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EL MACHO ALFA (II)

EL MACHO ALFA (II)

Dejamos en nuestra columna anterior al paisano Hipólito Esteban Díaz, al que siempre conocimos por Ti Polu “El de la Biblia” o “El Protehtanti”, con sus cabras y su macho mocho pastando por escabrosos terrenos que iban desde “La Peña el Eji” al “Cordel de Rebollárih” y desde “El Charcu Maltraviesu” a “La Güerta lah Ehtácah”.  Nos relataba sus vivencias durante los años de aquella contienda donde la pólvora y la sangre olían varias leguas a la redonda.  “Dicía mi padri, que en pá ehté -me relataba Hipólito-, que la ehplosiónih que se oyían pa,llá acullá, trahpusiendu lah siérrah de Herváh, eran de los cañonázuh del frente.  Entoavía me arrecuerdu del día de Santiagu del añu en que ehtalló la guerra.  Cumu era fehtivu, poh  a loh mucháchuh cumu yo moh obligaban a il a la juerza a misa y a la prucesión, que, si no íbamuh, moh ponían una multa.  Antóncih cuasi que ni se podía rehpiral.  ¡A vel quién le tosía a Francu y a loh súyuh…!

El nieto paterno de Ti Patricio Esteban Floriano y de Ti Agustina Martín Cabezalí me hablaba que los santos iban custodiados, en las procesiones, por el Somatén.  Lo formaban en el pueblo la gente de derechas y algunos quintos que se habían librado de la guerra por no dar la talla o la debida anchura de pecho.  “Algúnuh -afirmaba Ti Polu- parecían ehpantapájaruh, poh leh habían puehtu una camisa azul en la que cogían ótruh doh cumu élluh, y les habían colgau un pihtolón y un mohquetón que abultaban máh que lah suh pátah.  Iban dehfilandu mu jaquetónih y mu repeináuh, máh tiésuh que el que se tragó lah ehtrébih”.  Nuestro paisano reconocía que hubo alguno de estos somatenistas que fueron instados por otros jerifaltes franco-fascistas que, de vez en vez, llegaban al pueblo, a pelar al cero a ciertas vecinas consideradas como “rojas”, a obligarlas a beber aceite de ricino y a desfilar por las calles con el brazo en alto, mientras por sus piernas resbalaban los excrementos a causa de no controlar los esfínteres por culpa de tan horrible y humillante bebedizo.

Sabido es que el Somatén fue una institución instaurada por las Cortes Catalanas allá por el año 1068.  Su nombre viene del catalán “so emetent” (repique de campanas).  Los somatenistas, a los que se les permitía tener armas en sus casas y adiestrarse periódicamente con ellas, eran los encargados de tocar las campanas a rebato si aparecían enemigos en el horizonte.  Después de muchos avatares con bandoleros, hugonotes o piratas, acabaría convirtiéndose, en 1855, en un cuerpo auxiliar en el ámbito rural, con el fin de proteger las  grandes posesiones de los terratenientes catalanes.  En el siglo XX ya era considerado un cuerpo represor de las clases trabajadoras  y fiel aliado de los elementos de la extrema derecha.  Con el advenimiento de la autoritaria “Dictablanda” del general Miguel Primo de Rivera, reinando el ciudadano Alfonso XIII, el Somatén se hizo extensivo a toda España.  La II República lo abolió, pero fue rápidamente restablecido por las autoridades franquistas en las zonas sublevadas contra el legítimo y democrático gobierno republicano.  En 1978, fue disuelto por el Senado. Hipólito Estaban Díaz estaba convencido que hubieran cambiado las tornas en 1936 si, en todos los pueblos españoles, se hubieran consolidado pelotones bien pertrechados de vecinos en defensa de la República.  Los golpistas no hubieran avanzando tan alegremente por tierras de Extremadura.

