Puertas al campo

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Ya se conocen las tardes, decide mi madre desde la atalaya de su sexto piso donde controla las nubes, la caída de gasa de la niebla y el tejado helado la umbría de las mañanas porque no llega el sol al piso vecino. Es el pedazo de cielo donde trazar la meteorología de sus tiempos de labradora, aunque ahora sean las gentes del campo zahoríes de los papeles de las ayudas de la PAC y no levanten la cabeza para otear el transcurso de los cielos.

Los mapas de nubes, isobaras, anticiclones y tormentas con nombre propio fueron la geografía de mi infancia y me dejaron un gusto por el atlas y las líneas imaginarias de paralelos y meridianos con los que tejer un mundo encerrado en la malla de la geografía. Ángulos de grados heladores y polos que se derriten sobre la delicada y colorida Europa de una Rusia grande y roja. Mi hija se estudiaba países y capitales que no existían y ahora, mis sobrinos conviven con la guerra y se persiguen repartiéndose los papeles: Tú eres el ruso y yo, el ucraniano. Visto lo visto, la memoria que de nosotros guardan nuestros hermanos es un arma de destrucción masiva. La confianza y la intimidad fraterna acaban en la picota pública y se convierten en el más desgarrador de los castigos ¿Quién puede saber más de nuestras miserias en tiempos y espacios en los que no entraba internet que un hermano? Memoria viva, amor y envidia, el espacio fraterno es peor que un campo de minas. Pero en tiempos anteriores a la desmesura eso se dirimía en casa, si acaso, a voces y si trataba sobre lindes y derechos de herencia, en un juzgado y con el testamento por testigo. Ahora no, en pira pública arden los diarios personales y las rencillas de habitación compartida, y nosotros, los que ahora vamos camino de la edad provecta, recordamos con horror la casa llena, el dormitorio y sus literas, los secretos y las alianzas contra el poder establecido, la envidia, los celos y las absolutas diferencias, algarabía fraterna.

La intimidad no es lo que era y pasan las nubes ajenas a nuestras diatribas mientras se conocen las tardes en ese rato de luz que robamos a la noche gélida. Pasa el tiempo y hiela el corazón el tiempo hermoso de la luz fría, el enero de las apreturas y del amanecer de los desmanes. Todo pasa, hasta la navidad y los inviernos ancestrales, el puño de Caín sobre los niños que se pelean en el suelo del comedor de la abuela mientras los adultos hablan de sus cosas y los juguetes se amontonan siempre del mismo lado. Entonces nos pegamos con ganas y alguien hace un gesto para saber si es en broma o es en serio. No se puede poner puertas al campo y los hermanos siguen despellejándose en sordina mientras afuera del balcón de mi madre, se preparan los pájaros para volar un crepúsculo frío. Ya se conocen las tardes, repite ella mientras en el suelo, juegan, feroces, casi uno, los hermanos.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

 


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