LOS ARBOLES MUEREN DE PIE, por Juan Antonio Pérez Mateos

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….Villanueva de la Sierra acoge, este domingo, a los hombres de Adisgata y a otros tantos romeros, enamorados de la Madre Naturaleza, de la sombra que nos cobija, de la altivez de los árboles – los árboles mueren de pie, según la obra de Casona –; y recordaré aquellos viejos troncos, donde urdí tantos sueños de infancia, y los olores y rezaré la plegaria del árbol…..

[Img #34350]Lo comentaría con Alejandro Casona, tiempo ha, él tan
metafórico y teatral, sus árboles en el fondo del escenario y recordaría, a la
vez, los álamos de mi infancia y, hasta tal vez, los álamos laurentinos de
Alonso Mora, allí en el Egido, extendidas las sombras sobre una curva, similar
a la del Duero machadiano, pero esta, lamentablemente, de almendrilla, álamos
centenarios, ya en el último suspiro, que nos metíamos niños en los troncos
entre gozos y risas, con el sol y sombra dibujada sobre la vieja carretera,
cuasi en un réquiem, sellos arbóreos plantados por nuestros antepasados, tras
la feliz idea del párroco de Villanueva de la Sierra, don Ramón Bacas Rouxo, de
feliz memoria, clérigo mayor de la Naturaleza, animador de ese oasis  altivo en pleno Egido, homilías de brazos
entusiastas en un aire puro, ramas y hojas que alzarían la belleza de sus
brazos y sus hojas ante la vieja arquitectura de la villa; que sería día grande
en ella, correría el vino y sonarían dulzainas y tambores; y corría el año de
gracia de 1805 y, de esta suerte, el árbol tendría su fiesta, por primera vez,
en el orbe; y hasta el regeneracionista Joaquín Costa levantaría acta de la
misma en sus escritos, cuando eran regidores Pedro Arquero y Andrés Hernández
y, de esta suerte, la “Fiesta del Arbol” se convertiría en un estímulo más para
amar el árbol.

            No se sabe bien si sería un domingo
o martes de Carnaval y, en el espíritu de don Ramón, estaría convertir los
terrenos de Villanueva de la Sierra en una floración, en un glorioso ejército
de troncos, ramas, hojas y sombras; y luego, transcurrido un tiempo, muchos de
los parajes serían plateados,  hermosa
hopalanda de olivos con lentejuelas verdes de la vid. No sabemos si ya se
celebraría o no la romería de Dios Padre; y de esto daría fe el admirado y
siempre en los afectos Valeriano Gutiérrez Macías, con su pasión de buceador de
legajos y cronista mayor de la tierra parda.


            Ese paraje donde brotaría el hermoso
edén, está muy vinculado a mi vida: en afectos y sueños, sensible a sus
siluetas …: el arroyuelo humilde que manaba en la ladera de la Sierra de Dios
Padre, cruzaría el Egido y se perdería, aguas abajo, junto a mi molino Cimero
y, en una de estas fiestas, yo plantaría un ciprés – ahora muy crecido -,  con su sombra alargada hasta la casa de mi
padrino, Rufino Saúl, hombre de versos y gran calígrafo. A una de estas
conmemoraciones, vendría el recordado Manolo Veiga, hombre de saberes y
presidente de la Diputación.


Después, al final del Sahual, se alzaría un monumento al
árbol, muy abstracto y de poco reconocimiento para las retinas de los vecinos,
que, incluso, lo llamaban, no sin cierto desprecio, “el árbol del ahorcado”, a
pesar de su simbología. De todos modos, fiel a ese amor por el árbol, Elías
Durán, hombre acaudalado y de saberes, detrás de su bella casa en la plaza,
crearía un pequeño huerto – jardín con especies muy raras, como cicas, olorosas
magnolias y muy sabrosos frutales, edén cuasi versallesco, remembranza, incluso
de la Toscana. Qué vergel y qué pena que sólo queden algunas palmeras, como las
cantadas por Miguel Hernández:”Alto soy de mirar a las palmeras”; y el impresionante
magnolio, bello perfil sobre el plano inclinado de los tejados; y la altivez
del campanario y, en la cima, la ermita de Dios Padre. ¡Qué miranda según se
accede a Villanueva desde Pozuelo de Zarzón!


Villanueva de la Sierra acoge, este domingo, a los
hombres de Adisgata y a otros tantos romeros, enamorados de la Madre
Naturaleza, de la sombra que nos cobija, de la altivez de los árboles – los
árboles mueren de pie, según la obra de Casona –; y  recordaré aquellos viejos troncos, donde urdí
tantos sueños de infancia, y los olores y rezaré la plegaria del árbol:


“Tú, que levantaste contra mí tu brazo armado,

antes de
hacerme mal. ¡Reflexiona!

Dios me ayuda a crecer sin molestar.

Soy la sombra amiga
que te protege del sol.

Mis flores y frutos sirven a tu recreo.

El bosque en
que vivo es fuente de salud y belleza.”


                                

 


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