DONDE LA ESPERANZA CULMINA…

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Donde la justicia social del Estado
de Derecho acaba, principia la caridad cristiana. ¡Ay si no existiere la
caridad, perdida toda esperanza…! Cada día más españoles pierden su esperanza
y no hallaren otra fe sino la caridad que les diere de comer. “El que
oprime al pobre afrenta a su Hacedor, pero el que se apiada del necesitado le
honra.” (Proverbios, 14:31). Ha reconocido el maestro de la Salud y de la
Política Social de la Junta de Extremadura, Hernández Carrón, el penúltimo
eslabón para la inserción, antes que la renta básica, último eslabón –afirma–
para aquella. Solo que Caritas existiere antes que la caridad del consejero;
pues si no hubiere existido, ¿a qué la renta básica? “Primum vivere,
deinde philosophari” (primero vivir, después filosofar). En roman
paladino: primero, la obligación; después, la devoción. Y ha comprendido las
palabras del evangelio: “En verdad os digo que en cuanto no lo hicisteis a
uno de los más pequeños de estos, tampoco a mí lo hicisteis.” (Mt. 25:45).
Frase proverbial española, “la esperanza es lo último que se pierde”,
o aferrarse al deseo que se espera ver cumplido. “Venid a mí todos los que
estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré.” (Mt, 11, 25:30). A dónde
ir, Señor; qué camino toman los pobres que no hubieren que comer ni ropas que
vestir sino Cáritas, la caridad que se entrega por amor al prójimo, sin nada a
cambio.

            

Más parlamentario que político, más
vocero que cumplidor de lo que predicare y no cumpliere, Carrón se ha rendido a
una evidencia: la cadena de Cáritas, que no se abre y se cierra en las
políticas de su Consejería, sino que existiere antes que su hacedor, y ha
entregado a las tres Cáritas extremeñas 650.000 euros para que sigan ayudando
“a las cada vez más personas sin hogar de la región”. (Véase el
digital de El Periódico Extremadura del 18-4-2013).

            

Dominaba un Carrón. antes portavoz
que gestor de la Salud, el hemiciclo, con su voz torrentera, la portentosa
figura que dominare el escenario y que levantare los fáciles aplausos de los
suyos. Parlamentario más que político, el maestro persigue la convicción a
través de la retórica; pero olvida que la convicción no está en el escenario
vedado a los necesitados –como lamentablemente resolviere días pasados su
presidente, después converso–, que no fueren escuchados ni hubieren su
portentosa voz. Ahora, en la gestión política, no vale la oratoria, sino la
política de los hechos, y se aviene a reconocer, fuera del hemiciclo, lo que en
los despachos pareciere negarse: el tributo al César (“dad al César lo que
es del César y a Dios lo que es de Dios”, Mc, 12:17). Carrón niega a los
pensionistas lo que fuere de ellos y a su César, lo que él le pidiere…
Confunde la derecha la caridad con la justicia social y pretende cerrar con una
ley de mínimos lo que ya abriere Cristo hace dos mil años: “Porque cierto
os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde
pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.” (Mt. 5, 17-19).

            

Es vanidoso el político orador en la
tribuna; fuera de ella, se retrae, pierde la voz, sumido en mil y un problemas
que no resuelve la retórica. No se da la talla por la estatura, sino por la altura
de miras, por los hechos, no por las palabras. Todo lo que hiciere fuere poco
en la región más pobre. Y aun así, los gestores de Cáritas, agradecidos, le
ruegan más generosidad, “cuando tenga posibilidades, porque cada euro irá
donde tenga que ir”. (Íbid.) Ha perdido la tribuna el maestro. Solo le
falta aprender la praxis de la política: la justicia antes que la caridad; la
igualdad antes que las diferencias que ahondan la separación de clases sociales;
la justa distribución de la riqueza, antes que la palabra encendida y vacua; el
exacto lugar de la justicia social previo a la caridad; la fe recobrada antes
que la esperanza perdida por quienes no vieren en el horizonte otro credo
político y religioso que la necesidad humana…; como la política, el arte de
lo posible, empezando por los de abajo, nunca por los de arriba, que ya lo hubieren
todo y nada precisaren… y para volver a cantar un día con Labordeta el “Canto a la libertad“.


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