Imagen: Fernando Sánchez Gómez

Un sonido que se repetía en Malpartida de Plasencia, en los pueblos del norte de Cáceres. El sonido de las furgonetas y los coches saliendo a las cuatro, a las cinco de la madrugada del lunes hacia ese Madrid que empezaba a colapsarse ya por Talavera de la Reina. Coches que recogen a los dormidos ocupantes, hombres que se despiden, casi sonámbulos de su casa y de los suyos para retomar el sueño en el asiento trasero, rumbo por la autovía a ese Madrid donde vivirán en pisos casi de estudiantes, mientras trabajan horas y horas para tener libre la tarde del viernes y regresar, regresar de nuevo por la autovía de Extremadura.

Yo conocía brevemente a estos hombres esforzados, duchos en kilómetros y en fines de semana raudos en los que aprovechaban para estar con la familia, para disfrutar de una bonanza engañosa. Porque engañosa era la casa que no gozaban, el coche con el que presumían los más jóvenes. Éramos entre semana un pueblo de mujeres, mujeres a la puerta del colegio, mujeres en las calles, mujeres que se las apañan durante la semana para terminar, agotadas y un tanto hartas, deseando que llegara el lunes. Así hasta la crisis, la crisis de la construcción, la crisis que devolvió a los hombres a su casa.

Fue un cambio insidioso, el de los obreros que se quedaban en el pueblo, el del silencio de las madrugadas del lunes. El de los coches que no se mueven de la puerta de entrada y el de un paro que se cobra y no basta para pagar esa hipoteca excesiva en la que nos metemos cuando las cosas van bien sin pensar en nada. Porque quizás haya un futuro de falta, un futuro en el que no haya obras, ni sueldos capaces de hacernos creer en los milagros. Es el tiempo de la incertidumbre que, un día como tantos, parece desaparecer y vuelven otra vez los contratos, un poco más bajos, un poco más injustos… pero regresan. Y regresan los obreros de los pueblos a iniciar su peregrinaje por la autovía hacia esa ciudad que se había quedado parada un tiempo corto, el suficiente para darnos cuenta de que nuestro modelo productivo tiene algo de absurdo y sí mucho de precario, como la vida misma. Como esa vida de obrero de la construcción que acaba sepultado entre las paredes de aquello que levanta con el esfuerzo de su vida, la vida convertida en trabajo duro y en ausencia. Ausencia de su casa, ausencia de los suyos, ausencia que se hace eterna. Son las historias que no salen en los papeles, los sonidos de las madrugadas. Aún los oigo, esforzados, tenaces, rompiendo la calma.

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