Pobres de aquellos que pensaron que los somatenistas habían desaparecido por los siglos de los siglos de Cataluña.  Esos machos alfas, tan distintos del gallardo y montaraz macho cabrío de Ti Polo “El de la Biblia”, se han tirado a la calle con motivo de la crisis institucional en los que algunos llaman “Països Catalans”.  Envueltos en la bandera de los colores de la Casa de Borbón (lo mismo les da a muchos de ellos que lleve esa insignia una corona real que un aguilucho), se han paseado con chulería y matonismo por las calles de Barcelona y otras ciudades catalanas. Sus primos hermanos (la derecha que llaman moderada, que no centrada) les han dejado hacer las barrabasadas a las que están acostumbrados, pero de ello apenas han dicho nada los medios de la caverna o los amansados por la oligarquía financiero-periodística.  Han vuelto a enseñar sus dientes con el fin de hincarlos sobre el sentimiento comunitario, al que han pretendido ahormar y apisonarle no solo desde un punto de vista cultural o identitario, sino también como opresión laboral, pedagógica y desarrollista.  Nosotros, y lo decimos alto y claro, no comulgamos con los nacionalismos, por lo que no creemos en banderas ni en fronteras.  Nosotros hablamos de independentismo, pero no a la manera que lo entienden los machos alfas de la derecha y sus muletas; ni de los que se dicen de izquierdas y  acuden revueltos a las manifestaciones con grupúsculos neofacistas y nazis, o discursean del brazo de personajes tan patéticos, neoliberales, racistas y machistas como el peruano y Premio Nobel Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, para quien el ciudadano Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias (abreviando, Juan Carlos I, “El Campechano”) creó el Marquesado de Vargas Llosa (Dios los cría y ellos solo se juntan).  Ni tal vez hablamos del mismo independentismo que otros  que, recientemente, han pegado un volantazo y repiten no con la boca chica al criticar a “los que se han envuelto en la bandera de todos”. ¿Cuál es la bandera de todos?  ¿Acaso la que se introdujo de tapadillo en una Constitución impuesta en unas condiciones  de excepción democrática, por lo que su legitimidad es más que dudosa?  ¿Tal vez la plasmada en una Constitución cuya letra es, en muchos casos, papel mojado para gobiernos y partidos que han privatizado lo que es de todos, de manos de gente heredera ideológica del franquismo o de  los que renunciaron a pilotar una izquierda decente y profundamente transformadora?  ¿Puede que la dibujada en una Constitución que se la pasan bajo el arco del triunfo los que han destrozado la Sanidad Universal, la Educación Pública, han modificado el artículo 135 para echarnos en los brazos de los mercados, han recortado nuestras Libertades con la Ley de la Patada en la Puerta o la Ley Mordaza, han precarizado a  las clases trabajadoras o han profundizado en las desigualdades sociales con sus políticas neoliberales?  ¿O, por el contrario, esa bandera es la tricolor y republicana que flamean sus compañeros de a pie en los mítines y manifestaciones…?

Todos esos machos alfas están de sobra.  Los que han dañado tan seriamente los articulados de una Constitución que ya huele a rancio y a naftalina y de la que los muy cínicos extraen lo que les interesa no están legitimados para abordar en todo su hondura la crisis catalana, máxime si son del clan que se esconde en la cueva de Alí Babá y han sido señalados por el dedo de la Justicia, aunque solamente haya sido indiciariamente.  Honestidad ante todo para dirigir las riendas de este país.  A los que están pringados y pillados, que son muchos, hay que echarlos a escobazos al contenedor.  Ya decía el nieto materno de Ti Pablo Díaz Clemente y de Ti María Montero Gutiérrez que “pa barrel tó la mierda que hay en Ehpaña habrá que jadel un ehcobón de tamójah y ponélsilu en lah mánuh del giganti Ventorrón, que de un ehcobazu barría a un batallón”.  Nosotros no creemos en ese nacionalismo catalán que nace en el siglo XIX de la mano de la burguesía.  Su objetivo estaba rotundamente claro: obtener mayores y mejores prebendas para el gremio de fabricantes y comerciantes a la hora del reparto  de impuestos estatales y de las cargas aduaneras.  Por ello, históricamente, el mayor sindicato de trabajadores que ha existido en España, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), con más de un millón de afiliados, la mayoría en Cataluña, siempre estuvo frente a todo nacionalismo, ya que, en su seno, estaban los patrones que les explotaban. Los anarcosindicalistas afirmaban que su única patria era el sindicato y se opusieron contundentemente contra los que vociferaban consignas que enfrentaban a los trabajadores de los diferentes pueblos de la nación.  Incluso se negaban a hablar en catalán y hacían votos por la propagación del esperanto.

