En 2015, cuando un movimiento ciudadano explosionó en la reivindicación de determinadas medidas de regeneración social y política fue bien visto por muchos ciudadanos, de diversas ideologías y sin aparente militancia política, pues significaba un toque de atención al sistema; desde Su Majestad el Rey don Juan Carlos I -que se vio obligado a renunciar al trono tras la aprobación de su abdicación por las Cortes Generales- hasta el último representante institucional o político en el último pueblo de España. Sin embargo ese movimiento fracasó, y fracaso por dos motivos:

El primero por el ansia de sus dirigentes de anteponer sus prejuicios ideológicos al bienestar de los ciudadanos y la regeneración del sistema; así entraron en barrena cerrando acuerdos, comportándose y sintiéndose cómodos en el ámbito de la ideología más dictatorial y más sectaria de la historia: el comunismo. De preocuparse por la “gente” pasamos a preocuparnos de ganar batallas antiguas, de hacer política pensando en el pasado, de atacar a la Corona y a la unidad de España, de ofender interesadamente todo aquello en lo que otro buen número de “gentes” creen y estiman, todo no por ser decididamente contrarios a estos valores y principios, sino más bien para romper un sistema de convivencia y pescar en el río revuelto aquello que no consiguen en las urnas; un comportamiento de manual revolucionario marxista – leninista.

El segundo; porque el movimiento fue domesticado una vez que se convirtió en partido político y aceptó las reglas del juego y privilegio que rechazan los ciudadanos; así se nutrió de subvenciones públicas, de ingresos procedentes de los impuestos y sus dirigentes acumulan tiempo para estar dos legislaturas en el Senado o en el Congreso y tener derecho al jubilarse a la máxima pensión sin haber cotizado por ella. Puede comprenderse este interés por el lucro personal, muy lejos de las pretensiones iniciales. Hay que decir y es cierto que la crisis que parece haber pasado ha supuesto un severo correctivo al sector privado, pero no ha sido así en el sector público y mucho menos en el institucional, los cargos electos, asesores y personal de libre designación siguen campando por sus fueros ante la indignación de ciudadanos de todo signo y condición.

Lo que ha pasado en Andalucía es otro aldabonazo al sistema, otra vez gentes que quieren la regeneración política y social han dado su apoyo a una opción populista, que estando en el extremo contrario del espectro no se define como fascista o nacionalsocialista, y que cuando menos es tan constitucionalista o deja de serlo como todos los apoyos recibidos por Pedro Sánchez para ser Presidente del Gobierno fuera de su propio partido procedentes de los que si se definen como comunistas, marxistas y leninistas.

Pero quedarse en esa cuestión sería equivocarse, como es equivocarse juzgar lo sucedido desde el prejuicio político otra vez. Concurren tres circunstancias novedosas y veremos a personas de ambos extremos coincidir en las mismas:

  • Una, se acabó la pretendida superioridad moral de la izquierda; ha aparecido una derecha sin complejos, orgullosa de serlo y que va a discutir de primera mano cada cuestión; la historia golpista o sangrienta de los actuales partidos de la izquierda saldrá a relucir sin medias tintas y eso tendrá que ser asumido por los mismos, les guste o no. El PSOE es el mismo que dio un golpe de estado en 1934 contra el gobierno constitucional legalmente constituido; ERC es la misma que fusiló a muchos ciudadanos inocentes en Barcelona; y el PNV es el mismo que permitió la muerte de muchos prisioneros en los barcos prisión del golfo de Vizcaya. Los partidos a la derecha del PSOE no se consideran herederos políticos ni ideológicos de la Dictadura de Franco o de la Falange y mucho menos la misma cosa; el PSOE y los partidos citados, y otros más como el Partido Comunista, que mucho tiene que ver con Paracuellos, son la misma cosa, orgullosos de serlo. Cada acusación de “fascismo” recibirá respuesta con contundentes argumentos; se acabó la superioridad de la izquierda o el complejo de la derecha.
  • Dos, al hilo de lo anterior, se acabó la política políticamente correcta; las cosas se llamarán por su nombre y las cuestiones se arreglarán conforme a los medios disponibles. Una cosa es la igualdad y la protección a las minorías y otra la imposición de la desigualdad a la mayoría, o las leyes discriminatorias en favor de minorías. Los médicos catalanes pedían volver a su situación de 2008, los empleados y directivos del sector privado seguro que también lo quieren. No es posible.
  • Tres, los excesos se pagan. Tenemos un Estado en exceso, exceso de Estado Autonómico, exceso de separatismo, exceso de ofensas a España, al Rey y a la Bandera, exceso de enchufados públicos (sólo en la Asamblea de Extremadura, sin ir más lejos, 37 asesores nombrados a dedo cobrando una pasta que generalmente no ganarían en el sector privado con su experiencia y formación). Las formas están olvidadas y cualquiera sin la menor preparación accede a cualquier puesto y se mantiene de por vida, no en el Servicio Público, sino sirviéndose de lo público. (Los principales candidatos y dirigentes políticos de los partidos de siempre no han hecho otra cosa en su vida que estar en política). Los excesos, acción, siempre provocan una respuesta, reacción, parece haberse olvidado.

En definitiva sólo el camino de las medidas concretas y ejemplares, menos impuestos, menos cargos a dedo, menos ataques, más educación, más mesura, más efectividad, desde el rigor y la preparación podrán remedio a esta situación. Los partidos centrales del sistema tienen que comprender que o pactan la verdadera regeneración de su existencia soportando ellos mismos con sus recursos su actividad (quien quiera partido, sindicato u organización empresarial que se la pague él) o los extremos populistas los arrollarán. O los grandes partidos nacionales pactan solucionar definitivamente y sin complejo ideológico la solución al separatismo, al enchufismo y al derroche o caerán.

Mientras el PSOE prefiera pactar a la izquierda con cualquier agente anticonstitucional que defiende reventar desde el comunismo la Carta Magna cada vez con menos pudor antes de compartir a su derecha los valores de libertad, democracia y Constitución que le une en mucho grado a quienes allí se encuentran, o mientras el PP tenga ahora la suprema tentación de pactar con un partido que deriva en un neo franquismo no declarado no hay solución al problema, y el problema acabará con ellos.

Es asunto es ser o no demócrata y no querer imponer su pensamiento político a los demás; creer en la libertad de los demás, los extremos no son lo primero, quieren imponer lo segundo y acabar con lo tercero; que así sea entendido por los demócratas, desde la derecha a la izquierda pasando por el centro, es la clave de la cuestión para no rasgarnos las vestiduras cuando los populistas reciben apoyo de los ciudadanos, tomen nota de una vez del problema y de la solución.

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