ROMERÍA POPULAR EN SANTIBÁÑEZ EL BAJO

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Desde tiempo inmemorial, la localidad de Santibáñez el Bajo, perteneciente al antiguo alfoz de la Villa y Tierra de Granadilla, celebró una romería en honor a San Albín, uno de los santos más raros y heterodoxos del calendario. Tuvo su ermita en el paraje de su mismo nombre, al pie del pago de “Lah Víñah”, un terreno que en la antigüedad estuvo murado, teniendo tan solo dos portillos para acceder a él y donde la totalidad de los vecinos tenía una pequeña parcela. Todo un mosaico de diminutos huertos, denominados “genálih”, de excelente tierra y con un perfil auténticamente minifundista.

  [Img #43583]Los documentos antiguos hablan de estos terrenos, que estaban plantados de viejas viñas y que incluso tenían un guarda, nombrado por la hermandad de labradores.  En la primera mitad del siglo XIX, la ermita se vino abajo.  Sus puertas fueron a parar al cementerio de nueva construcción, ya que, antes se enterraba en el suelo de la iglesia parroquial y en su recinto exterior.  Las tierras que rodeaban a la ermita y donde se celebraba la romería fueron desamortizadas y pasaron a manos particulares.  Pasando unos años, comenzó a celebrarse otra romería, pero esta vez en honor del Cristo de la Paz, antes denominado “Cristo del Humilladero”. En esta romería  el pueblo engalanaba con tomillo y romero los aledaños a la ermita, situada en el casco urbano, y asistía a misa.  Luego, se repartía pan, queso y vino entre los vecinos, a cargo del Ayuntamiento, y había baile de tamboril.  Sin embargo, la romería fue degenerando y, de modo especial durante los años de la dictadura franquista. Lo que era un convite para el pueblo se convirtió en una comilona para cuatro: las fuerzas vivas locales (alcalde, concejales, cura párroco, maestros, médico, practicante, guardia civil y otros allegados). Esta cuadrilla se llenaba bien la andorga de cabrito y enjuagaba bien sus gaznates con bebidas espirituosas el día de la romería, a costa de las arcas públicas, mientras que al pueblo solo le llegaban los olores de los guisos.

 

ROMERÍA POPULAR

 

    [Img #43584] Tendría que llegar el año 1984, siendo alcalde Eloy Gutiérrez Montero, para que se volviera a rescatar la primigenia romería.  Se pensó en restituir la imagen de San Albín, que estaba arrinconada en la iglesia parroquial y llevarla, con todos los honores, en procesión a la dehesa boyal, que era el marco elegido para la nueva romería popular.  Pero para sorpresa de todos, el cura párroco y otras cuantas beatas rompieron lo apalabrado y procesionaron a la Virgen de Fátima, que no tenía tradición ni apenas devoción en el lugar, cargándose así todo unos ritos cultuales que gozaron de gran popularidad durante siglos.

 

     Nadie protestó y, en años posteriores y hasta la fecha, se ha seguido con la Virgen de Fátima a cuestas. No ha variado gran cosa la fiesta desde que tomó nuevo impulso en 1984, dando la participación y la voz al pueblo.  El Ayuntamiento reparte aguardiente y perrunillas a primera hora a todos los asistentes y sufraga la charanga.  Se echan en falta los tamborileros, cuya figura es imprescindible en cualquier romería que se precie.  También organiza otros entretenimientos: cucaña, piñatas, “carrera del guarrapinu” y del gallo o concursos varios durante el baile que se lleva a cabo en la explanada de la “Casa del Guarda”.  El encuadre es fantástico: la dehesa boyal y comunal, bajo cuyas encinas, robles y alcornoques se desparraman los vecinos y preparan sus ranchos.  Buen comer y buen beber y mucho cante y mucho baile.  Un espacio adehesado abierto a todo el mundo, donde nadie que se acerque es forastero y siempre será invitado a “pinchal una tajá” y a echar un trago de la bota.  Muchos esperan que, con los nuevos vientos de mayo, se desempolve a San Albín, el santo diminuto que tiene un racimo de uvas en las manos, y se le homenajee en memoria de los antepasados que le rindieron merecido culto, en la creencia de que era el guardián de sus viñas.

 

     


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