descomunal.  Y como oradora es fuera de categorías”.  Ciertamente, hay piropos que se convierten en inmundicias saliendo de las bocas de quienes salen.

¡Qué enamoramiento tan correctamente político!  ¿Os acordáis de aquel tuit que desparramaba don Guillermo a los cuatro vientos? : “Quiero una mujer al frente del PSOE, que me emocione, que luche por nuestros derechos.  Que quiera lo que queramos.  Quiero PSOE.  Quiero Susana”.  Solo le faltaba a nuestro jefe de filas en estas tierras de pan llevar que, parodiando al celebrado poeta y dramaturgo José Zorrilla y Moral, rasgara la guitarra y le cantara a la ventana de la rubia flamencona aquello de:  “Ven a Mérida, cristiana,/sultana serás allí,/y el sultán será, ¡oh sultana!,/un esclavo para ti”.

Nuestro paisano, Ti Jacintu “El Rehcaldón”, nieto materno que fue de Ti Juan Montero Esteban y de Ti Ramona Jiménez Montero, se cogió una gran constipación a causa del atracón de chocolate.  Casi tuvieron que sacarle los zurullos con fórceps.  Fue una lástima que no llegara a ver al mandamás de su región con otras coprostasis por haberle quitado el chocolate a la cacatúa y porque el carné de la antigua Alianza Popular no le dejaba en paz.  Pero aquel mozo de tan buena percha en sus años de recluta en Barcelona se marchó a otros mundos más oscuros que el chocolate el día de la “Feria Vieja” del pueblo: un 2 de junio de 1998, conmemorándose a Santa Blandina y a San Potino.  En esa misma fecha, también sacaban por los pies al cineasta mexicano Gonzalo Martínez Ortega.  Con nosotros, se quedó don Guillermo, soñando con su musa andalusí.  Pero él nunca fue poeta.  Para componedor de sentidos, sinceros y arrebatadores versos, nuestro íntimo vate, el de las humedades de diciembre y al que se le podrá acusar de todo menos de fingidor y de arrebatarle el chocolate al loro.  Él siempre dice lo que siente.  Predicando y dando trigo :

 

Bien sabes que si me dijeras “Vente”,

contigo me iría al fin del mundo.

Dímelo y te daré un sí rotundo;

pero dímelo al oído, dulcemente.

 

Dejaré mi océano y mi tridente

y me haré un neptuno vagamundo.

Detrás de ti, con rabo alto y errabundo;

triscando a tu paso, alegremente.

 

Indícame tu cerúlea senda,

que, al pronto, calzaré mis zapatillas

y me iré a pie, sin hato y sin merienda.

 

Incluso caminaría de rodillas:

laico vía crucis para ti, en ofrenda,

con tal de devorarte tus mejillas.


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