LOS CONDIMENTOS DE LA POLÍTICA

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 El otro día me enternecí. No me tengo por insensible, pero el otro día me invadió un golpe de ternura especial. Ya mi padre lo decía: “Hija, me gusta que me encargues hacer cosas, porque así me sigo sintiendo necesario para vosotros…”. Ay, mi padre y su inteligencia!

 

Pero bueno, a lo qué iba. Llegó alguien a pedirme consejo, totalmente desprovisto de malicia, con ingenuidad. Quería saber lo que me parecía su entrada en política, en unas listas municipales de un pequeño pueblo.

 

Le pregunté lo qué le preocupaba, por qué me hacia a mi esa pregunta. Teóricamente, y en la práctica, vivimos en un país y en una región, democráticos, y lo de ser político es visto como algo normal, nada extravagante, incluso puede sentirse como una obligación para quien quiera trabajar de manera sistemática en cuestiones generales de interés común. No soy joven, así que a tenor de las modas imperantes dentro de algunos partidos, (jajaja), pudiera yo estar un tanto desfasada en la actitudes a la hora de enfocar estos casos (eso es lo que se pregona aquí y allá al hacer listas y todo eso). Se lo dije.

 

Pero mi consultante insistía: -“No es verdad, me interesa su opinión, ¿usted cree que recibiré represalias en el futuro?. Usted cree que podrá perjudicarme?”.

 

Yo me atraganté: -“¿Cómo, aún estamos con esas? No lo creo, no debiera, ¿quien iba a hacer una cosa así?”. –

 

“Y tu, qué quieres?” -le pregunté.- “Porque eso es lo realmente importante”.

 

-“Pues tengo un lío en mi cabeza, en realidad quien me lo propone forma parte de un grupo con el que colaboro hace tiempo” -me respondió. –

 

“Yo lo veo meridianamente claro” -le dije.

 

Huelga decir que lo animé a participar, -“¿Cómo crees que puedo aconsejar otra cosa teniendo la trayectoria que tengo?” – argumenté. –

 

“Por eso le pido consejo” -concluimos.

 

Y yo (que tonta) sentí una oleada de aire fresco, por todo, primero por su decisión y segundo porque el respeto de sus palabras taparon las malas tardes, las indiferencias, y los malos rollos de los últimos años. Hasta los desprecios (de los de aquí y los de allá) hacia una trayectoria y unas capacidades.

 

En mi casa tengo siempre laurel. Y romero. No, no es la letra de una canción. Mi padre los cultivaba en el huerto/jardín anexo a la vivienda. Aún siguen allí las matas. Cada vez que llegábamos a Zamora, él, ya mayor en edad, me decía: “Carmen, ¿necesitas algo? ¿Quieres que te corte unas ramas de laurel para los guisos? ¿Quieres un poco de romero?” Y yo le decía que si, que las necesitaba (aunque aún me quedaran de otro viaje anterior) solo por el mero gusto de verlo bajar a cortarlas, ojear como organizaba los ramos, preparándolos para que nos los trajésemos a Cáceres. Sentirse necesario a sus hijos, a su gente…ese era el propósito. Y el nuestro, respetárselo.

 

Imagino que todos los padres hacen algo parecido. Y que hay muchas formas de “paternidad”. Incluso en política. Aunque ahora no se lleven. Y muchos crean que están descubriendo el mundo y sus características, ellos solos, tan sabios…


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