PORTILLAS

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Carretera adelante, a la derecha, las portillas en la Sierra. Portilla de la Hele- chosa. Pasadas las primeras curvas, en el corte que da la carretera, una recta y otro par de curvas: a la izquierda el carril hacia el Patudo, las Tiesas, etc, y a la diestra, el camino destartalado que sube hasta la Portilla de la Helechosa.

Hace los quirios que no transitamos por esa vereda semi oculta y comida por los abrojos y la maleza. Antaño, los coches podían subir media costana, hasta un claro en el que había, y habrá, un pozo con brocal en medio de una exuberancia de helechos. El helecho tiene un halo un poco extravagante y telúrico, inexorablemente lo relacionamos con todo esa cuestión paleolítica, cuaternaria o jurásica. Pero eso ahora no viene al cuento. Un poco más arri- ba, el claro de la Portilla; al fin y al cabo portilla es puerto, se pasa de solana a umbría, de acá hasta el otro lado. Piedras sueltas, cortantes, nuevas..¿cuar- citas?, jaras y alcornoques; pero como hemos dicho, en el centro, un claro.

¿El Arenal de Arriba llega hasta allí? ¿La cresta de la Sierra, la Portilla, es lími- te entre fincas distintas? ¿O es el Arenalejo ya? A la postre, cuando antaño en el llano se cultivaba la tierra de labor y había rastrojeras, las tortolitas veraniegas abundaban en el arbolado de la Sierra y por la Portilla pasaban, ortos y ocasos, escuadrones de aladas maravillas de la fauna volátil. Uno de los enclaves de nuestro deambular tortolero de aquellos años setenta fue la Portilla de la Helechosa, y otro, el de la  Norita.

La carretera y la Sierra son los dos lados de un ángulo agudo cuyo vértice está en Portezuelo; el ángulo inferior, la carretera y el superior, el espigón serrano que se aleja hacia el noroeste. Después de la Helechosa, la Norita. De nuevo,

¿Arenalejo llega hasta allí o pasa al otro lado de la Sierra? Tanto nos da el caso. La Norita, puerto más bajo, más llano, chabarcón, bohonal, frescura del agua del manantío, y por ende paso y parada para la sed de la fauna. Fue la Norita un paso de tórtolas inolvidable – en aquellos años sesenta, claro – y nos alejamos, Sierra adelante hasta el Arenal del Pando. En el llano, laguna de

 

“Longanizos”, de bonacible recuerdo, seguramente allí descubrimos nuestro afán tortolero una tarde de agosto tirando tórtolas con aquel señor Alejandro (¿Sánchez?) que venía de Talavera de la Reina en un “mercedes”.

En el sopié de la Sierra, el “Raso de la Viña”, pinar, y topónimo al que debería- mos dedicarle unas cuantas líneas. Tal vez más adelante. Siguiendo al noroes- te, el “Joche de la Mata”, espesura, bosque, paso costoso de los intríngulis serranos. ¿No va por ahí el camino de Torrejoncillo? Tal vez, tal vez sea ese el camino que transitaba cada mañana aquel hombre que traía fruta desde Torrejoncillo para venderla en la plaza. ¿Cómo se llamaba?

Estamos ya en el Arenal del Pando, llano de encinas y Sierra, casas de labor y casas en las que vivía gente, no sé si hoy pernocta alguien por aquel otero desde el que se divisaba la finca. Intríngulis ya de carriles; uno pasaba por el dicho otero de las casas y continuaba por el abertal que partía la Sierra; al otro lado ya el Arenal de San Pedro, y más allá de la Sierra la llanura del cauce de la Rivera, tierras de Portaje. Volvamos al sur de la carretera.

Habíamos dicho algo de Rehana y del Patudo de Vidarte; más adentro, el otro Patudo, el de Jacinto Preciado (q.e.p.d.), finca en la que disfrutamos enorme- mente de aquellas tardes de estío, y madrugadas, en las que dimos rienda suelta a nuestro afán tortolero.

Patudo, Mosquiles, Arenalejo, y luego el término de Acehúche: Sesmo, Espi- gadera, y más cerca, Torrecilla y Noques. Portezuelo, con aquello de su seño- río castellano (de castillo) alberga un término municipal enorme. ¿No estuvo en Portezuelo el Temple y luego la Orden de Alcántara? Si Arenalejo a un lado y otro de la carretera, la Torrecilla también. Todo formó, hace siglos, y no tan- to, parte de La Encomienda (Arenalejo no, que es término de Portaje). Cuatro fincas propiedad de Don Ramón Álvarez de Toledo (al que decíamos Conde de la Ventosa), que venía con su familia a pasar largas temporadas en su casa de La Torrecilla y era (es) señor de buen talante, que alternaba en los lugares del pueblo, pegando la hebra con estos y aquellos, muy cordial y caballero. Enviudó de Doña Eulalia, casó de nuevo y ya apenas aparece muy de vez en cuando. SCM.


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