A LAS PRIMERAS DE CAMBIO

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Una vez escribió Juancho Viola, en el prólogo de algún texto mío, que mi triángulo mágico tiene tres lados: la línea que va desde el Puerto de los Castaños hasta los Canchos de Ramiro; desde allí hasta la confluencia del Tajo y la Fresneda, y río arriba hasta Alconétar. Tal vez tuviese razón, pero quizás el triángulo tenga otros tres vértices más precisos: el cerro Garrote, el serrajón de Las Arenas y el Cerro Gordo o de Malaseritas.

Como quiera que sea, por ahí anda el espíritu inquieto buscando paz y sosie- go. De una cosa estoy casi seguro: desde siempre, el cielo que he visto ahí, dentro de ese triángulo, no es el mismo que he contemplado en los mil y un lugares en los que he estado. Algo hay, algo tiene, que llevo toda la vida tra- tando de descifrarlo. ¿Por qué razón desde el patio de mi casa de nacencia, en el nº 12 de la calle A. Julián (vieja calle “Empedrada” y también Hernán Cortés), cuando he mirado al cielo he tenido siempre una sensación distinta a cuando lo he mirado en otros lugares?…No lo sabré nunca, por lo visto.

Vivir la infancia en un pueblo de mil y pico de almas, allá en los años cincuen- ta del pasado siglo, y no haberse asomado a la ciudad hasta cumplida la de- cena, es experiencia que deja marca indeleble en el ánimo de un individuo para los restos. Que le pregunten si no a Daniel “el Mochuelo” (“El Camino”, de Miguel Delibes), personaje que hemos sido muchos hombres de hoy en día que ya avanzamos por la última etapa de nuestra vida.

Calles de gorrones, barro y polvo, aceras de lanchas de pizarra, luces mortecinas en algunas esquinas de las calles más céntricas, regatos caudales en las callejas, invernadas oscuras y lluviosas, veranos ardientes y estiajes de desolación. Cualquier novedad, las luces de un coche por el horizonte oscuro, nos ponía el alma en un suspiro de admiración.

El mundo estaba en los dos extremos de la carretera que atraviesa el pueblo de este a oeste. Lo nuevo llegaba, casi siempre, con los coches, o carros, que aparecían por el horizonte del Gorrón Blanco, a un tiro de piedra de las primeras casas de levante. Y más fascinación, si cabe, por el horizonte de poniente, donde estaban los siempre atractivos parajes de Las Viñas, Las Jaras y la Rivera de Fresneda.

Antaño la vida era más cicatera en bienes y adelantos, cosa normal, pero lo que teníamos era horizontes. No horizontes de futuro, no me refiero a eso, sino horizontes físicos, perspectivas en lontananza. Desde el mirador de la puerta del barcito de tío Justo, llamado también El Casino, donde pasamos tantas horas, si mirábamos al norte, más allá del perfil de las Escuelas, la Fá- brica de harina y luz y el Corral del Concejo, veíamos las montañas alejadas del norte de la provincia, el Jálama y el picacho cónico de Las Cortes entre otros. Hoy ya nada. Las nuevas construcciones de casas y barrios ocultan el horizonte misterioso.

Desde la Plaza, nuestra estupenda Plaza Mayor, un poco hacia arriba, hacia la otra placita, que llamábamos de Don Enrique y hoy se llama Plaza de San Sebastián, si mirábamos por la callejuela hacia el sur, podíamos ver un trocito de la Cantera y el ribero del otro lado del río, nuestro padre el Tajo. Hoy, tampoco. Una casa nos ha privado de aquella visión evocadora. Qué le vamos a hacer.

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