Sin acritud

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Sin dar juicios de valor, los medios locales se han hecho eco de la noticia de la recogida de 6.000 kilos de basura en un barrio de nuestra capital; de la duración de la campaña de limpieza: dos semanas; del número de operarios, de vehículos ligeros y de alta presión,
empleados para retirar escombros y enseres: 10 y 4 respectivamente; del desatascado de la red de saneamiento; del vaciado de la zona del garaje del bloque B y de la limpieza de la red del alcantarillado. La máxima autoridad de la ciudad sí lo ha hecho: “se quiere
poner al día una zona que ha sufrido muchos años de abandono, en la que queremos intervenir muy seriamente desde el Ayuntamiento para que deje de ser un entorno tan deteriorado”.

No pretendo hacer crítica alguna a la medida. Si es preciso limpiar, se limpia, por razones
de salud y seguridad sanitaria pública, ¡faltaría más!, pero permítanme una pequeña
reflexión sobre los términos “mucho”, “tiempo”, “abandono”, “sufrir”.

¿Porque cuántos son “muchos años de abandono”? ¿Dos, cinco, nueve, uno, catorce? De
sobra sabemos que el término “mucho” es relativo y que lo único cierto es que significa lo
contrario de “poco”. Lo explican las matemáticas y el sentido común. Tanto, que cuando
un niño en edad infantil debe aprender, por primera vez, dicho concepto, se le representa
en ejemplos concretos, y únicamente bajo dos opciones (mucho, poco) para que
diferencie, porque si no es una, es la otra. A la fuerza.

Puede haber en las palabras empleadas por el político, un toque inadvertido de
apercibimiento hacia quienes -a su juicio- son responsables anteriores de un abandono
ancestral que ahora sale a paliar, ¡por fin!, un ayuntamiento sensible bajo su mandato.
¿Quienes? ¿Los gobernantes o los vecinos? La crítica velada parece señalar a los
primeros, sin distinción, bastante más identificables que los segundos. Éstos últimos
siempre son más y nombrarlos con nombre y apellidos constituiría todo un exceso. O un
imposible. Porque, además, votan. Y así es cómo, de repente, un problema de limpieza en
una zona ocupada por unas personas concretas -que sin duda han intervenido en él,
generándolo- pasa a “constituir” (según la frase) un problema de abandono de toda una
barriada por parte de “otros”.

Yo comprendo que cuando se hace gestión, se la quiera realzar con afirmaciones
autoelogiosas. Pero para eso no hace falta denigrar todo lo anterior sin distingos. Porque
además, generalizando de ese modo, se alimenta y engorda un reiterado estereotipo que
a su vez nutre a un cliché denigratorio -y sin matices- de la zona. Así también se puede
contribuir a la etiqueta de marginalidad de un barrio y de todos sus habitantes, cuando
realmente se trata, en este caso, de la falta de civismo y de limpieza de unos cuantos. Y
sucede que una vez establecido el bucle ya no hay salida ni redención para los
damnificados. Resolvemos la ecuación hablando de la supuesta impericia o dejadez de
unas personas, para no tener que fustigar (metafóricamente hablando) en público, a los
verdaderamente responsables del desaguisado. De paso, y con cargo al contribuyente,
nos hacemos cargo de unas reiteradas faltas de civismo. Las de quienes llenan de basura
los espacios colectivos, atascan, obturan, etc. Como si hacer todo eso fuera la
normalidad. Hay cosas que no cambian.


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