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La generación mascarilla

La generación mascarilla

Este 2020 nos ha traído el cuelgue de la mascarilla, sobre todas las cosas que nos pudiéramos imaginar, bueno, quien iba a imaginar que a estas alturas de casi verano estaríamos de tal guisa pero estamos. Y lo que estaremos, hermano.

No sé a ustedes pero a mí la mascarilla es que me da un repelús que para qué las prisas, esas prisas de que hay que ponérsela sí o sí no vaya a ser que ” er bisho nos joa “,  como escuché esta mañana en un paso de cebras.

Da igual la edad, que te confines o no, que tengas que salir a tus horas o que vayas a comprar el pan o la camiseta encalada,  sacar perras al cajero o paracetamol a la botica o te tomes el cafelito en donde Javi, el caso es que la mascarilla ya forma parte de nuestro ser, de nuestro entorno, de nuestra vida.

He observado que algunos intentan ocultarse detrás de este cacho tela, que se hacen los longuis, que te miran por encima del hombro o se hacen tanto los interesantes como los despistados, que incluso se escudan en que no ven, no aprecian y si acaso, no sienten. Y venga a tocarla, y venga a atusarla, y venga a colocarla, y venga a bajarla, el caso es que a ver quien el guapo que la lleva y cumple con las exigencias que conlleva portar semejante complemento, ya imprescindible en nuestras vidas y parece ser que vamos pa rato.

El caso que aparte de los tres modelos exigibles u obligatorios, la quirúrgica, la higiénica o esa tan coñazo de nombre psicodélico como es la FFP2 o K95,   hay una verdadera revolución de estética y lucimiento, con interminables ofertas vía e-mail, whatsap, el escaparate de turno  o el  boca a boca,  o bien la luce la oportuna influencer o te la meten por los ojos en la propia calle con un sinfín de modelitos a saber si son las idóneas pero para mí que da igual, el caso es lucirla y ya que hay que llevarla que al menos me sienta a gustito con ellas, que es un decir, claro.

Lo que ya no se puede ni discutir es que con esto de tener que soportar el maldito COVID 19, el repugnante coronavirus, vivimos la auténtica, la novedosa, la irremediable generación de la mascarilla, que nos marca toda una vida por delante habiendo dejado miles de muertos atrás.

Ahora, ya comienzan las autoridades correspondientes a amenazarnos con el indeseado rebrote, mezclado con los casos que repuntan por nuestras malas cabezas y comportamientos en entierros, bodas y juergas incluso principescas. Cuidadín con tal irresponsabilidad, ¿ eh?. Así que, gel hidroalcohólico a punta de pala, que esa es otra,  y mascarilla a la jeta.

El caso es que el “peaso trapo este “, como le llama Juanito,  que para más inri tiene menos vida que una cachipolla, hay que saber utilizarlo, cuidarlo, desecharlo a tiempo y renovarlo, siguiendo las estrictas indicaciones sanitarias si no queremos ser carne de contagio tanto para allá como para acá. Y desde los  6 hasta la tira de años, bien colocá si no, ya sabes. Y si te entran ganas de estornudar o se te cae el moquillo o te pica la nariz ¿ qué? …Pues eso, que prepares unos cien pavetes al mes que o la renuevas o la masca deja de servir..

Por ello, pon una mascarilla en tu vida pero póntela no vaya a ser que la jodamos, nene. Y cuando pase la calor  que ya nos invade, que la hace más dificultosa e incómoda,  y nos digan lo que nos tengan que decir esos que dicen que saben en la no sé cual prórroga que vivamos porque a este paso esto no parece tener fin, vete preparando para usarla en el otoño, que a ver si te crees que se va a olvidar de ti, aunque puede que tú con las prisas te olvides de ella y tengas que entrar en una farmacia a toda leche para comprar una,  si no quieres verte foco de esa mirada tremebunda que te taladra hasta las entrañas inquiriéndote ¿ Y la mascarilla, qué?

 

Sobre el Autor

Juan Preciado

Analista político. Comunicador. Escritor.

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