La tercera generación de comerciantes, salvada por la Covid19

La tercera generación de comerciantes, salvada por la Covid19

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El confinamiento y la pandemia sin fecha de fin confirmada han cambiado temporalmente los hábitos de consumo, pero los determinismos históricos no tienen en cuenta los deseos de las personas, y lo que estemos haciendo hoy debido a unas circunstancias obligadas, no tienen por qué ser los hábitos establecidos de mañana

Una de las pocas cosas buenas que ha traído la enfermedad de la Covid19 ha sido la parcial revitalización del comercio local en todo el territorio nacional. El Real Decreto por el que se impuso el estado de alarma el pasado 14 de marzo de 2020 supuso la restricción casi total de la movilidad, lo que para muchos negocios de pequeñas localidades significó un repunte significativo en el número de clientes.

Las grandes superficies y el pequeño comercio

El Plan Marshall, por el que Europa levantó cabeza tras la Segunda Guerra Mundial, trajo consigo el resurgir de la economía y el empleo, que a su vez desembocó en un irremediable mayor consumo. El sector agrícola se revitalizó, y con ello el sector alimentario, que contemplaba una mayor diversidad en los productos y los servicios. De la tienda de barrio se pasó al economato, al supermercado, a la gran superficie, y de ahí al centro comercial y con la llegada de Internet, al comercio electrónico.

Ambos modelos, la gran superficie y el pequeño comercio tradicional, de proximidad, convivían sin demasiadas tensiones gracias a una economía boyante. Pero la crisis del 2008, la implantación definitiva de las grandes superficies y su llegada a centros poblacionales más pequeños y la extensión entre la población del comercio online, produjo un definitivo cambio en los hábitos de consumo, que afectó de manera más significativa a las zonas rurales y al pequeño y mediano comercio, sobre todo en lugares con economías más débiles o dependientes.

A partir de ese momento, y con la caída del consumo medio, la población comenzó a consumir de manera casi ritual en las grandes superficies, con precios más competitivos, aunque para ello tuviera que desplazarse a otros lugares de la ciudad o incluso fuera de sus localidades de origen. La compra de casi todos los productos de la vida diaria se hace entonces posible en la misma superficie, evitando el gasto de la movilidad entre tiendas, el consumo de ocio entre las mismas y el ahorro que ofrecen los descuentos al comprar todo en un mismo lugar. Comportamientos arraigados durante la crisis que se han convertido en parte de nosotros.

Desde entonces y hasta la llegada de la crisis sanitaria actual, el hábito de consumo en pequeñas y medianas localidades ha empeorado o casi desaparecido debido a estos motivos, incluso en las grandes ciudades, en lo que respecta a los pequeños y medianos negocios. Es el estado de alarma a causa de la Covid19 lo que obliga a las personas a consumir en los negocios más próximos a sus domicilios, que hasta entonces estaban subsistiendo, y algunos ni siquiera han podido llegar a verlo.

Salvados –de momento- por la Covid19 y la menor movilidad

Un pequeño negocio de la localidad extremeña de Torrejoncillo vio una oportunidad inesperada durante el confinamiento. Luisa María regenta un supermercado en una de las principales calles de paso de la localidad. Su abuela Julia comenzó como comerciante en el comedor de su casa con un saco de azúcar, otro de arroz, café de contrabando traído de Portugal por una portajera y un poco de fruta, allá por el año 1940.

Antiguas balanzas del comercio de Josefa, para el peso a granel de algunos productos

Su madre, Josefa, hija de Julia, y otros antiguos comerciantes de la localidad ayudaron durante el periodo de autarquía y de las cartillas de racionamiento al abastecimiento de la población. Los españoles sufrieron mucho durante esta etapa, conocida como “los años del hambre”, hasta la llegada del Plan de Estabilización y el fin de las cartillas de racionamiento. Pero todavía faltaba tiempo para salir de la crisis, momento en el que los pequeños comercios fiaban de mes a mes, hasta que sus paisanos, que prácticamente vivían de la agricultura, recogían las cosechas y podían pagar los alimentos.

