La ciudad silenciada

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A la ciudad letrada, a la ciudad provinciana, el silencio y la calma le han devuelto los tiempos pasados en los que yo caminaba hacia la universidad en medio de la niebla y el frío, ciudad de pocos turistas, de mesas disparejas en la Plaza… una ciudad para sus habitantes, los ocasionales visitantes que en invierno nos dejaban las calles para los habituales, la parroquia calmada de una ciudad mediana.

La nostalgia no da de comer y las trapas cerradas, las mesas apiladas, los trabajos suspendidos, me recuerdan que mi memoria es egoísta. La ciudad pierde los frutos de su esfuerzo y las calles vacías de gente muestran esas luces de navidad absurdamente adelantadas, deseo imposible de alegrarnos la vida. Son tiempos de pandemia, tiempos de recogimiento. Tiempos que mi hermano, el habitante de los bosques, llamaría de latencia. Las plantas se vuelven hacia sí mismas en épocas de frío, y guardan sus energías, su savia creadora. Están en periodo de latencia mientras los humanos, siempre en ebullición, encienden luces, cortan abetos, compran con el dinero que no tienen y planean enjambres alrededor de una mesa llena que, quizás este año, esté un poco más vacía. La nuestra es una energía nerviosa de panal constante, de ritmo acelerado que precisa de la calma del paseo, del espacio del claustro donde recorrer la senda reflexiva del invierno.

Resuena la piedra, eterna y solitaria, brillante de humedad, fría de invierno, resbaladiza de hojas y barros quietos. Lejos queda el barrio bullicioso donde las gentes se envuelven en chándals estrambóticos, los jóvenes en música reiterada, los coches y las motos en estruendo. Algo en ciertas calles tiene esa cualidad ruidosa en los atardeceres de bulla y de cierta rabia, como si quisieran conjurar el silencio de las piedras, el vacío de las zonas peatonales. Es esa rabiosa, ruidosa presencia de lo que se rebela, se sale, se hace notar. Y ante el muchacho que se enfunda la gorra, arrastra el bafle imposible, baja sus pantalones en una cintura que es muslo, la calle pierde su cualidad medieval, su quietud dormida. El centro histórico es ahora un reducto cristalino que se protege del tiempo y sus agresiones, de las luces de una publicidad que uniforma todas las ciudades, marcas repetidas, logos que etiquetan las calles peatonales de un mundo sin matices. Al paso de las gentes, los escaparates nos igualan, y las multinacionales nos envuelven con el mismo papel, la misma ropa de deshecho en todas partes.

Queda el aire de lo eterno donde da la vuelta el aire. Son los rincones monumentales de una ciudad que se resiste al cambio, que asiste a la desgracia con el mismo empaque con el que asistió a la guerra y a un tiempo en el que las paredes se llenaron de consignas y de yugos y flechas. La ciudad tiene un bajorrelieve que mantiene su esencia, ve pasar el tiempo pero el tiempo no pasa por ella. Es esta ciudad que ahora, más allá de las calles comerciales, se muestra desnuda de sus gentes de paso, de sus turistas apiñados que lo mismo están en Roma que en París, que en Venecia o en la ciudad provinciana del sosiego. Un tiempo de receso, un tiempo de respiro, un tiempo de silencio.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.


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