QUE LA JEFA SOY YO, CARAJO

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Libros, libros maravillosamente editados, presentados con amor, difundidos con mimo. Libros hermosos de autores diversos. Y ahí está Lidia, quejándose con gracia y amargura en el Facebook porque alguien llama a su oficina y pretende hablar con el jefe, como si la voz de una mujer presupusiera inmediatamente el concepto de secretaria o telefonista. Y a Lidia, quieniene un humor tan grande como el corazón, solo le sale pensar que, la próxima vez, dirá al susodicho que está hablando con la puta ama. Pues eso.

Catálogo de pequeñas infamias. Yo cobro lo mismo que un hombre, que para eso la función pública no hace diferencias. Y es más, trabajé en una comunidad autónoma que ponía pegas a los equipos directivos únicamente formados por hombres. Estoy acostumbrada a no pelear por la igualdad porque la he ejercido siempre, y más cuando llegaba destinada a un pueblo perdido y tenía que buscar un alquiler y crearme un nicho en terreno desconocido. A mí nadie me pidió, como sí sé que hicieron con algunas de mis compañeras, hablar con mi marido. Eso sí, tuve un mecánico que prefería tratar con mi padre hasta que le dije que había un detalle fundamental, la avería la pagaba yo, no mi padre. Silencio sepulcral, el mismo que se hacía cuando, en un bar, la que pedía una caña o un vino era yo y no el acompañante varón. Cosas que pasan.

Leo una entrevista a Juan José Millas, autor de un libro que ahora estaría tristemente de actualidad ¿Se acuerdan de Nevenka Fernández, la concejala de Ponferrada? La imagino hojeando amargamente las noticias sobre el acoso sexual en Holywood por parte de todopoderosos como Weinstein. Yo no puedo olvidar el rostro desolado de esa mujer a la que nadie creía y a la que Millás dedicó un libro. Ese Millás que dice que no percibimos el machismo igual que el pez no percibe el agua en la que vive. Gloriosamente cierto. Sin ponernos exquisitas, todas podemos enumerar un rosario de pequeñas infamias, cuentas de un collar que estrangula de a poquitos. El compañero que se queja de que su hija quiera estudiar ingeniería, esa carrera tan poco fémenina; el profesor de automoción que presupone poca fuerza a la alumna mujer; el ligón de turno que te pregunta qué haces sola tomándote algo en la barra o el imbécil que asegura que si las chicas fueran más vestidas o no salieran por la noche, nadie las violaría. Cosas que pasan. Por eso aplaudo a Lidia y le digo que si algún descerebrado le pide que le pongan con el jefe del cotarro, que sí, que le conteste que está hablando con la puta ama del negocio. Y no el alma del negocio, que lo es, la puta ama. Y que luego le cuelgue, por supuesto.


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