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Tiene noviembre una tristeza de luz que se apaga cada tarde, de frío que congela la hoja caída, de rama desnuda frente a las vestiduras doradas, generosas, feraces de un otoño de setas y de hierba tan verde que parece primavera. Noviembre se deja ir con celebración de difuntos, con casas que se cierran en los pueblos nuestros que huelen a leña y a puerta a la que se llama, aldaba de los días frente a la lumbre que se pone a pasar la tarde junto a la taza que humea. En el pueblo, la calle tiene un vacío triste en el atardecer cada vez más temprano, y noviembre se excusa con sus semanas cada vez más densas mientras caen las hojas y maduran los madroños ocultando la belleza de su rojo. 

En la casa que fuera de mi abuela, la lluvia hace un reguero feroz en las paredes y el verdín colorea lo que antes estaba vivo y ahora se convierte en una venerable ruina. Dentro de nuestros pisos ahítos de calor, pienso en los ucranianos vencidos al frío y a oscuridad de la guerra, y siento el estremecimiento de la humedad, la pena del cuerpo encogido, el hielo sobre el balde de agua que devuelve la ferocidad cristalina de la helada. A nada tengo más miedo yo que al frío, a la piel con sabañones, a la humedad que se hace terciopelo ajado en las paredes blancas, suave piel de moho expuesta a todo lo malo. Quizás porque he vivido en casas que parecían abiertas a la intemperie, sin aislar de lo malo, a despecho de las inclemencias del tiempo, quizás por ello me duele el frío de los gorriones de mi patio, los vagabundos de mi barrio, las gentes de la guerra. Tienen frío y soy yo quien tiemblo deseando el cobijo y el abrigo, la estancia sosegada, cálida y acogedora, el lugar del abrazo, el sitio alrededor de la lumbre y el brasero. Porque he pasado frío lo presiento, lo temo, lo conjuro… y mientras en las casas susurra el gas su cualidad cálida, o es la leña la que alimenta la llama, en el resto del mundo tiemblan las mantas, la cama está húmeda y el cuerpo tan frío que no se aproxima al otro para no contagiar la muerte de la piel helada y sola.

Inventamos excusas contra el frío y diciembre se llena de fiestas y de luces para conjurar la oscuridad y la latencia de las plantas que se guardan en sí mismas de la helada. La navidad tiene un goce luminoso, un estruendoso conjuro contra lo oscuro, azúcar que titila. Y somos felices hasta que el solsticio nos devuelve la esperanza de la luz y del calor, la seguridad de que vendrá la primavera. Por eso, mientras llega, pensamos en este mes de noviembre denso y variable en su certidumbre de oscuridad, cada vez más temprana. Es un mes para estar tristes y recordar la hondura de la falta. Es un mes que termina, adviento bendito que llega para caldearnos el corazón y la esperanza.

Charo Alonso.

Fotografía: Fenando Sánchez Gómez.


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