LA LIBERTAD DE EXPRESION  NO SE DEFIENDE CON  VIOLENCIA

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La libertad de expresión y de información son derechos muy importantes para el desenvolvimiento de la sociedad. Merecen el máximo respeto pero no son absolutos, tienen limitaciones en un estado democrático y no pueden amparar  las  injurias, el insulto personal o familiar y en lo referente a  la información difundida es necesario  que se haya  contrastado “según los cánones de la profesionalidad informativa, excluyendo rumores o insidias”.

Hay que recordar que el derecho a la libre expresión no puede exigirse con violencia. Es como si Gandhi hubiera impuesto su pacifismo con ataques exacerbados al colectivo social.

Es un   Derecho Fundamental pero en  democracia plena  no puede ser absoluto, tiene un marco legal que no puede traspasarse. No todo es admisible para su exigencia. En este sentido es preciso poner de relieve  lo que ha  significado  en la actualidad  la aparición de  internet, que tiene una extensión inconmensurable y muy difícil de controlar pero ya en el año 1969 la Convención Americana sobre Derechos Humanos en el Pacto de San José de Costa Rica imponía a los firmantes  del Convenio  unos límites a la libertad de expresión muy concretos   para garantizar la convivencia : no se permite  la propaganda en favor de la guerra, ni  la apología del odio nacional , religioso y del terrorismo, no puede incluir  la incitación a la violencia contra cualquier persona, tampoco los ataques  de raza, color u orientación sexual. No puede justificarse promover dos tiros en la nuca  ni insistir en  clavar un piolet en la cabeza de un oponente ideológico  alegando que tiene opiniones contrarias al atacante y debe rechazarse  igualmente en canciones o anuncios.

El utilitarista  Stuart Mill expuso su teoría muy racional: defendió la libertad de expresión con contundencia  pero manteniendo que  hay que impedir “los daños al prójimo”. “Las opiniones más nobles pierden su inmunidad cuando se convierten en una instigación a alguna acción perjudicial.”

En la Declaración Conjunta de la Organización de Estados Americanos promulgada en el año  2011 se establecieron límites   muy concretos. Nadie puede ser objeto de injerencias  arbitrarias o abusivas en su esfera privada, en la de su familia, en su domicilio, su correspondencia o en su reputación. Ahí están los límites  a la libertad de expresión: el respeto a los derechos de las demás.

En España, el  Tribunal Constitucional ha sido muy concreto en la exigencia del respeto al honor y a la intimidad, ya en el año 1991 dictó una sentencia muy conocida declarando la violación de la intimidad de una actriz cuando se rebeló el nombre de la madre biológica del hijo que había adoptado. Un Tribunal ordinario condenó la expresión infligida a un político calificándolo de cocainómano, una invención llena de maldad que produjo un daño personal y familiar difícilmente reparable. Igualmente lo consideró   “un determinado ataque gratuito que ninguna legitimación puede tener”.

Un ilustre periodista ha expresado que todos quieren la libertad de expresión siempre que coincida con sus opiniones. Actualmente hay una rebelión exigiendo una libertad ilimitada  pero defender la posibilidad de agresiones verbales injuriosas o incitaciones al delito  es un concepto antidemocrático. Pedir que  se elimine del Código Penal la condena por  expresiones que atacan la dignidad, es propio de viejas doctrinas inadmisibles que han destruido la convivencia. Para vivir en armonía hay que aplicar el antiguo aforismo: el derecho individual termina donde empieza el de los demás.

Los Derechos Fundamentales son un conjunto de normas de recto comportamiento  que se han  conquistado a lo largo de la historia con inmenso esfuerzo y la justicia debe prevalecer ante cualquier impulso circunstancial negativo que destruya una convivencia pacífica. No es impedir la crítica, ni establecer la censura sino tener presente el respeto que merecen todos los ciudadanos  para  alcanzar “el universo  moral” que han propugnado importantes filósofos,  entre otros los alemanes  Fichte y Habermas.


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