LAS MENTIRAS EN POLITICA, NO SE IMPROVISAN

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Cuando sucedió el atentado el 11 de marzo de 2004   una frase  se hizo famosa, viral se diría hoy: “queremos un gobierno que no nos mienta” y  tuvo éxito para que perdieran el poder los que lo ostentaban aunque, en general, se tolera resignadamente que los políticos no digan la verdad, unas veces para tapar errores, otras para derrocar al contrario o  para consolidar su posición. No hay más que recordar la expresión de un máximo responsable diciendo que nunca pactaría con otro grupo político,   que  no podría dormir si lo hiciera y dos días más tarde le incorporó a su organización  política con un abrazo sonriente.

La  filósofa alemana  Hannah Arendt defendía que la verdad es necesaria en la esfera política, es una herramienta fundamental para el espacio público democrático. La  libertad de expresión no existe si no se fundamenta en un  informe objetivo y veraz .Los ciudadanos necesitan que se exponga la situación real de su país, se precisen sus logros y se reconozcan sus fracasos. “La verdad os hará libres”, es una cita bíblica muy divulgada.

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Hay que reconocer que las mentiras  no son inocuas, siempre hacen daño. Es  conocida la  paradoja del mentiroso que expuso el filósofo griego Epiménides en el siglo VI antes de Cristo.  Al gran pensador se le ocurrió  afirmar que todos los cretenses eran mentirosos y lo curioso es que él era cretense.  Parece que Crisipo, de la escuela estoica dedicó tres volúmenes a resolver esta cuestión. También San Agustín estudió la contradicción sin llegar a las 14 soluciones de Pablo de Venecia, pero en realidad  nadie  ha encontrado la clave de esta paradoja ya clásica.

Algunos tratadistas han manifestado  que  ciertas  mentiras incluso pueden ser saludables si tienen buena intención, es lo que algunos llaman “mentiras piadosas”. Un tanto cínica resulta  esta observación, sin duda, pero ha sido muy admitida. Se ha dicho que el pueblo es hielo ante las verdades y fuego ante las mentiras, es decir que mentir es rentable.

Las mentiras políticas se han clasificado en varios tipos. En primer lugar  los libelos difamatorios  que degradan  con maldad la reputación de enemigos políticos, le siguen las promesas que proliferan en tiempos electorales y las mentiras de traslación, traer al presente hechos históricos que se desfiguran con absoluta  desfachatez  para obtener réditos. También hay que recordar la aceptación tácita de la mentira. Se cita como ejemplo  la reacción pasiva de  Platón ante el juicio y condena de Sócrates.

Se sabe a ciencia cierta  que la mentira se difunde deliberadamente en política, no se improvisa, se predetermina  con el fin de rentabilizar sus resultados.  Va penetrando subrepticiamente  y termina por prevalecer convertida en aparente verdad. No solo hay que criticar a los políticos de otros tiempos. Se ha dicho que en el siglo XX la mentira  ha entrado rotundamente en  el consumo masivo.

Otra forma encubierta de la mentira es  la costumbre de algunos  altos cargos políticos que  contestan a las preguntas relatando hechos no relevantes y ajenos a la cuestión planteada. Es tan común que no replica  ni siquiera el que plantea la cuestión. Costumbre que  viene de lejos. Se ha destacado   que cuando  preguntaron a De Gaulle por el comportamiento de Francia en la Segunda Guerra Mundial, contestó refiriéndose  a la historia de Juana de Arco. Lo que se llamó el método Ollerdorf  que se hizo famoso al estudiar inglés: ¿Cuál es su nombre? contestación: hace frio en la calle.

La mentira no es necesaria para obtener el triunfo y, sin duda, muchos ciudadanos saben apreciar la honradez de las propuestas  para  decidir sus apoyos. Lo estamos advirtiendo  en estos momentos: no se han tenido en cuenta  las inconsistencias oficiales sobre los datos de la pandemia, ni las contradicciones tan abundantes.

Hay que destacar, en cambio, que gran número de españoles han reaccionado con generosidad ofreciéndose  a prestar su trabajo voluntario con  verdadera entrega y decisión dejando al margen  las falsas verdades que se emiten cada día, rectificadas a las pocas horas. Los ciudadanos son más inteligentes que las personas que los dirigen. Debemos repetirlo para que no se olvide.

Guadalupe Muñoz Álvarez

Académica Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación


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