DE HÉROES Y TUMBAS

Recuerda que eres mortal, oh César, y que por muchas Galias y Britanias que conquistes te aguarda la tumba con sus fúnebres ramos. Una tumba desconocida, una tumba cubierta de líquenes y olvido, una tumba en medio de la basílica construida desde la indignidad y que ahora guarda el eco de la historia y de la ignominia.

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Imagen: Fernando Sánchez Gómez.

Cualquier eco es en vano ahí en la roca horadada, ahí donde lo peor y lo mejor de esta España nuestra se da la mano en las humedades de los berrocales. Eco sordo de El Escorial donde moran los reyes de España, El Valle respondió a ese talento megalómano del fascismo, a esa piedra tallada con formas clásicas que nos recuerdan el estilo alemán, el cine de Leni, la terrible virulencia de la imaginería barroca española ¿Sabe alguien que Ábalos es un escultor monumental fantástico? ¿Respeta alguien su inmenso, su tremendo talento de formas clásicas, retorcidas, apabullantes? El Valle es un eco sordo de lo que quiso ser y no fue, de lo que ahora queremos que sea y nunca será porque el Valle está maldito, de ahí que yaciera en el olvido casi institucional y turístico y ahora resurja como una flor podrida.

En esta España mía no tenemos remedio. Todo es blanco o negro y nos puede lo maniqueo. La losa que quiso enterrar al menos dignamente una etapa negra se revela ahora ligera como esa brisa que es viento helado en la montaña de la Cruz. La cruz que nos sigue avisando de nuestra propia barbarie… o quizás de la incongruencia feliz de mezclar huesos vencedores y vencidos en la misma montonera. Osario de quien quiso estar ahí y de quien fue llevado a la fuerza, huesos ahora en un mismo magma, en columbarios donde se pudren las cajas de la vergüenza. La prisa no es para quien descansa en una tumba en el centro de esa extraña construcción que parece pirámide al hispánico modo, la prisa es de quienes están aún en las cunetas, de quienes fueron amontonados de forma chapucera en las entrañas de la piedra horadada. Ahí fueron todos llevados como escombros humanos del desastre y ahí se quedaron, en el desorden y en el olvido mientras los protagonistas tenían su tumba señalada. Nombres y fechas, respeto y flores. Eso debería ser el destino de todo cuerpo, el recuerdo de quienes amaron a los muertos, el reconocimiento amoroso de quienes les conocieron. Pero la guerra nos ha convertido en masa sin nombre, fosa común donde se mezclan todas las ideologías. Y en medio de esa fosa, en el mero centro, en el espacio sobre el que se erige esta basílica de mentira, el cuerpo y la memoria de quien fue actor principal de esta tragedia. Es un sinsentido con una cierta belleza. Como lo es que muy cerca, José Antonio esté ahora en ese limbo de los justos o quizás en ese purgatorio de la historia que se reescribe a toda prisa.

Dejad que los muertos entierren a los muertos, dejad que el tiempo haga su trabajo. Dejad que regrese el polvo al polvo y recordemos que somos mortales, aún con vocación de historia y deseo de conjurarla. Sic transit gloria mundi.

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