A partir de 1959, con el Plan de Estabilización y, en los años sesenta, con los Planes de Desarrollo, se acabó con la autarquía y las cartillas de racionamiento y aumentó el nivel de vida de los españoles. Eran épocas de bonanza, y la tienda de Josefa llegó a ser, como dice su hija, “un pequeño Corte Inglés”, al igual que su comercio, que también vivió sus años dorados. Tanto fue así que amplió el negocio a lo que es actualmente su supermercado, “La Carrera”, como antiguamente se conocía a la calle que lo alberga.

Ya su madre comenzó con dulces artesanos, la venta de ajuar y de alimentación más variada. Ella y el resto de comerciantes abastecían a los casi 4000 habitantes que por aquel entonces tenía el pueblo de todo tipo de necesidades. El consumo fuera de las fronteras de la localidad se reducía a ir alguna vez a Cáceres o Plasencia y hacer una gran compra, pero principalmente de los productos que no había en la zona. Las grandes superficies, allí donde las había, convivían con el resto de locales.

Con la llegada de la gran superficie a las pequeñas y medianas localidades, principalmente con la crisis del 2008, así como la implantación definitiva del comercio online, comenzaron años difíciles para la pequeña empresa, falta de recursos, de apoyo y de políticas de modernización.

Al comercio de Luisa, a punto de cerrar a principios de año, comenzaron a llegar llamadas de personas que jamás habían comprado en su tienda o que hacía años que dejaron de hacerlo el pasado mes de marzo. La imposibilidad de desplazarse a sus antiguos centros de consumo y el miedo a salir de casa o a las aglomeraciones en las grandes superficies hicieron el resto.

Esos meses llevaron a su negocio hacia una nueva deriva que actualmente ha dejado nuevos clientes, una tienda sin estanterías vacías y la concienciación de muchas personas del pueblo a consumir en los comercios de su localidad, que estuvieron en primera línea los meses que duró el confinamiento y que actualmente cuentan con todas las medidas de seguridad y la tranquilidad de estar al lado de casa, con productos de la tierra, de proximidad, a buenos precios y ganas de trabajar y sacar el negocio adelante, por lo menos hasta que el consumidor lo decida.

No solo el comercio de Luisa, sino el resto de comercios y bares de la población, así como los viajantes de otras localidades que asisten a la zona, han notado este cambio de tendencia en los últimos meses, pero no saben hasta qué punto continuará, sobre todo ahora que se acerca el invierno y los jóvenes se marchan a estudiar, las terrazas ya no cuentan con un buen clima y los eventos culturales dependen de la situación sanitaria de esos días. La preocupación de media España, pero de estas zonas con más crudeza.

¿Implantación definitiva de los nuevos hábitos de consumo?

El confinamiento y la pandemia sin fecha de fin confirmada han cambiado temporalmente los hábitos de consumo. La compra online se incrementó durante la cuarentena y el comercio local y de proximidad sigue ganando adeptos, aunque de forma más liviana. Algunos expertos apuntan a un cambio en los hábitos de consumo y la implantación del consumo de proximidad y en pequeñas superficies, pero los determinismos históricos no tienen en cuenta los deseos de las personas, y lo que estemos haciendo hoy debido a unas circunstancias obligadas, no tienen por qué ser los hábitos establecidos de mañana.

Luisa solo espera poder jubilarse como la tercera generación de mujeres comerciantes de su familia y pide que la gente se conciencie de que ofrecen un buen servicio, con unos precios razonables y competitivos, pero sobre todo que el comercio da vida a sus barrios, tanto en los pueblos como en las pequeñas ciudades, y posibles oportunidades de empleo, ya que Luisa se plantea volver a contratar a alguien si la tendencia positiva se mantiene.

Luisa María en su comercio, con dos paquetes de café cubano envasados como antiguamente, que sigue vendiendo en su negocio
Luisa María en su comercio, con dos paquetes de café cubano envasados como antiguamente, que sigue vendiendo en su negocio

La pata de la que cojean es la digitalización. Productos como dulces, embutidos o calzado artesanos son un fuerte atractivo dentro y fuera de sus zonas de creación, pero abocados al fracaso si no se les impulsa, sobre todo ahora que no pueden nutrirse de ferias artesanas, mercados y, en definitiva, de la movilidad.

Es momento de que las instituciones locales aprovechen la ocasión y aporten posibles soluciones para que la tendencia de consumo que ha revivido los pueblos y los barrios de las ciudades durante los meses de pandemia no sea fruto de una obligación, sino de una cultura inherente en las personas que los habitan.


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