SACANDO LOS COLORES

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Aquel año moría en El Pardo, a los 27 años, el rey Alfonso XII.  Las malas lenguas relataban que fue la peste de las pulgas la  que  lo fulminó, pero sería la tuberculosis la que le dio la puntilla.  También, en la villa gallega de Padrón, un cáncer uterino se llevaba por delante a la escritora y poetisa Rosalía de Castro.  Solo contaba con 48 años en su haber.  Más de treinta  mil valencianos  caían ese  mismo año aniquilados por una tremebunda epidemia de cólera.  Pero la primera luz se abría para el novelista Wenceslao Fernández Flórez y para el famoso explorador y aviador italiano Umberto Nobile.  Y, cómo no, para el paisano Pedro Caletrío Jiménez, que podía tener a orgullo el haber nacido el mismo año en que el farmacéutico John Pemberton inventaba la Coca-Cola, bebida que, con toda seguridad, ni vio ni probó en su vida.

A Pedro lo trajo su madre, Ti Josefa Jiménez Esteban, cuando repicaban las campanas a gloria en memoria de San Abilio y San Papías.  Era el último domingo de febrero veletero, el que dicen que es el mes de las mujeres, porque de noche hace sol y de día llueve.  Nació algo patizambo y, con los años, sería conocido en el pueblo como Ti Pedro “Barullo”.  Cuentan que araba con una yunta formada por un burro y una vaca.  Cuando iba rompiendo terrones y quería que los animales parasen, gritaba a la vaca: “¡Paraaaa… hí!”  Y acto seguido, al burro le gritaba  “¡Soooo…!”  Como juntaba las dos exclamaciones, el grito se convertía en “¡Paraíííí..so!”, por lo que la mocedad, aparte de “Barullu”, también le  motejaba como Ti Pedru Paraísu.  Por padre  tenía a Ti Felipe Caletrío Miguel.  Tenía cierta fama de ser algo chistoso y una rara habilidad para componer versos improvisados.

La memoria colectiva trae ecos  de un episodio sucedido en una taberna del pueblo, allá por los años veinte del siglo que periclitó.  Era fiesta grande y los hombres trasegaban vino sin parar.  Ti Pedru “Barullu” sacó unas monedas para pagar una ronda, pero una de ellas rodó por el enlanchado de la tasca.  Al agacharse a recogerla, le falló una de las piernas patizambas y cayó de culo.  Uno de los cacicorros del lugar, tullido, amargado, guasón y sin entrañas, salpicó a la concurrencia con su vozarrón,

-¡Menú barullu ha preparau Pedru Barullu!  ¿Pa qué dejarán entral a loh zómbuh en lah tabérnah,

que dispuéh se rehfalan y pegan únuh culatázuh que son ehcapá de rompel lah lánchah.  ¡Anda, vaiti

con lah pátah zómbah a ehcarrapichalti encima del burru, c,allí t,acomódah bien!

Se levantó Ti Pedro y, encaramándose sin ayuda de nadie encima de una mesa, comenzó a improvisar:

“Los colores coloraos/que te suben por la cara,

se deben a varias causas/y a mí me gusta explicarlas:

la primera es el amor/si andáis pelando la pava;

la segunda, darle al vaso/y beber sin tino y tasa,

y la tercera, señores, /es la más terrible y mala:

que te cojan en renuncio,/con las manos en la masa.

¡Alto, alto el personal,/que algo se me olvidaba!,

que si yo soy algo zombo,/el cacicorro me gana:

Cojitranco y turnio es/y está comío por la sarna.

¿De qué se ríe entonces él/si tiene triple desgracia?”

Dejando corrido de vergüenza a quien metía los hocicos en ajenas vidas y haciendas, se bajó de la mesa y mandó al tabernero echar una ronda.  Con irónico colmillo, se dirigió al déspota guasón y, alzando el vaso, le espetó: “-Ehtuh vásuh, señol mandamáh… ¡a tu salú!”

Sanísimo es ruborizarse por andar pelando la pava y remando entre las suaves olas del amor.  Tampoco es delito el mostrar algunas chapetas cuando se chatea con un vaso de “bon vino”, tal que antiguos juglares, con la cuadrilla de amigos.  Pero que le asomen los colores (mezcolanza de ira y de vergüenza) a los que criminalizan el “Tramabús” que la formación política Podemos ha echado a rodar por las calles, es echarse tierra sobre sus propios ojos.   El Tramabús no es otra  cosa que una enorme, pública y rodante denuncia que pretende que los trapos sucios no solo se laven en el Congreso de los diputados, sino también en la calle, por donde circula la gente, por ese parlamento ciudadano y bullicioso que es, en el fondo, quien acude a llenar las urnas de votos.  Naturalmente que, tal y como improvisaba en sus versos el nieto paterno de Ti Ramón Caletrío Díaz y de Ti Eulogia Miguel Sánchez, más que perversas razones tienen para sonrojarse los que son cogidos en renuncio y con las manos en la masa.  También los que, manipulados o a sabiendas, los apoyan con sus papeletas.

