GUILLERMO, MIS MÁS SINCERAS DISCULPAS

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Lo ha pasado francamente mal. Se ha visto obligado a arroparse de los suyos porque en la vida, como en la muerte, todo nos une. El candidato socialista a la Junta de Extremadura, Guillermo Fernández Vara ha pasado una de las peores semanas de su vida. Sé de lo que hablo. Yo también enterré a dos hermanos con una diferencia de un año y me costó una crisis que por poco sigo su camino. No. No ha estado escondido. Ha estado primero velando, segundo dando tierra, y tercero llorando por su hermana fallecida. El ex presidente Juan Carlos Rodríguez Ibarra ha sido uno de sus mejores apoyos en estos duros momentos. Por ese motivo, delegó en Valentín García el ataque a Monago por sus viajes a Canarias. Fernández Vara ha estado de duelo por una hermana, puede que la más querida, que fallecía hace una semana.

 

Pero este sábado demostró haberse recompuesto y estar en plena forma. No. No tiene la sangre de horchata. Continúa siendo el Guillermo Fernández Vara de siempre. Ese que podía vivir como un marqués con su sueldo de forense y que prefirió meterse en política por el bien de todos los extremeños. Y que conste que a mí me extrañaba el silencio en un hombre culto y cultivado, que puede hablar a las claras y con razones de peso. Él fue el presidente que sucedió a Rodríguez Ibarra en la Junta de Extremadura y marcó un estilo propio, pero sin dejar a un lado la labor brillante de su antecesor. El que reniega del pasado está condenado a repetirlo.

 

Juan Carlos Rodríguez Ibarra fue un buen presidente. Hizo que los extremeños olvidaran el caciquismo imperante hasta entonces y que se sintieran hijos de una tierra buena. Sus decisiones fueron muy cuestionadas, pero era el único barón del PSOE que abría telediarios por doquier y que acuñó, con dos cojones, aquella frase de que los catalanes tenían dos lenguas pero no dos bocas, harto de que Madrid le diera todo lo que pedía a Jordi Pujol. Hasta tal punto fue su desasosiego por esta tierra nuestra que pudo costarle la vida. Le costó su primer matrimonio, eso sí, pero ahora está felizmente casado y vive en Badajoz.

 

Guillermo Fernández Vara se encontró una Administración Regional moderna, consolidada y funcionando. Sólo tuvo que saber pilotar la nave y lo hizo como un buen capitán. No como Monago, al que la soberbia le puede y con él y Mariano Rajoy llegaron los recortes. Guillermo lo ha pasado mal, pero el sábado, en presencia del secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, no tuvo pelos en la lengua y dejó bien clarito que PP y PSOE no son iguales, como dice Podemos. “Cómo vamos a ser iguales si tenemos prioridades distintas”, afirmaba ante un auditorio entregado. “Cómo vamos a ser iguales quienes pusieron el transporte escolar postobligatorio gratuito y quienes lo quitaron”, en clara alusión a Monago y los suyos.

 

Y fue más allá. Está preparando la denominada Agenda del Cambio, con planes y fechas, que se registrará ante Notario para que cuando recupere el Gobierno de Extremadura se cumpla y, si no, “para casa”. El secretario general de los socialistas extremeños se refería, asimismo, a que el “problema” ahora no solo lo tienen los 142.000 desempleados que hay en la región, sino también aquellos que aun teniendo un empleo, y dada la precariedad laboral “fruto” de la reforma laboral, se encuentran por debajo del umbral de la pobreza.

 

Este es mi Guillermo. Peleón desde la educación, sin dejarse vencer por los nervios, dando la cara ante la militancia y los simpatizantes. No. No tiene sangre de horchata. Tiene sangre, como todos los demás, y yo reconozco que he sido muy injusto con él. Considero que en política no todo vale, por eso he expresado mi desacuerdo con lo que se ha hecho con José Antonio Monago desde el Diario Público, pero estoy con mi maestro Félix Pinero Sánchez: la vida es demasiado complicada o nos la complicamos nosotros mismos.

 

Guillermo te pido mi más sincero perdón por desconocer el fallecimiento de tu hermana y arremeter contra ti y espero recibas mis condolencias y las de toda mi familia. No hay cosa peor que enterrar a un hermano. ¡No hay cosa peor que morirse, qué coño!

 


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