Nosotros somos partidarios de un independentismo con gran capacidad transformadora, cuyo sentido de  la autodeterminación dote al ciudadano de autonomía radical para  llegar a una soberanía integral e integradora, que sume y no reste.  Independentismo para conseguir la independencia de cada uno, asegurando así la independencia de todos.  Nos sobran, en este caminar, machos alfas, como Francisco Torres Santos, cargo directivo del Consejo de Comunidades de Extremadura en el Exterior, que clama al cielo porque la crisis catalana “ha roto convivencias, amistades e incluso familias”.  Lo extraño es que no las hayan roto las tremendas injusticias y mandobles asestados al pueblo extremeño por quienes han gobernado la región extremeña hasta la fecha.  Los miembros críticos, concienciados, solidarios con los más desfavorecidos, deberían haber roto con sus padres, hermanos, primos y demás parentela borreguil por seguir votando y apoyando a los mismos después de probar sus falsos crecepelos y otros medicamentos caducados.  Y, especialmente, a machos alfas que, con dinero público, se iban a pelar la pava a las Islas Afortunadas.  Dice Francisco Torres que el deseo de los extremeños es una España  unida.  Pero nosotros también somos extremeños y lo que queremos es una España unitaria y no uniformada y homogénea.

A Hipólito Esteban Díaz nunca le gustaron los somatenistas ni los machos alfas.  Él tenía bastante con su macho mocho y se enorgullecía de su figura barbicana recortada sobre las enormes rocas plutónicas entre las que crecían carrascas, acebuches, ojaranzos, esparragueras y piruétanos.  No llegó nuestro paisano a conocer la crisis catalana ni tampoco sabrá sobre las elecciones del 21 de diciembre, de las que habrá que hablar en su momento.  El hepatocarcinoma le dio la estocada en la misma fecha que al famoso músico británico Tony Jackson, de la banda “The Searchers”.  Fue un caluroso 18 de agosto de 2003, cuando en el santoral católico se festejaba a Santa Filancia y a San Crispo.  Ya había rebasado las ochenta primaveras y no sabemos si, como fiel testigo de Jehová, se fue pensando en que un día resucitaría y que, en un futuro, la muerte no tendría razón de ser.  Ojalá ese futuro no nos deje a nosotros fuera de la embarcación.

No podemos escaparnos de estos párrafos sin preguntar por la salud de nuestro poeta, que no sabemos cuándo podrá desenmarañarse de aquella niebla -a la que otro de los grandes de la literatura, nuestro zamorano Claudio Rodríguez, llamó “blancos harapos de la madrugada”-, que le aprisiona y le emborrona la vista.  Sabemos que está triste porque no puede romper las amarras que le atan y las mordazas que enmudecen sus palabras.  Intenta llegar hasta su musa, pero todos los caminos se le cierran. Cree, como aquel antihéroe llamado Don Quijote, que su musa, un millón de veces más hermosa que Dulcinea, está en manos del gigante Malambruno, quien le obliga a cerrar todas las puertas que, de abrirse, pueden despejar las nieblas.  Ante la adversidad, se crece y le promete gran amor, aunque sea en la distancia.  Oigámosle:

“Candados podrán ponerme, y cerrojos;

colocar en mis sendas altas vallas;

poner de pie graníticas murallas;

engañarme con tristes trampantojos;

 

cegar con vendas mis castaños ojos;

amagarme con palos y con trallas;

explotar a mi paso mil metrallas;

abrasarme con rayos infrarrojos…

 

Ya puede cabalgar Apocalipsis,

venga de Conchinchina o de la Francia.

A mí al pairo me trae la psicalipsis.

 

¿Sátiro yo?  ¡Ay de la demonomancia!

De sobra me entiendes, aunque haga elipsis.

Te seguiré queriendo en la distancia”.

 

 

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