La calle

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Esas calles de mi antiguo barrio, breves y estrechas como un pasillo no tienen sitio para un árbol raquítico ni para nada más que la fealdad de los tiempos de la prisa. Y ahora, en tiempos de crisis, lucen los locales vacíos, ojos ciegos que miran con carteles de se vende o se alquila ya pintarrajeados por el tiempo y la intemperie.

Cuando era niña, cada uno de ellos contenida la vida entera. Con nombres y apellidos. La señora del pan, el señor de la frutería, el joven de los periódicos, la pequeña droguería. Y los recados de cruzar la calle, entrar, saludar, llevar a la casa, la vuelta bien apretada entre los dedos, moneditas sudadas que mi madre nos enseñaba a dar en la mano y no a dejar en el mostrador donde la charla era siempre lenta y sabrosa.

Tiendas de barrio, diminutas, ordenadas, coloridas, el dependiente que siempre era el dueño confiado y familiar, la bata blanca en ocasiones, impoluta y digna. El del pan, la de la fruta, el de los periódicos, nombre propio y presencia constante. Paisaje y paisanaje de las calles pequeñas del barrio provinciano, tiempos de poco coche y mucho niño jugando en los recovecos de una ciudad aún desdentada, y enfrente de la casa nuestra, un local vacío con una higuera de profunda sombra e higos escondidos a todas las manos, para todos los picos. Desde el balcón era el paisaje de verdor entre tanto tejado aún inclinado de antiguas hileras de casitas que se tiraron para alzar edificios en cuyos cimientos aún respira el recuerdo de la higuera.

Con la falta de lluvia, la calle de adoquín, camino de la nada, arde y huele, parece cocerse en su propia fealdad de conducto estrecho, sucio, agonizante. Por suerte entre los barrotes de los balcones, sobre los alféizares en equilibrio se extienden las ropas multicolores, las plantas que desbordan de verdura. En ocasiones, la silla y la mesa nos recuerdan el amor por lo que no se tiene, terraza florecida, patio de macetas. Es el respiro febril de la casa que arde, del piso de terrazo, la pared mal hecha, los ruidos, los olores, el verano temprano encerrado en calores de siesta. Es la nostalgia de otra cosa, calle de pueblo, eras que crujen de cereal, árbol que se llena de pájaros que hablan la lengua de la fresca. Es el recuerdo de lo que no tenemos en estos barrios trazados a escuadra y cartabón, aprovechando cada resquicio para ganar una baldosa. Es la casa deshonesta de quien vendió el techo que no cobija a precio de miseria.

Baja misericorde, la temperatura que no cesa. Y nos da un respiro este tiempo febril de cierto hastío. Los ojos de la calle ciegos al paso de los días. Cerrado el párpado metálico de la nada. Sobre el asfalto ardiente se pasea, impasible el ademán, una paloma que nos es mensajera. Y cuando alza el vuelo parece vibrar el aire detenido, esperanzadora espera.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

 

 


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