INDEFENSIÓN

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Ese mismo día, la paisana María Barroso Gutiérrez (los mismos apellidos que el que suscribe estas líneas), de 32 años de edad, daba a luz a un varón, fruto de las relaciones (no sabemos si consentidas por sus progenitores) con el mozo Santos Moreno Hernández, que no hacía mucho había cumplido las 23 primaveras.  Aquel hijo natural pasó a llamarse Juan Moreno Barroso.  Más tarde, sería conocido en el lugar como Ti Juan “El Gachu”.  A todos los zurdos se les llamaba y se les  llama por aquellas latitudes “gáchuh”, y a la mano izquierda, “la gacha”.

Juan, al igual que todos los jornaleros y pegujaleros de la comarca, tuvo que ganarse la vida conforme pudo: derramando negro sudor para obtener mínimos beneficios.  La frontera portuguesa no andaba muy lejos y él no era el primero que se dedicaba al contrabando.  Un altercado con la Guardia Civil a cuenta de unas pieles de alimañas, cazadas con métodos no muy ortodoxos, le valieron la visita al cuartelillo y el salir hecho un cristo de los mamporros que le atizaron.  Tiempos eran aquellos en que la microfauna, la mesofauna, la macrofauna y la fauna propiamente dicha gozaban de buena salud.  Aún no habían llegado los herbicidas y plaguicidas: todos esos vertidos tóxicos  y letales que han diezmado el campo, con el auspicio y consentimiento de la Administración y el regocijo de los monopolios, oligopolios y cárteles de la industria química.  Pero peor fue la vez que al nieto paterno de Ti Francisco Moreno Domínguez y de Ti Facunda Hernández Montero le aguardaron al poco de cruzar la Raya portuguesa.

“Volvíamuh de regresu, con lah caballeríah –me relataba `’El Gachu’.  “Vinía otru conmigu.  Loh guárdiah moh aguardaban antecinu de llegal a un arriaeru andi solíamuh paral un ratu. Algunu que moh quería mal había levantau la liebrI. Era nochi cerrá y no se vía un burru a doh pásuh.  Allí ehtaban con loh suh capótih y loh suh mohquetónih.  Moh dierun el altu y moh quitarun lah béhtiah con lo que trajíamuh.  Unu de loh guárdiah, sin comel-lu ni bebel-lu, jué y me jarreó una ohtia en toa la cara.  Yo, que soy de muchu geniu, se la devolví y el tricorniu salió rongangandu pol el suelu.  El otru guardia apalancó el cerroju del mohquetón.  Me queé máh firmi que un pohti, y ya juerun y moh llevarun al cuartelillu, amanietáuh y trotandu delanti de élluh”.

De lo que les hicieron en el cuartelillo, Ti Juan “El Gachu” no quería ni hablar. Pero nos lo imaginamos.  Desde entonces, el nieto materno de Ti Fausto Barroso Martín y de Ti Catalina Gutiérrez Esteban les cogió odio y, a la vez, miedo cerval a los uniformados de la Guardia Civil.  “No moh dejarun defendélmuh -refería.  Moh negarun la palabra, que cá véh c,abríamuh la boca, moh daban con loh púñuh cerráuh pa tóah lah ñáhcarah”.

Sabido es que el Benémerito Cuerpo fue fundado por Francisco Javier Girón y Ezpeleta Las Casas y Enrile, II duque de Ahumada y marqués de las Amarillas, el 13 de mayo de 1844.  Él mismo fue su primer director general. Definida es como un Instituto Armado de naturaleza militar que forma parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Reino de España.  En el artículo 6º de la Cartilla de dicho Instituto, se lee: “El Guardia Civil no debe ser temido sino de los malhechores; ni temible, sino a los enemigos del orden”.  Pero esto nunca fue así.  En el pasado, fue el terror del medio rural y el orden que defendían era el de los terratenientes y caciques.  Muchos luctuosos hechos mancillan de sangrientos lamparones su currículum.  Durante la Guerra Civil, un poco más de la mitad de los efectivos del mentado Cuerpo se mantuvo leal a las instituciones democráticas de la II República.  Al acabar la contienda, el dictador Francisco Franco ordenó el fusilamiento de altos cargos de la Guardia Civil, como los generales Antonio Escobar Huerta y José Roldán Aranguren, gracias a los cuales fue abortada la sublevación fascista en Barcelona.  Aranguren convalecía de un accidente cuando fue condenado a muerte.  Era paisano de Franco, pero tantas eran las bilis negras, el odio y la inquina de este sátrapa, que exclamó: “A ese que lo fusilen aunque sea en camilla”.

