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EL POZO PEREGRINO

EL POZO PEREGRINO

Estimados compatriotas: A ver. En medio de estos días tristes, de encierro domiciliario y de noticias envenenadas en los pérfidos medios de comunicación, no nos queda más remedio que echar mano de los recuerdos, volver la vista atrás y esperar a que escampe, si es que escampará algún día.

He recordado hoy aquellos viajes de antaño a la Cofradía de San Cristóbal. Los mayores saben a qué me refiero. La finquita era un olivar cercado que tenía mi familia en la orilla del Tajo, cuando el río era río, y antes de que llegaran las aguas del Embalse. Íbamos a La Cofradía en caballo, burro o a pie. Salíamos por la Plazuela de la Iglesia, Atahonas y calleja de la Norita; o bien a Santa María y detrás la calleja del Ortigón. Ambas callejas se juntaban ya cerca del abertal del dicho Ortigón; pasábamos el collado y por una estrechura del cerro seguíamos la vereda. Eso era el camino de Garrovillas, que llevaba hasta la Barca. Antes, a la derecha y una vez bajado el ribero por las ondulantes curvas del camino, estaba la angarilla del cercado de La Cofradía. Pero antes de bajar el ribero, a la derecha de la vereda, en un paraje ameno de pizarras y retamas, estaba el Pozo Peregrino. ¡Cuántas veces nos habremos parado allí Joaquín y yo a beber de su agua ferruginosa y fresca!

El pozo tiene un pequeño brocal y de una rama del acebuche que tiene por encima, colgaba un bote con cuerda para sacar el agua. Bien, pues no hace mucho y tras haber pateado el Ortigón, aquí mi compañero Pedro y servidor, escopeta en brazos, a ver si alguna de las perdices de suelta nos daba una oportunidad; digo que de regreso al coche, dimos vista al paraje donde está el Pozo Peregrino. “Vamos a echar un trago” acordamos. Pero he ahí que fue asomarnos a su interior y con espanto prorrumpimos en maldiciones. ¡Un cadáver flotaba en sus aguas turbias! ¿Qué sería aquello, aquella panza horrible allí flotando? No pudimos saciar nuestra sed con aquellas aguas deliciosas de nuestros recuerdos. Pero ¿cómo es posible tal estado de dejadez y postración? ¿No merece el humilde Pozo Peregrino una mirada de la autoridad, para que se asee, se desinfecte, se limpie, se prepare y sirva para que peregrinos, paseantes y esporádicos transeuntes disfruten de sus aguas manantiales, puras y divinas?

Venga, Benito, Sr. Alcalde, por favor. Una miradita, una ayuda para recuperar el testigo de tantos sueños y aventuras.

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