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Los parroquianos de la pescadería tenemos un madrugón sabatino de hielo y resbaladizas escamas, un acerado cuchillo que retira magistralmente la espina central, el abanico de aleta, la cabeza donde nos miran, desorbitados, glacuos, los ojos de los peces. Expuestos a nuestro apetito, colocados con gracia, planos o llenos, abiertas las bocas al anzuelo de nuestro deseo, la plata del mar se alterna, lingotes brillantes, con la cáscara de coraza de los crustáceos –pocos, somos un barrio obrero de pescadilla y si acaso, piscicultura y gamba congelada, un puñado para el arroz- o la blancura blanda de la sepia, casi plástica.

Madrugamos con el perro que lleva de la traílla al dueño o el corredor de piernas desnudas que evita el charco helado, el bordillo sin el cristal de sal. Ni siquiera está abierto el café del bar y aún no hay cola para los churros que se acompañan de un vasito transparente de puro vicio. Llega el pan traído de los pueblos que alimentan a la ciudad provinciana y los coches se desperezan con un parabrisas helado de encaje de cristales. Es la mañana de invierno en la que aún no saltan los gorriones y me mira un córvido de pico incongruentemente naranja, feliz en el encuentro de la miga de pan, de la confianza. Los pájaros de ciudad son atrevidos y cercanos, pura magia, se burlan de la gata en el patio y de los que miran, tras la red o el cristal, sentados sobre su elegante trasero. El gato, por la ventana, es un adorno de la casa, un lujo que abre la boca y deja ver sus incisivos colmillos aptos para el pienso seco y los huesecillos de los pájaros y ratones. Sin embargo, nuestros diligentes mininos solo cazan la polilla despistada, el mimo ocasional de la visita, la pelusa del suelo perdida entre escobazos. Mientras el sábado se despereza y sale a la calle tan diligente como mi vecina, bastón y bolsa de la compra, tan disciplinada, tan constante pese a su cojera y su dificultad, el de los periódicos amontona la prensa nuestra de cada día y nos la despacha con la barra de pan y un comentario sobre el tiempo. Cuando hace frío lo hace y cuando nos morimos de calor, el pan resopla, recién salido del horno de nuestros estíos.

Tiene el invierno nube de vapor en la boca y guantes que pierdo. Sol frío y esa niebla que aguanta hasta la luz para caer como una gasa sobre la ciudad húmeda y dormida. Es un sábado de fríos que nos hielan la punta de los dedos, la nariz en la que cuelga, casi a punto de caer, una gota de agua salada. Recorro la ruta de mis trabajos y mis días cargando las bolsas resbaladizas, la carne que tiene esa calidez roja frente al frío. Tengo un deseo de calor y planta a flor de labios, un brote guardado en la rama del árbol que espera, en la latencia del invierno necesario, una florida, puntual primavera. Y es sábado de gloria mientras se afana la vida por despertar entera.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.


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