LA SEQUÍA HA HECHO ESTRAGOS EN EL NORTE DE LA PROVINCIA CACEREÑA

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Cipri Paniagua, ganadero de Ahigal, “apiensandu” (echando pienso) a sus vacas, para quitarles el hambre y evitarles la indigestión de la bellota verde (Foto: Flore Paniagua)

Recorrer las comarcas de las Vegas del Alagón, Sierra de Gata, Tierras de Granadilla o Las Hurdes, nos depara un panorama desolador.  La terrible sequía ha marcado récords históricos.  No llueve en condiciones desde marzo y las cuatro gotas que están cayendo en estos días, si los cielos no lloran a moco tendido, no servirán para nada.  Solo hay cardos y polvo.  Saltas las paredes de algunas fincas y las vacas comienzan a “gaznal” (mugir) y vienen hacia ti, pensando que le vas a echar de comer.  Charcas y lagunejos resecos, que hay que rellenar constantemente con cubas de agua traída de ríos o embalses cercanos, que también están para pocos trotes.

Francisco Javier del Puerto, presidente de la cooperativa olivarera del pueblo jurdano de La Pesga (Foto: “Pehganu”)

Fidel Gordo Pulido fue varios años alcalde en Pozuelo de Zarzón (Valle del Alagón) y está en la raya de las sesenta primaveras.  Se desazona viendo el paisaje desertizado.  Nos cuenta que los vecinos de su pueblo vienen apañando todos los años en torno a los dos millones de kilos de aceitunas, de la variedad manzanilla-cacereña.  Casi toda en verde, que es la que se paga más cara y va a la exportación.  Pero hogaño, al decir de este olivarero, cuando se mostraba una cosecha como nunca, no se podrá aprovechar ni el 25%.  Habrá que dejar muchas olivas para llevarlas a los lagares, a la almazara.  Sin embargo, Fidel sabe muy bien que la manzanilla-cacereña tiene muy bajo rendimiento para aceite: un 5%.  Cierto es que el aceite es de excelente calidad, con denominación de origen (“Gata-Hurdes”), pero los ingresos proceden del “verdeu” (colecta de la aceituna en verde).  Lo mismo viene a decir Cipriano Paniagua Paniagua, de la localidad de Ahigal (Tierras de Granadilla), quinto de Fidel Gordo.  Viendo el cosechón de aceitunas que se avecinaba, se calculaba que el pueblo de Ahigal recogería este año de tres a cuatro millones de kilos de aceituna de mesa y un millón para el molino.  No obstante, todo apunta que  el fruto para verdeo solo rondará los 500.000 kilos, quedando tres o cuatro millones para almazara, y eso si el tiempo acompaña y llueve como es debido, sin que se echen encima los fríos; de lo contrario, muchas aceitunas quedarán para los “tórduh” (estorninos).

Fidel Gordo Pulido, olivarero de Pozuelo de Zarzón (Foto. “Pozolinu”)

OLIVAR DE MONTAÑA

La población de La Pesga, situada en la comarca natural de Las Hurdes, es la que se lleva el bocado más grande a la hora de apañar aceitunas: unos ocho millones de kilógramos anuales por término medio, a tenor de lo que nos dice el presidente de la cooperativa olivarera, Francisco Javier del Puerto Jiménez, que, además, es concejal del Ayuntamiento.  Calcula  que este año las pérdidas rebasarán el 30% y si no llueve con ganas en los próximos días, ese porcentaje subirá ostensiblemente.  Por las montañas de La Pesga trepan infinidad de bancales.  Olivar de alta montaña. El presidente de la cooperativa, que, como tantas otras de Extremadura, lleva el nombre del patrón del pueblo (la religiosidad de la España profunda metida hasta en la sopa), entiende que la sequía ha hecho más estragos en las zonas llanas, en lo que al olivar se refiere.  Parece increíble.  El olivo aguante mejor la sequía entre estos olivos jurdanos, cuyas raíces se introducen en un suelo donde solamente se observan pizarras desmenuzadas, que allí donde hay tierra profunda, de miga.  Pero con todo y con ello, este año agrícola ha hecho estragos en el llano y en la sierra.  Y si no que se lo pregunten a Jesús Miguel Martín, de la alquería jurdana de La Fragosa, en el concejo de Nuñomoral, cuyos castañares están mustios, asolanados, sin que se hayan abierto muchos de sus espinos o erizos, ya que el fruto se encuentra seco en su interior.  Castañas raquíticas, despellejadas, de mala presencia, totalmente inadecuadas para su comercialización.

José Antonio Simón (de espaldas) y su hijo, de Villanueva de la Sierra, metidos en plena faena aceitunera (Foto: “Olivarera”)
Jesús Miguel Martín, de la alquería jurdana de La Fragosa: al menos, algunas patatas salieron gordas (Foto. “Tautinu”)

No hay ayudas para el olivar de alta montaña, imposible de aplicar en él el regadío por goteo.  Así lo entiende José Antonio Simón Moreno, del pueblo serragatino de Villanueva de la Sierra, que suele producir unos dos millones de kilos de aceituna de mesa en cada campaña.  Este año el 80% quedará para almazara, nos dice.  Y nos habla de que los árboles están sin vigor, mustios y agostados.  Echa pestes contra la Administración, pues no asume medidas directas y concretas contra la pavorosa sequía que azota a estos territorios, considerados como unos de las más lluviosas de toda Extremadura. Se lamenta, igualmente, de la nula capacidad de organización del sector olivarero de la zona, incapaz de defender con uñas y con dientes sus propios intereses y resignándose ante las muchas trabas burocráticas que impiden desarrollar con desenvoltura su labor a los agricultores y ganaderos de estos pueblos.