La etapa democrática que sucedió a los cuarenta años de oscurantismo trajo ciertas bocanadas de aires formales, que no reales.  Aún vivimos de tan contemporizadoras rentas.  La gente no se fiaba de la Guardia Civil y era muy corriente oír aquello de “tener un amigo guardia es como tener un duro falso en el bolsillo”.  En la dictadura los verdes uniformados las habían armado muy gordas, convirtiéndose en la guardia pretoriana del Régimen, y era muy lógica la desconfianza. Siempre hubo excepciones, claro está.  Pero algo fue moviéndose y, a día de hoy, algunos podemos jactarnos de tener a guardias civiles como amigos, que han asumido la convivencia democrática y que incluso sus ideas son virtuosamente progresistas y escoradas hacia la izquierda.  Sin embargo, el que más y el que menos también nos hemos visto indefensos ante ciertos agentes que se han extralimitado en sus funciones y ante los cuales no ha valido alegación alguna, haciéndonos recordar los fúnebres y trágicos relatos que oímos a nuestros mayores.  Y si estas evocaciones se hicieron patentes con la llamada “Ley de la patada en la puerta” o “Ley Corcuera” (en recuerdo del ministro socialista de Interior José Luis Corcuera Cuesta, el que acaba de renunciar a su carné del PSOE y se prodiga tanto en tertulias de medios ultramontanos, casposos y de derecha), mucho más se han recrudecido con la “Ley de Seguridad Ciudadana” o “Ley Mordaza”.  Esta última ley, aprobada por el PP y denunciada por Amnistía Internacional y el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, niega el principio de igualdad procesal y pone en tela de juicio la presunción de inocencia.  Blinda a los agentes con la presunción de veracidad y, si éstos se ratifican en sus denuncias, el denunciado está perdido.  No tiene defensa alguna.  Nada valen los testigos contra esa “infalibilidad” de los denunciantes, a no ser que quieran meterse en engorrosos litigios judiciales, cuyos onerosos costes económicos no pueden permitirse los españolitos de a pie. No es de extrañar, por ello, que solo en nuestra región de Extremadura la aplicación de tan feudal y tiránica ley haya recaudado 3,8 millones de euros desde que entró en vigor (1 de julio de 2015). La derecha, la que siempre defendió “su ley” y “su orden”, intenta acorazar sus espurios intereses con toda una milicia de mamelucos, como en tiempos de las monarquías borbónicas y la dictadura franquista.

Sin embargo, hay que reconocer que, en ocasiones, a la derecha le sale el tiro por la culata.  ¿Cuándo iba a imaginar ella que la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil iba a poner contra las cuerdas al Partido Popular?  Los neoliberales, conservadores y extrema derecha que integran esa formación política han visto desfilar ante sus ojos las cuerdas de presos engendradas por las operaciones “Taula”, “Púnica” o “Lezo”.  Y, ahora, hasta se han atrevido a acusar a Cristina Cifuentes Cuencas de prevaricación y cohecho en la adjudicación de la cafetería de la Asamblea de Madrid.  Ante tamaña “osadía”, ya han alzado la voz destacados prebostes del PP, resucitando a Franco de esa gigantesca fosa que es el Valle de los Caídos y de donde hace ya lunas que deberían haber salido sus restos, para recordar a este país que el déspota estuvo a punto de firmar la liquidación de la Benemérita porque varios miles de sus miembros juraron fidelidad a la República y la defendieron con sus armas. ¡Cínicos, corruptos y perversos!  Invocan el nombre de España mientras, entre bastidores, se abrazan a la derecha nacionalista (PDECat y PNV) para desinflar el caso del Palau de la Música y atornillar a los estibadores.  Malditos lobos de la misma camada, que solo se amagan pero no se muerden.  Todo sea por la pela y para mayor loor de la Europa de los mercaderes y sus capitalismos financieros.   Ahora, cuando todavía nos estamos quitando las telarañas de los ojos ante el terremoto ocasionado por Pedro Sánchez Pérez-Castejón, se abren esperanzas para que, de una vez por todas, la izquierda dé un puñetazo sobre la mesa y mande parar de una puñetera vez esa locomotora que arrastra los vagones de la podredumbre y la indignidad. Veremos, que la mosca no se nos quita detrás de la oreja.  No sufras por ello, caro amigo “bellotari”.  Menos contemporizar y echar lágrimas de cocodrilo ¡A lo hecho, pecho!  Pero de ello ya hablaremos en otro momento, cuando se serenen las burbujas de la efervescencia.

Ti Juan “El Gachu”, al que le venía el apellido Moreno de su bisabuelo Francisco, natural de la localidad pontevedresa de La Guardia, se fue al castillo de Irás y no Volverás con su odio y miedo a los guardias un gélido lunes del mes de enero.  El Calendario Zaragozano, que tanto usaba la gente del campo, marcaba el día 12 y el año 1987.  Se conmemoraba a San Eutropio y San Elredo.  Él siempre se sintió indefenso cuando la vida le abofeteó con saña.  Del mismo modo, el poeta de nuestras venturas y desventuras, que se nos vino sacudiéndose los copos invernales, sintió cierta indefensión romántica cuando quería y no podía dar rienda suelta a su palabra.  Pretendía limpiar su dignidad y clamaba porque los ventrículos inmensos y magnánimos de su musa le escucharan.

“A solas contigo, cara a cara,

chocando tus pupilas con las mías,

contándonos pasadas melodías…

¿A qué viene alzar azul mampara?

 

Para hablar mi verdad, nada me para.

A corazón abierto y sin estrías,

también tú la tuya y luego me dirías

si yo no te amé sin dios, arras ni ara.

 

Para amarte, me basta con soñarte,

con estar sin estar dentro de mí.

Déjame que seas mi parte y arte

 

y no insinúes que adrede te ofendí.

Indefenso voy de parte a parte

y en mi soledad te llevo a ti.”


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