El instinto de supervivencia en la política

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En estos días, supongo que todos basculamos entre el deseo de quejarnos y el deber de
no hacerlo, sobre todo cuando ves que hay otros que lo están pasando peor e incluso han
muerto. Salir un rato a caminar se ha convertido así en una necesidad no sólo de ejercicio
físico, sino también cómo un modo de ver a otros seres humanos, aunque no los
conozcas de nada. Pienso hoy en las exhortaciones de algunos frente al resto, esa
especie de paternalismo con el que los gobernantes se dirigen a los gobernados
habitualmente. Y a las que estos últimos hacen poco caso, también es verdad, y que de
alguna manera justifican sus oratorias.

El cuidado por la supervivencia que todos practicamos, no debiera parecernos tan nuevo
habida cuenta la de veces que a lo largo de nuestra vidas lo ejercemos, de acuerdo a la
pirámide de Maslow, que dice que las necesidades primarias deben estar aseguradas
antes de sentir, como seres racionales que somos, otras inquietudes. En algunos oficios,
como por ejemplo el político, el instinto de supervivencia de sus oficiantes es proverbial,
porque sin él es difícil mantener, un tiempo prudente, el mismo trabajo. Sucede, entonces,
que prácticamente todas sus decisiones parecen tomadas bajo el criterio prioritario de no
serles nunca perjudiciales. Hay momentos o responsables que alguna vez no han seguido
al pie de la letra este axioma, pero son los menos.

Los hay que manejan extremadamente bien esta variable. A menudo, cuando observas la
realidad cotidiana, caes en la cuenta de que el factor riesgo en la toma de cualquier
decisión de la mayoría de los representantes públicos no aparece o está ampliamente
minimizado. Un pequeño conocimiento de la sociología general les ayuda. Es como una
campanita interior que se pone a sonar en los momentos problemáticos. Si las
perspectivas del entorno que les rodea coinciden con las de los dirigentes, el resultado
será del gusto mayoritario de unos y otros. Cuando no es así, todo puede resultar más
complicado, pero aún cabe intentarlo y llevarse la palma de la victoria, si se consigue
fingir con profesionalidad.

Es oportuno saber que el poder y la autoridad no son sinónimos ni van juntos
necesariamente. Y lo mismo sucede con el prestigio. A veces se gobierna o se ocupa un
puesto determinado, más por los deméritos de los adversarios que por las propias
virtudes. El que las cuentas no salgan en un sector político lleva a buscar que salgan en
su antagónico, sin más, porque los vacíos de poder aterran a cualquier sociedad
democrática. En una época antigua, y que a muchos se nos antoja antediluviana, existía
una manera de hacer política donde los contornos estaban mucho más dibujados y por
tanto, las reglas, también. Y cuando alguien se equivocaba, dimitía. Hoy, no ocurre eso y
la exagerada parcialización del espectro electoral permite al votante distribuir su voto
entre muchas opciones, con lo que las mayorías para una sola de las fuerzas políticas son
bastante improbables. De ahí, a la “manta de trozos” en que se ha convertido un arco
parlamentario o un ayuntamiento, no resta mucho. Y el instinto de supervivencia se
impone sobre todo lo demás. Si los ciudadanos estamos en el origen porque somos los
que votamos a nuestros representantes, los ciudadanos (quizá) cuando llegue el
momento, debiéramos arreglar estos desajustes.¿No les parece?


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