EL BRUJO Y SU BUFONESCA HAGIOGRAFÍA MÍSTICA

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El público cacereño, que casi llenaba las gradas de Las veletas tanto el sábado como el domingo pasados, se entregó entusiásticamente desde un principio al gran bufón populista, que es Rafael Álvarez El Brujo en su Luz oscura de la fe.

[Img #37078] Pese a intitularse él de juglar, sabemos que los juglares recitaban o cantaban canciones de gesta, no poemas líricos, como en este caso; quizá para responder algo a dicho carácter narrativo o épico, más de una hora se dedicó a recrearse en anécdotas sanjuanistas un tanto chuscas, que él con su histrionismo andaluz, enfatizaba hasta el paroxismo o hasta la fácil carcajada general.

 

 Por ejemplo sobre la caída de Juanito, el tímido y cortito niño que llegó a ser el hazmerreír de la pandilla, hasta que una señora, sin nombrar a la Virgen, le reflotó, la cual le rescataría más tarde de la lóbrega mazmorra, donde le encerraron sus crueles hermanos calzados, con la sola compañía del animado ratoncito Fulgencio, enviándole una “oscura luz, que solo se ve desde la fe” y ayudando al devoto frailecico místico a deslizarse por una ventana de mediana altura; allí le esperaba un rabioso can que le despojó de su calzón y le persiguió hasta dar en el patio de unas monjas franciscanas, que se quedaron estupefactas al verle totalmente desnudo. ¡Qué cómicas  las reacciones de la monja portera, que le veía de esa guisa sin aparentar mirarle!

 

 En estas y otras ocurrentes anécdotas se demoraba reiteradamente hasta arrancar repetidas veces la risa y los aplausos del respetable, pero aligerando bastante las controversias entre carmelitas descalzos y calzados, que se mostraban particularmente crueles con el reformador místico, al que le propinaban ruedas de collejas, matándole a hambre y marginación. Él citaba constantemente a sus biógrafos y usando su español clásico, con algunas aclaraciones por su parte. Y otro excurso de humor negro algo macabro, fue el del traslado del cuerpo del Santo desde Baeza, según Cervantes, o desde Úbeda, según sus biógrafos hasta Segovia, lo que él parodió citando el capítulo 19 del Quijote.

 

Y salpicando este gran trigal anecdótico, aparecían de cuando en cuando, con cambios cenitales de luz recortada, cual amapolas entre el trigo hagiográfico, el buen recitado de sus tres mejores poemas místicos, aunque incompletos: con el muy breve y poco lucido acompañamiento de un tímido violín, que resultó poco lucido, pese a ser original la música compuesta por el maestro Javier Alejo.

 

Pese a este gran desenfoque dramatúrgico y paradójicamente caricaturesco, el buen actor Rafael Álvarez, pese a su desmedida sobreactuación gesticular, pero con un buen dominio de la expresión oral, se metió al público en el bolsillo una vez más en una fría noche de Las Veletas.   


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