LA DIVERSIDAD HUMANA

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Muchas veces he oído decir que el ser humano es único e irrepetible. Opino que tal dicho es cierto. O, al menos, encierra gran dosis de verosimilitud. Pero para hacer una afirmación de este tipo, sin cometer un minúsculo error, debería conocer a todas las personas del mundo. Lógicamente no he tenido oportunidad de hacer semejante cosa. Y dudo que alguien haya conseguido dicho reto a lo largo de su existencia. Lo que sí puedo afirmar, sin temor a equivocarme, es que en el adusto camino andado desde el día en que nací hasta hoy, he conocido a muchos seres y aún no he hallado dos iguales. Incluso aquellos gemelos que me parecieron a simple vista dos gotas de agua, con el paso del tiempo pude observar que, pese a la gran similitud física, sus gustos, sentimientos y/o actitudes eran bien distintos.

 

         Está claro que somos diversos. También somos ególatras y egoístas. Ambos defectos son culpables de que siempre nos consideremos en posesión de la verdad y, en cualquier momento, queramos arrebatar de las manos del contrincante esa certeza que creemos nuestra. Desde los tiempos más remotos, la egolatría y el egoísmo, unidos a la irascibilidad, han provocado a menudo problemas en el seno familiar o social: discusiones, peleas… E incluso, en más de una ocasión, causó lamentablemente daños mayores: exacerbadas reyertas, muertes…  como ocurrió poco tiempo atrás en el país vecino y, a lo largo de la historia, en tantos otros lugares.

 

Si todos los hombres y mujeres del planeta tuviésemos un pensamiento único, posiblemente dejara de existir el mencionado problema. Pero en el supuesto de que este hipotético caso pudiera convertirse algún día en realidad, la vida terrenal sería sumamente monótona y aburrida. Y la sociedad quedaría profundamente empobrecida, ya que la riqueza de cualquier pueblo demócrata consiste en la diversidad humana. Jamás habrá terreno más ubérrimo que el compartido por pobres, ricos, conservadores, progresistas, religiosos, ateos… Ni zona más paupérrima que la formada por grupos homogéneos.

 

Acaso otro modo de solucionar el citado conflicto sea aboliendo la libertad de expresión. Pero el mayor tesoro que puede poseer la humanidad es, precisamente, la libertad; la libertad en todos y cada uno de sus ámbitos. Sin libertad nos transformaríamos en simples títeres, en pobres marionetas manejadas por recios y autócratas brazos. Porque este fundamental derecho es el que realmente hace al hombre, hombre.

 

No hemos nacido para vivir aislados. Si queremos crecer humanamente, hemos de relacionarnos con nuestros semejantes. Generalmente buscamos amistad en los seres de nuestro entorno que poseen mayor afinidad con nosotros. Es lógico. O, al menos, lo parece. Cuanto más conocido nos sea un ambiente, mejor nos desenvolvemos en él. Y, cuando tratamos exclusivamente con correligionarios reducimos, en mayor o menor medida, las disputas, los enfrentamientos… Pero si la diversidad es riqueza, ¿por qué nos conformamos con ser pobres?  ¿Por qué nos da miedo abrir el corazón y la mente a otros horizontes, a otras gentes? ¿Alguien o algo nos puede impedir que nos manifestemos pacífica y civilizadamente? Si nos gusta llamarnos a sí mismos y ser llamados demócratas, comportémonos como tales. Vivamos y luchemos por la democracia.


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