Erizos sin abrir y castañas esmirriadas de Las Hurdes (Foto: Jesús. M. M.)

ACARREANDO AGUA

Tienen sed los terrenos y los pequeños y medianos ganaderos están desesperados.  Fidel Gordo advierte que el cereal está sin nacer y no se podrán recolectar alpacas de avena, al objeto de  alimentar el ganado en el invierno.  No ha habido primavera ni habrá una otoñada en condiciones.  Las charcas y lagunejos están secos, con el légamo cuarteado en el fondo. Es preciso buscar el agua donde la haya, trayéndola en cubas y vaciándolas en los aguazales y balsas correspondientes.  Hay que desembolsar mucho dinero para dar de comer y beber a los animales.  El amigo Cipri Paniagua no para en criticar a los responsables regionales del sector ganadero.  Avisa muy claramente que la Junta de Extremadura solo está favoreciendo a los terratenientes y grandes ganaderos.  No es de recibo -comenta- que la Administración subvencione entre un 40 y 70% las obras  que se hagan para la construcción de nuevos pozos y charcas, pero siempre y cuando se inviertan como mínimo 3.000 euros.  ¡Nada más y nada menos que 3.000 euros!  Como si la gran mayoría de los ganaderos de la zona fuesen todopoderosos latifundistas, cuando son pequeños y medianos productores, que, en muchos casos, tienen que llevar fincas de otros vecinos arrendadas o meter en las dehesas boyales, municipales y comunales sus cabezas de ganado, para salir con cierta rentabilidad.  Por estas villas y lugares, no existen vecinos que posean dehesas particulares.  Las escasas fincas de este tipo suelen ser, en muchos casos, de terratenientes absentistas, que tienen allí un encargado y ellos viven en Madrid, Sevilla, Salamanca u otras ciudades.   ¡Y ojo con los pozos de sondeo!  Muchas veces se ha horadado profusamente la tierra y se han cortado acuíferos, dejando secas charcas y lagunas de fincas colindantes, tanto particulares como del común de los vecinos.

Olivas que no valen ni para los “tórduh” (estorninos), de La Pesga (Foto. “Pehganu”)

Se arrugan y enrojecen las olivas; encinas, robles y alcornoques no aguantan más y expulsan las bellotas antes de tiempo, por lo que se ven enormes parvas de frutos que aún no han cuajado debajo de los árboles; las castañas, encanijadas y esmirriadas; la tierra, desertizada, con más sed que nunca; los embalses, ríos, arroyos y gargantas de estas comarcas, con estiajes nunca visto…   Y para colmo, las compañías aseguradoras, haciendo gala de su cinismo y de su usurero capitalismo, afirmando que la sequía no es para tanto.

Otro plato de aceitunas resecas y reflacas, de Villanueva de la Sierra (Foto “Olivarera”)
Agotadas las charcas, se aprovechan, en Ahigal, viejas bañeras como abrevaderos (Foto: Cipri Paniagua)

 

Javi, el presidente de la cooperativa olivarera “San Francisco Javier”, de La Pesga,  que tiene a mucho orgullo el ser jurdano, a todas horas con los ojos puestos en la presa de “Lah Tápiah”, desde donde les viene el líquido elemento para el consumo humano.  Fidel y José Antonio, de Pozuelo de Zarzón y Villanueva de la Sierra respectivamente, observando cómo baja el nivel de aquel otro embalse de San Marcos, levantado sobre la legendaria rivera o arroyo Tuna, que suministra agua a ambos pueblos.  El buen camarada Cipri comprobando que el agua que les llega desde el mermado pantano de Gabriel y Galán les sabe a sus vecinos y a él cada día más a cloro.  Y Jesús, el de la alquería jurdana de La Fragosa, percatándose que los légamos y el color amarillento se apoderan de las aguas que abastecen a muchos pueblos de su comarca.  Y todos ellos mofándose con sarcasmo de quienes tuvieron la osadía de hablar de alerta amarilla en el norte cacereño por fuertes lluvias en los días en que octubre echaba a rodar su segunda quincena.  Ya nos lo decía el “cotorinu” (así apodan a los vecinos de Santibáñez el Bajo) Ramón Díaz Santos, con ochenta otoños cumplidos y pastor toda su vida, una de estas pasadas noches, sentados al fresco, tal que si fuese julio, a la puerta de mi casa: “Éhtuh tíuh del tiempu de cuatru vécih se ehquivocan cincu, que el agua que va a cael no va a sirvil ni pa jadel una pozata en un regatu”.

Otro puñado de castañas raquíticas y nulas para la venta (Foto: Jesús M.M.)

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