El hijo de la medianoche

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Tiene este verano extraño, ardiente, tórrido, inacabable, desesperado de viajes, de fiestas, de vientos e incendios un gusto que sabe a tiempo pasado, apenas digerido, que vomitamos con espanto. Cuando un muchacho de veinticuatro años apuñala salvajemente a Salman Rusdhie nos preguntamos si lo hace por dinero, por amor a un país tan lejano de su Estados Unidos grande, libre, en el que los presidentes salientes se llevan las cajas de documentos como si no existiesen los ordenadores, los pendrives, la memoria de la estupidez humana… ¿Quién te ha dicho que saltes encima del hombre que escribiera tan bien y tan certeramente sobre la partición de esa India inmensa que lucía la reina Victoria en sus coronas de emperatriz antes de que tú nacieras?

Salman Rusdhie confiaba en la desmemoria de los fanáticos, en la invisibilidad de esos inmensos Estados Unidos alejados de una Eurasia en guerra con Putin y tragando petróleo y gas de los que descuartizan periodistas y golpean inmigrantes. Hasta se había subido al carro de las mujeres jóvenes y bellas que luego se separan con estrépito de prensa y de demanda. El hombre no importa, importa su legado en forma de libro sabio y complejo, el libro que cuestiona, se atreve y anuncia un tiempo de silencio y de muerte. A Rusdhie lo leí envuelta en el sari de su prosa y fascinada no por su riqueza colorida de autor indio devenido inglés, sino porque me llevó también a la literatura de Marianne Wiggins, su ex esposa, una novelista norteamericana potente y profunda que no abandonó al hombre del que se había separado poco antes de esa sentencia de muerte que recorrió el mundo. Las letras nos enlazan con otras y la autora desapareció de las páginas y de los periódicos mientras Salman recorría su particular travesía del desierto. Poco a poco pasaron los años y el hombre resignado se había despojado de sus ropajes de presidiario con un gesto no se sabe si valiente o ya desesperado. Nueva York le dio el anonimato y hasta la condición de vip con derecho a carne joven, a noche fotografiada, sin perder la necesidad de seguir escribiendo y hasta la bendición de caminar por la calle.

En un país en el que los muchachos van a clase dispuestos a disparar su frustración, donde un hombre ridículo entierra a su ex mujer en un campo de golf para evadir impuestos, nadie está a salvo y menos un inglés con cara de despiste que da conferencias sobre la libertad de expresión y la necesidad de la literatura. Veinticuatro años extraños, sin que se conozca el motivo, un muchacho da un abrazo mortal a quien es el símbolo de un tiempo que creíamos olvidado entre las páginas de un periódico de hace treinta años. Es el viento del verano, cálido y feroz, destructor y homicida. Y de repente sentimos que el horror no pasa página, que sencillamente, la emborrona de sangre.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.


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