Ahora, la mentada formación política baraja la presentación de una moción de censura contra el Gobierno de la nación, cuyo partido que lo sustenta, el PP, ha sido calificado en diversos medios y por ciertos juristas al modo de “una organización criminal dispuesta para delinquir”.  Una de dos: o se está con los corruptos, con esas mafiosas tramas que han robado a manos llenas los dineros públicos, o se está con la gente, más que harta de la podredumbre y del muladar en que se ha convertido este país y encima del cual sobrevuelan infinidad de gaviotas.  Sobran politiquerías, compadreos y contemporizaciones entre el resto de los partidos políticos.  Al toro se le coge por los cuernos, y al pan se le  llama pan, y al vino se le llama vino.  Es preciso levantar barricadas democráticas para que no dejen pasar los infamantes, calumniadores y cobardes mantras y consignas que vomitan a los cuatro vientos los que defienden sus latrocinios desde sus Bastillas y sus Palacios de Invierno.  Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, a la que algunos llaman “La Condesa de la Corrupción”, aunque hasta la fecha haya tenido gran habilidad para sortear los dardos, ya perdió sus dos manos derechas.  Y es que ella, tal que la Santísima Trinidad, no se podía concebir sino como tres personas en una.  Por ello, tenía tres manos derechas: la de Francisco Granados Lerena, la de Ignacio González González (ambos expresidentes de la Comunidad de Madrid y nombrados por ella) y la suya propia.  Dos de sus diestras manos ya están apuñando los barrotes del penal.

Mamandurrias a diestro y a siniestro.  Porque habría también que preguntarse qué hacía Cristina Cifuentes Cuencas como miembro del patronato del Canal de Isabel II.  ¿Acaso no se coscaba de lo que estaba ocurriendo o tal vez prefería mirar para otro lado?  A este paso, la charca enlodada y pestilente se va a quedar sin ranas.  Ha ahí a otro batracio saltando a tierra firme.  Nada menos que Rafael Catalá Polo, todo un ministro de Justicia y notario mayor del Reino, el que ha tenido la desvergüenza de enviar un sms a su amiguito Ignacio González, cuando ya andaba ataviado con el pijama de rayas: “Gracias, Nacho.  Un fuerte abrazo.  Ojalá se cierren pronto los líos”.  ¿No les recuerda esto al “sé fuerte” que Mariano Rajoy Brey envió a Luis Bárcenas Gutiérrez, cuando también estaba en el trullo?  Y, luego, el Fiscal Jefe de la Fiscalía Especial contra la Corrupción y la Criminalidad Organizada, Manuel María Moix Blázquez, zancadilleando el registro de la casa de González y entorpeciendo la labor de la Justicia.  La zorra al cuidado de las gallinas.  Como para no sacarle los colores a toda esta panda compinchada con los de las tarjetas Black, con la Esperanza que huía por la Gran Vía, con los espaldarazos otorgados a Miguel Blesa de la Parra o con el frenado en seco de la carrera judicial de aquel juez justiciero llamado Elpidio José Silva Pacheco.

La reacción, donde marciales y prietas las filas se apretujan el PP, el PSOE de la Gestora, Ciudadanos, el PNV y otros parvulillos menores, no quiere oír hablar de moción de censura.  Es la gerontocracia (también hay jóvenes de geriátrico) gatopartidista, la acostumbrada al cabildeo de la Vieja Política, a quienes les redactan sus programas económicos neoliberales como Luis Garicano Gabilondo, el mozo para todo de la patronal bancaria, o Jordi Sevilla Segura, quien actualmente asesora al BBVA, a fin de que no tenga que pagar el tremendo robo que se perpetró contra la gente por las cláusulas suelo y vayan otra vez a parar a manos de los hipotecados.   Hay un gran miedo a retratarse ante la moción de censura.  Miedo por parte de aquellos a quienes les tiemblan las piernas porque nunca acostumbraron a poner las cartas boca arriba.  Miedo de los que tiran la piedra y esconden la mano.  Miedo de los que le ponen una vela a sus dioses y otra a sus diablos.  Miedo a los que decimos muy alto que nuestros sueños no caben en sus urnas.  Miedo a los que ahora son indiferentes y dejen de serlo porque aprenderán a entender y a escuchar al sociólogo Antonio Gramsci: “Odio a los indiferentes.  Creo que vivir quiere decir tomar partido”.  O a amar los versos de Gabriel Celaya: “Maldigo la poesía del que no toma partido hasta mancharse”.

Miedo a los rapsodas surgidos del pueblo, que como el nieto materno de Ti Ángel Jiménez Montero y de Ti Bárbara Esteban Alfonso, se subían sobre una mesa y sacaban los colores a todo hijo malnacido.  Los gélidos fríos de un enero nos arrebataron al paisano que araba con un burro y una vaca.  Le dieron tierra mientras el Soyuz 5, lanzado por la Unión Soviética, surcaba los espacios siderales.  El almanaque pintaba en rojo la festividad de Santa Secundina y San Bonito.  También improvisó el paisano sobre otros rubores y arreboles más honestos, cargados de profundos y románticos sentimientos.  Algo quizás heredaría de él nuestro poeta, el que se nos llegó zancajeando entre los relentes del invierno y aún recuerda, emocionado, el calor y el color de las mejillas de aquella por la que bebía los vientos.

“Sonó el gong y el otoño fenecía.

Subías, soñolienta, los peldaños,

abstraída en tu mundo y sus apaños.

Lentamente, el alba esclarecía.

 

Clara y limpia, como agua de umbría.

Tus ojos, bellos y azulencos caños,

derramándose en vaporosos baños

donde anhelo bañarme cada día.

 

Tu nombre me salió tan de repente,

que no pude frenarlo en mi garganta.

Te volviste.  Me tenías frente a frente.

 

Observé en tu mejilla rojez tanta,

que tu cara se volvió hoguera ardiente

y, por poco, el sonrojo me atraganta”.

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